Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
A Francisco, todo el mundo lo conoce por Jarabo. Andaluz, no ha perdido el ceceo y, todavía hoy, se trabuca con las eses. Dicen que cuando llegó al pueblo tenía buena planta y mucho gracejo. Lamento, al cabo de los años, no poder dar fe de ello.
Vive en lo alto del castillo. Llaman así a la plataforma que se alza sobre los cimientos del castillo que, en otro tiempo, dominó el pueblo. A la casa se llega por un camino siempre embarrado en tiempo de invierno.
Bajo un techado de cañizo y barro prensado, apenas un cobertizo, tiene atado al perro. Un perro viejo de quince abriles, desmedrado y casi ciego. De color canela y cano, ya con poco pelo, se levanta sobre sus patas cuando me oye abrir el portón y ladra, ronco, sin fuerzas, arrastrando el ladrido, lastimero. Se tumba al momento, fatigado y jadea, arrastrando la lengua por el suelo. Abultan las costillas contra el pellejo y se le huye el vientre del cuerpo. Le baila el collar de cuero por el cuello.
Mira, con los ojos vacíos, el infinito y en ellos se reflejan las montañas, tocadas de nieve, el pasar de las nubes, el color del cielo. Pone veladuras en su mirar, el correr del tiempo.
Vuelve a ladrar cuando toco el timbre y, al abrirme, Jarabo con una vara de mimbre en la mano, se acerca amenazante al perro
- Calla Canelo
Y levanta el brazo
- ¡Calla!
Y descarga la vara sobre el lomo erizado.
- Ya es viejo. Va para los dieciséis. No sirve para nada. Acabaré por matarlo yo, si, antes, no lo hace el invierno.
Ahora lo sé. También hay un paraíso para los perros y en él, un rincón caliente y una cazuela con comida tibia, están esperando a Canelo.
Vive en lo alto del castillo. Llaman así a la plataforma que se alza sobre los cimientos del castillo que, en otro tiempo, dominó el pueblo. A la casa se llega por un camino siempre embarrado en tiempo de invierno.
Bajo un techado de cañizo y barro prensado, apenas un cobertizo, tiene atado al perro. Un perro viejo de quince abriles, desmedrado y casi ciego. De color canela y cano, ya con poco pelo, se levanta sobre sus patas cuando me oye abrir el portón y ladra, ronco, sin fuerzas, arrastrando el ladrido, lastimero. Se tumba al momento, fatigado y jadea, arrastrando la lengua por el suelo. Abultan las costillas contra el pellejo y se le huye el vientre del cuerpo. Le baila el collar de cuero por el cuello.
Mira, con los ojos vacíos, el infinito y en ellos se reflejan las montañas, tocadas de nieve, el pasar de las nubes, el color del cielo. Pone veladuras en su mirar, el correr del tiempo.
Vuelve a ladrar cuando toco el timbre y, al abrirme, Jarabo con una vara de mimbre en la mano, se acerca amenazante al perro
- Calla Canelo
Y levanta el brazo
- ¡Calla!
Y descarga la vara sobre el lomo erizado.
- Ya es viejo. Va para los dieciséis. No sirve para nada. Acabaré por matarlo yo, si, antes, no lo hace el invierno.
Ahora lo sé. También hay un paraíso para los perros y en él, un rincón caliente y una cazuela con comida tibia, están esperando a Canelo.
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