Estaba el caimán durmiendo.
En el pantano, las ranas croaban a un tiempo.
Su esposa, en el agua nadaba, sin prisa,
entreteniendo el tiempo,
moviendo sus patas a ritmo lento,
cuando hasta él llegó
y le tiró de la cola, diciendo:
“Despierta ya, dormilón.
No pensarás estar toda la tarde
ahí tendido".
Él, sobresaltado, despertó
y observó su reflejo en el agua,
algo turbia, suspirando con desaliento:
“¡Cuánto desearía cambiar mi aspecto
gris y horroroso!.
¡Cómo un pavo real me gustaría lucir ó
como cualquier otro animal
que no produzca rechazo a la vista!".
La caimana le dijo:
“No hay posibilidad.
Eres lo que ves.
Te tienes que aguantar”.
“¿Y por qué debo hacerlo,
resignarme y nada más?.
Alguna posibilidad habrá.”
La caimana, meneó su cabeza
y se fue a cazar una presa.
El caimán, pensativo,
se quedó rumiando una solución.
Una serpiente de agua,
que había oído la conversación,
así le habló:
“Si vienes conmigo, algo encontraremos.
No lejos de aquí, hay una casucha,
que hace unos meses quedó desierta.
Podemos entrar y ver si hay algo útil
que olvidaron sin darse cuenta”.
El caimán la siguió
y en aquella casa entraron.
A los pies de una cama,
una alfombra ajada encontraron
que imitaba la piel de un leopardo.
La culebra le dijo:
“¿Qué tal te quedaría esta pieza?”.
El caimán se dijo que porqué no,
y la alfombra con sus dientes cogió.
Miraron en derredor,
entre las paredes del polvoriento lugar,
y un sombrero panamá
oculto detrás de una caja de cartón,
el caimán recogió y le pareció genial.
“Vamos a ver como te queda”.
le comentó la culebra, ladeando la cabeza.
Sobre su espalda la alfombra,
sobre su cabeza achatada,
el gris sombrero,
salieron de la casa
a observar el reflejo
que el agua le devolvía
en aquel día soleado de enero.
No le desagradó, e incluso
su aspecto le gustó.
“Bueno, tienes una presencia diferente;
desde luego destacarás de todos tus congéneres”.
La culebra se retiró a tomar el sol
mientras el caimán le daba las gracias
por su oportuna contribución.
Cuando llegó la caimana,
a su marido no reconoció:
“¡¿Qué te has hecho?!”.
“Me he modernizado
y no me importa si a ti
te da asco.
Yo me encuentro de maravilla
y feliz con mi nueva vestimenta.
Así que, acostúmbrate,
que puede que entre los míos
marque tendencia”.
En el pantano, las ranas croaban a un tiempo.
Su esposa, en el agua nadaba, sin prisa,
entreteniendo el tiempo,
moviendo sus patas a ritmo lento,
cuando hasta él llegó
y le tiró de la cola, diciendo:
“Despierta ya, dormilón.
No pensarás estar toda la tarde
ahí tendido".
Él, sobresaltado, despertó
y observó su reflejo en el agua,
algo turbia, suspirando con desaliento:
“¡Cuánto desearía cambiar mi aspecto
gris y horroroso!.
¡Cómo un pavo real me gustaría lucir ó
como cualquier otro animal
que no produzca rechazo a la vista!".
La caimana le dijo:
“No hay posibilidad.
Eres lo que ves.
Te tienes que aguantar”.
“¿Y por qué debo hacerlo,
resignarme y nada más?.
Alguna posibilidad habrá.”
La caimana, meneó su cabeza
y se fue a cazar una presa.
El caimán, pensativo,
se quedó rumiando una solución.
Una serpiente de agua,
que había oído la conversación,
así le habló:
“Si vienes conmigo, algo encontraremos.
No lejos de aquí, hay una casucha,
que hace unos meses quedó desierta.
Podemos entrar y ver si hay algo útil
que olvidaron sin darse cuenta”.
El caimán la siguió
y en aquella casa entraron.
A los pies de una cama,
una alfombra ajada encontraron
que imitaba la piel de un leopardo.
La culebra le dijo:
“¿Qué tal te quedaría esta pieza?”.
El caimán se dijo que porqué no,
y la alfombra con sus dientes cogió.
Miraron en derredor,
entre las paredes del polvoriento lugar,
y un sombrero panamá
oculto detrás de una caja de cartón,
el caimán recogió y le pareció genial.
“Vamos a ver como te queda”.
le comentó la culebra, ladeando la cabeza.
Sobre su espalda la alfombra,
sobre su cabeza achatada,
el gris sombrero,
salieron de la casa
a observar el reflejo
que el agua le devolvía
en aquel día soleado de enero.
No le desagradó, e incluso
su aspecto le gustó.
“Bueno, tienes una presencia diferente;
desde luego destacarás de todos tus congéneres”.
La culebra se retiró a tomar el sol
mientras el caimán le daba las gracias
por su oportuna contribución.
Cuando llegó la caimana,
a su marido no reconoció:
“¡¿Qué te has hecho?!”.
“Me he modernizado
y no me importa si a ti
te da asco.
Yo me encuentro de maravilla
y feliz con mi nueva vestimenta.
Así que, acostúmbrate,
que puede que entre los míos
marque tendencia”.