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Calcinados

El hombre del porsaco

Poeta recién llegado
Tipos duros se han reunido para asistir a un concierto
pero al llegar les anuncian que el cantante se había muerto.

Vuelven pitando al Camaro que mangaron junto al rio
y entre el whisky y las cervezas atropellaron a un tío.
¡''Acelera''! grita uno, nada de mirar atrás,
pero mete mal la marcha y lo vuelve a atropellar.

Recorren quinientos metros descubriendo con horror
que no es la carretera, que está pegado al motor.
Intentan desincrustarlo, pero nada, no hay manera,
sólo saltan cuatro cachos, lo gordo no se despega.

Cae la noche y ya cansados venga dale que te pego
se rinden ante la plasta y al coche le prenden fuego.

Caminan desorientados, ni una triste luz ni un coche
sólo el pútrido silencio de aquella su última noche.

Y entonces la luna emerge iluminando el camino,
ven un gran bulto a lo lejos que de la nada ha salido.
Y se acercan descubriendo que es un coche calcinado,
un Camaro como el suyo con tres cuerpos atrapados.

Sus bocas están abiertas, sus rostros carbonizados
con un rictus espantoso por el suplicio pasado.

Reconocen ahora sí los detalles del Camaro,
la cruz del salpicadero, mismas llantas, mismos faros.
Pero el auténtico horror viene al mirar hacia el suelo
y ver como aún gotea desde los bajos el cuerpo.

Ahora ya lo comprendían, ellos eran esos muertos,
muy duros pero al final la cascan por un concierto.
 
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