Quinto Brena
Poeta adicto al portal
Las calles de Tijuana son frías. Sacuden al espíritu recién llegado con sus gargantas abiertas y sus largas raíces que se adentran en las cañadas. Hace tiempo que su feroz arquitectura y su canción se me quedaron enredadas en el alma y en los ojos. Me convertí en el huérfano más amado aquí. Una especie de fascinación por esa jungla de laberínticas chozas y banderas humanas me regresó la vida que se llevó la soledad.
Ondulantes y solemnes, poemas despreciados por los actores de los cantos triunfales que la gente ama. Se extienden como ramificaciones inevitables del futuro, cuando las personas que por ellos caminan escriben con sus huellas la historia de su dicha y su dolor. Ensamble de hierros y campanas que tocan su eterna música visual, impía y consagrada. Tijuana de calles vertiginosas. Tijuana de almas y de historias. Historia de humanos yerros y espléndidos aciertos. Tijuana de inclinados sembrados humanos, copa derramada de todo ese amor aventurero de los viajeros olvidados por sus propias tierras.
Ciudad de ascendente auge industrial, su verdadero sentido y significado solo puede descubrirse al transitar sus populadas arterias. En esas escaleras que suben al cielo gris aglomerando sus vertebrados artificios de cruces y sortilegios, y que bajan hasta los mas oscuros calabozos del instinto humano, primitivo y ancestral. Es una ciudad de las calles. Un árbol de ramificaciones trituradas, de castillos espectrales y húmedas cortezas. Su extensión cubre desde la base de las nubes hasta el fondo del mar. Desde el nostálgico pasado hasta el futuro inescrutable.
Por las calles de Tijuana transita toda su inteligencia y afán. Todo se extiende hacia ellas para sobrevivir. El arte visual escapa de los teatros y museos y trepa las paredes callejeras, en un intento por mostrarse así en su forma más básica y primitiva. Hacia las calles viajan las olas de mutante violencia y crimen. Sobre sus suelos derraman el trofeo carmesí de sus victimas, y las estrellas metálicas de su fortaleza. Sus perdidas longitudes recogen también las oraciones de las iglesias protestantes, tan numerosas como los adormecidos drogadictos y las almas perdidas.
Cada banqueta es una habitación ocupada, un perímetro delineado con dueño y ley, un circuito de comercios y vendedores ambulantes, una iglesia de vociferantes predicadores que llevan tatuados en sus brazos su pecado y su perdón, un ramillete de manos solidarias y alimentos que llenan las manos vacías y las bocas hambrientas. Las calles hospitalarias se vuelven el hábitat de hombres, mujeres y niños sin nombre ni registro. En sus banquetas se habitúan a la vida los fracasados, los desvalidos y los huérfanos sociales, estrujando el sustento entre sus manos de hierro. En sus calles corren sus apresurados días los profesionistas y negociantes, confundiéndose entre las distraídas multitudes de obreros y peones, y un sinnúmero de ensambladores de mentes robotizadas y efímeras existencias.
En las colonias, Las cañadas se visten de telas multicolores, de tiendas y hojas y vidrios y óxidos y juguetes destrozados. Se levantan. Se yerguen desafiantes. Las calles reciben la bendición y el conjuro, el alimento indispensable y el veneno mortal. Se paralizan y ahogan todo a su alrededor. La ciudad se agita dentro de sus habitantes. Muestra su luz y su sombra. Oscila entre el envilecimiento y la virtud, entre la virginal juventud de sus corazones libres y el turbio ensimismamiento de sus verdugos, y sus entrañas se agitan al sonido de su propia voz visceral. Se despereza lentamente, venciendo el momentáneo letargo de sus miembros. Sus órganos recuperan movilidad y calor. Se estira en toda su anchura y longitud, ya totalmente despierta. Vuelve a ser ese árbol de metódicos movimientos, de esculturas impermeables y casas de hojas de encino. Árbol de jugosas frutas grises. Manantial de sentimientos encontrados y empresa azarosa de nuestra casualidad.
Ondulantes y solemnes, poemas despreciados por los actores de los cantos triunfales que la gente ama. Se extienden como ramificaciones inevitables del futuro, cuando las personas que por ellos caminan escriben con sus huellas la historia de su dicha y su dolor. Ensamble de hierros y campanas que tocan su eterna música visual, impía y consagrada. Tijuana de calles vertiginosas. Tijuana de almas y de historias. Historia de humanos yerros y espléndidos aciertos. Tijuana de inclinados sembrados humanos, copa derramada de todo ese amor aventurero de los viajeros olvidados por sus propias tierras.
Ciudad de ascendente auge industrial, su verdadero sentido y significado solo puede descubrirse al transitar sus populadas arterias. En esas escaleras que suben al cielo gris aglomerando sus vertebrados artificios de cruces y sortilegios, y que bajan hasta los mas oscuros calabozos del instinto humano, primitivo y ancestral. Es una ciudad de las calles. Un árbol de ramificaciones trituradas, de castillos espectrales y húmedas cortezas. Su extensión cubre desde la base de las nubes hasta el fondo del mar. Desde el nostálgico pasado hasta el futuro inescrutable.
Por las calles de Tijuana transita toda su inteligencia y afán. Todo se extiende hacia ellas para sobrevivir. El arte visual escapa de los teatros y museos y trepa las paredes callejeras, en un intento por mostrarse así en su forma más básica y primitiva. Hacia las calles viajan las olas de mutante violencia y crimen. Sobre sus suelos derraman el trofeo carmesí de sus victimas, y las estrellas metálicas de su fortaleza. Sus perdidas longitudes recogen también las oraciones de las iglesias protestantes, tan numerosas como los adormecidos drogadictos y las almas perdidas.
Cada banqueta es una habitación ocupada, un perímetro delineado con dueño y ley, un circuito de comercios y vendedores ambulantes, una iglesia de vociferantes predicadores que llevan tatuados en sus brazos su pecado y su perdón, un ramillete de manos solidarias y alimentos que llenan las manos vacías y las bocas hambrientas. Las calles hospitalarias se vuelven el hábitat de hombres, mujeres y niños sin nombre ni registro. En sus banquetas se habitúan a la vida los fracasados, los desvalidos y los huérfanos sociales, estrujando el sustento entre sus manos de hierro. En sus calles corren sus apresurados días los profesionistas y negociantes, confundiéndose entre las distraídas multitudes de obreros y peones, y un sinnúmero de ensambladores de mentes robotizadas y efímeras existencias.
En las colonias, Las cañadas se visten de telas multicolores, de tiendas y hojas y vidrios y óxidos y juguetes destrozados. Se levantan. Se yerguen desafiantes. Las calles reciben la bendición y el conjuro, el alimento indispensable y el veneno mortal. Se paralizan y ahogan todo a su alrededor. La ciudad se agita dentro de sus habitantes. Muestra su luz y su sombra. Oscila entre el envilecimiento y la virtud, entre la virginal juventud de sus corazones libres y el turbio ensimismamiento de sus verdugos, y sus entrañas se agitan al sonido de su propia voz visceral. Se despereza lentamente, venciendo el momentáneo letargo de sus miembros. Sus órganos recuperan movilidad y calor. Se estira en toda su anchura y longitud, ya totalmente despierta. Vuelve a ser ese árbol de metódicos movimientos, de esculturas impermeables y casas de hojas de encino. Árbol de jugosas frutas grises. Manantial de sentimientos encontrados y empresa azarosa de nuestra casualidad.
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