Compro unos cigarros en la tienda,
salgo,
les quito el celofán,
golpeo levemente la cajetilla
para que asome un cigarro.
Lo tomo con los dedos,
delicadamente y
me lo llevo a los labios mientras
pienso en el encendedor,
pienso en el cáncer,
el enfisema,
la impotencia,
los dientes amarillos,
la gastritis,
y paso mi lengua por el filtro
y prendo el encendedor y lo
acerco lento hacia el cigarro
blanco, inmaculado y tan
asesino.
Camino sobre la banqueta,
saco el humo lentamente y
la liberación entra rápida
en mi cabeza y mi corazón palpita
agradecido o recriminándomelo, no lo sé.
Saludo a algunas personas,
a otras las ignoro,
otros me ignoran y me odian,
a otras yo las odio y terminan
fastidiándome el día, la semana o
el mes.
La colonia enferma, sucia,
demente, lacerante e hiriente.
El olor de la muerte ronda por
todo el pavimento, por las esquinas,
en los árboles secos,
en lo troncos partidos,
en la basura tirada y los animales
atropellados e ignorados.
El dolor se siente en cada
casa, en todos lados,
dentro de los mercados,
dentro de los autos,
dentro de las almas,
dentro de la vida.
Dolor y más dolor,
agonía,
agonía y risotadas.
El mal gusto,
el mal entendimiento de las cosas,
la tergiversación de los sentidos
y de los medios de salvación.
Tergiversan,
lo enchuecan todo,
lo hacen trizas,
lo mastican y lo escupen.
Tiro la colilla al suelo y la
apago con un pisotón que retuerzo
con la punta de mi bota.
Entro a mi casa,
huelo la casa,
huelo el ambiente,
y conozco ese olor tan
particular,
tan obvio y tan doloroso;
también dentro de mi casa
se huele, se vive y se
siente la desesperación.
Cierro la puerta y me sirvo un vaso
con agua, mirando al fondo del vaso
y viendo que flota tranquilamente
el cadáver de una cucaracha.
Cierro los ojos y abro aún más
mi boca y mi garganta para facilitar la situación.
Dejo suavemente el vaso sobre
la lavadora y vuelvo
a encender un cigarro más.
salgo,
les quito el celofán,
golpeo levemente la cajetilla
para que asome un cigarro.
Lo tomo con los dedos,
delicadamente y
me lo llevo a los labios mientras
pienso en el encendedor,
pienso en el cáncer,
el enfisema,
la impotencia,
los dientes amarillos,
la gastritis,
y paso mi lengua por el filtro
y prendo el encendedor y lo
acerco lento hacia el cigarro
blanco, inmaculado y tan
asesino.
Camino sobre la banqueta,
saco el humo lentamente y
la liberación entra rápida
en mi cabeza y mi corazón palpita
agradecido o recriminándomelo, no lo sé.
Saludo a algunas personas,
a otras las ignoro,
otros me ignoran y me odian,
a otras yo las odio y terminan
fastidiándome el día, la semana o
el mes.
La colonia enferma, sucia,
demente, lacerante e hiriente.
El olor de la muerte ronda por
todo el pavimento, por las esquinas,
en los árboles secos,
en lo troncos partidos,
en la basura tirada y los animales
atropellados e ignorados.
El dolor se siente en cada
casa, en todos lados,
dentro de los mercados,
dentro de los autos,
dentro de las almas,
dentro de la vida.
Dolor y más dolor,
agonía,
agonía y risotadas.
El mal gusto,
el mal entendimiento de las cosas,
la tergiversación de los sentidos
y de los medios de salvación.
Tergiversan,
lo enchuecan todo,
lo hacen trizas,
lo mastican y lo escupen.
Tiro la colilla al suelo y la
apago con un pisotón que retuerzo
con la punta de mi bota.
Entro a mi casa,
huelo la casa,
huelo el ambiente,
y conozco ese olor tan
particular,
tan obvio y tan doloroso;
también dentro de mi casa
se huele, se vive y se
siente la desesperación.
Cierro la puerta y me sirvo un vaso
con agua, mirando al fondo del vaso
y viendo que flota tranquilamente
el cadáver de una cucaracha.
Cierro los ojos y abro aún más
mi boca y mi garganta para facilitar la situación.
Dejo suavemente el vaso sobre
la lavadora y vuelvo
a encender un cigarro más.