F
Francisco
Invitado
Poema dedicado a todos Ellos, niños de mis amores, desde mi escasa labor en ayudarles. Y a Eduardo Galiano, por servirme de guía y conciencia
Caen los niños
Caen los niños del hambre como nos caen las migas de pan de la boca,
como la moneda que no valoramos por un bolsillo repleto de otras más caras,]
caen como tiramos las zapatillas que los matan
después de abrir la caja de las nuevas que los siguieron matando,
como caen los kilos de mierda en los contenedores de nuestras ciudades,]
ejemplares en sanidad y reciclaje.
Caen los niños en Tailandia, en Indonesia, en Nicaragua, en Irán, en Guatemala,]
en Brasil, en China, en África, en lo olvidado del planeta, y en lo menos,
que aun creyéndose distinto y hermoso, mas sin ser eso posible,
sufren la misma deficiencia mortal.
Caen los niños como los muebles sobre las montañas de escombros,
como los coches caen en los desguaces, los pesticidas sobre las cosechas]
y los experimentales cosméticos sobre los chimpancés inmundos que, luego,]
una vez inofensivo el producto, caerán sobre pieles que sueñan ser delicadas,]
pieles ligths, preocupadas todo lo más por las arrugas de vejez y las apariencias,]
la clase social y el estilo, por la beldad plana como losa de mármol,
estirada como estómago de pato que será exquisito paté
del mal invento que es el sibarita.
Caen niños como las hojas en otoño de los árboles de mi ciudad,
caen como lágrimas,
como sangre a gotas de las heridas,
como en los campos de concentración los concentrados,
como en las dictaduras los dictados,
como caen las justicias,
las bondades,
las bombas,
la humanidad...
Caen como las minorias eternas en la desesperación,
como cae cometa sin niño, como el ave disparada,
como estrella fugaz.
Esto no es una feria donde jugar a tiro al blanco,
al niño hambriento, al pobre, al negro, al indio,
al vagabundo, al pueblo;
esto no es para que Dios sea Lucifer
ni para que todo esté patas arriba.
Esto es para poder vivir. Tan sólo.
Flor
Caen los niños
Caen los niños del hambre como nos caen las migas de pan de la boca,
como la moneda que no valoramos por un bolsillo repleto de otras más caras,]
caen como tiramos las zapatillas que los matan
después de abrir la caja de las nuevas que los siguieron matando,
como caen los kilos de mierda en los contenedores de nuestras ciudades,]
ejemplares en sanidad y reciclaje.
Caen los niños en Tailandia, en Indonesia, en Nicaragua, en Irán, en Guatemala,]
en Brasil, en China, en África, en lo olvidado del planeta, y en lo menos,
que aun creyéndose distinto y hermoso, mas sin ser eso posible,
sufren la misma deficiencia mortal.
Caen los niños como los muebles sobre las montañas de escombros,
como los coches caen en los desguaces, los pesticidas sobre las cosechas]
y los experimentales cosméticos sobre los chimpancés inmundos que, luego,]
una vez inofensivo el producto, caerán sobre pieles que sueñan ser delicadas,]
pieles ligths, preocupadas todo lo más por las arrugas de vejez y las apariencias,]
la clase social y el estilo, por la beldad plana como losa de mármol,
estirada como estómago de pato que será exquisito paté
del mal invento que es el sibarita.
Caen niños como las hojas en otoño de los árboles de mi ciudad,
caen como lágrimas,
como sangre a gotas de las heridas,
como en los campos de concentración los concentrados,
como en las dictaduras los dictados,
como caen las justicias,
las bondades,
las bombas,
la humanidad...
Caen como las minorias eternas en la desesperación,
como cae cometa sin niño, como el ave disparada,
como estrella fugaz.
Esto no es una feria donde jugar a tiro al blanco,
al niño hambriento, al pobre, al negro, al indio,
al vagabundo, al pueblo;
esto no es para que Dios sea Lucifer
ni para que todo esté patas arriba.
Esto es para poder vivir. Tan sólo.
Flor