almacautiva
Poeta adicto al portal
Mi corazón latía como nunca lo había hecho y mi abdomen comenzaba a sentir punzadas de dolor, pero yo no podía parar de correr. Crucé el puente a tanta velocidad que apenas lo ví
pero tú acortabas la distancia entre nosotros cada vez más. Podía oir tus pisadas en el silencio de la noche, el aire frío que penetraba en mi cuerpo, y finalmente tu respiración, que se acercaba poco a poco hasta mi nuca hasta que pude sentirla sobre mí como un rayo de imperturbable deseo.
Mis piernas se negaban a seguir adelante, y tus brazos se cerraron alrededor de mi cuello y mi cintura. Traté de librarme de tus cadenas, pero tu aroma, tu susurros en mi oído, me hacían desearte tanto que no era capaz de negarme a tus deseos.
Segundos después estaba en el suelo, inmóvil, contemplando cada uno de tus movimientos, sintiéndote sobre mí, dueño de la noche, de mi cuerpo y de lo que quedaba de mi alma, sufriendo cuando te alejabas más de lo que sufría cuando te introducías en mí, deseando poder tocarte, acariciarte pero tus manos sujetaban fuertemente las mías, y no tenía opción a nada que no fuera clavar mis ojos en ti. El odio crecía lento pero fuerte, tratando de comerse cualquier otro sentimiento albergado en mi corazón pero era tarde. Deseaba estar sometida a ti.
Noté el frío del puñal hundiéndose en mi pecho y la sangre caliente que corría a borbotones por mi camisa. De nuevo otro golpe, y mis ojos se dirigieron a los tuyos en busca de una última mirada. La luna se reflejaba en tu pelo y un destello de loca pasión nacía de tus ojos. Y poco a poco, a tu sombra, todo se fue oscureciendo.
Mis piernas se negaban a seguir adelante, y tus brazos se cerraron alrededor de mi cuello y mi cintura. Traté de librarme de tus cadenas, pero tu aroma, tu susurros en mi oído, me hacían desearte tanto que no era capaz de negarme a tus deseos.
Segundos después estaba en el suelo, inmóvil, contemplando cada uno de tus movimientos, sintiéndote sobre mí, dueño de la noche, de mi cuerpo y de lo que quedaba de mi alma, sufriendo cuando te alejabas más de lo que sufría cuando te introducías en mí, deseando poder tocarte, acariciarte pero tus manos sujetaban fuertemente las mías, y no tenía opción a nada que no fuera clavar mis ojos en ti. El odio crecía lento pero fuerte, tratando de comerse cualquier otro sentimiento albergado en mi corazón pero era tarde. Deseaba estar sometida a ti.
Noté el frío del puñal hundiéndose en mi pecho y la sangre caliente que corría a borbotones por mi camisa. De nuevo otro golpe, y mis ojos se dirigieron a los tuyos en busca de una última mirada. La luna se reflejaba en tu pelo y un destello de loca pasión nacía de tus ojos. Y poco a poco, a tu sombra, todo se fue oscureciendo.
