F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
Cada cual da… lo que tiene
Cuento
Cuando una mano grosera
muestra orgullosa su dedo
por la ventana de un coche
dejando tieso el del centro
y encogidos los restantes…
pienso al instante en su dueño
que muestra, sin duda alguna,
un desvergonzado gesto
que denigra a quien lo esgrime
no a quien pretende ofenderlo.
¿Qué pena que no comprendan
que lo que hacen es feo?
Y al hilo de lo que he dicho
quiero recordar un cuento
que narra Jorge Bucay,
en un librito estupendo,
que cito, modificado,
(no modifico su libro
¡Dios me libre!, sólo el cuento)
ya que me viene de perlas
porque me sirve de ejemplo:
Se cuenta que había una vez
un rencoroso sujeto,
burlador y malicioso
que preparó, por despecho,
una broma de mal gusto
contra un sencillo y modesto
vecino suyo, que hacía
para vivir, unos cestos
de caña y pleita que apenas
si le alcanzaba al sustento.
Reunió aquel hombre rico
a los más ricos del pueblo
para la burla evidente
que preparaba su ingenio.
Y su “ingenio” consistía
en preparar un gran cesto
lleno de mil porquerías,
incluyendo un bicho muerto.
Al anuncio de la risa
todos juntos acudieron
a la puerta de la casa
del hombre sencillo y bueno.
Y cuando se abrió la puerta
y le entregaron el cesto,
y comprobó lo que había
“Me disculpáis un momento?
porque quiero dar las gracias
por tan grato ofrecimiento”
dijo el hombre con modestia
viendo los rostros risueños
de los curiosos vecinos
que en su puerta estaba viendo.
Descargó aquella basura,
limpió el canasto por dentro
y lo llenó con las flores
que cultivaba en un huerto
muy pequeño que tenía…
de tomates y pimientos.
Y completó la canasta
con tan exquisito esmero
que podría dar prestigio
al más ilustre florero.
Y la prestigiosa carga
se la entregó al recadero
diciendo sencillamente:
“Cada cual da lo que tiene…
Yo sólo doy… lo que tengo”.
Cuento
Cuando una mano grosera
muestra orgullosa su dedo
por la ventana de un coche
dejando tieso el del centro
y encogidos los restantes…
pienso al instante en su dueño
que muestra, sin duda alguna,
un desvergonzado gesto
que denigra a quien lo esgrime
no a quien pretende ofenderlo.
¿Qué pena que no comprendan
que lo que hacen es feo?
Y al hilo de lo que he dicho
quiero recordar un cuento
que narra Jorge Bucay,
en un librito estupendo,
que cito, modificado,
(no modifico su libro
¡Dios me libre!, sólo el cuento)
ya que me viene de perlas
porque me sirve de ejemplo:
Se cuenta que había una vez
un rencoroso sujeto,
burlador y malicioso
que preparó, por despecho,
una broma de mal gusto
contra un sencillo y modesto
vecino suyo, que hacía
para vivir, unos cestos
de caña y pleita que apenas
si le alcanzaba al sustento.
Reunió aquel hombre rico
a los más ricos del pueblo
para la burla evidente
que preparaba su ingenio.
Y su “ingenio” consistía
en preparar un gran cesto
lleno de mil porquerías,
incluyendo un bicho muerto.
Al anuncio de la risa
todos juntos acudieron
a la puerta de la casa
del hombre sencillo y bueno.
Y cuando se abrió la puerta
y le entregaron el cesto,
y comprobó lo que había
“Me disculpáis un momento?
porque quiero dar las gracias
por tan grato ofrecimiento”
dijo el hombre con modestia
viendo los rostros risueños
de los curiosos vecinos
que en su puerta estaba viendo.
Descargó aquella basura,
limpió el canasto por dentro
y lo llenó con las flores
que cultivaba en un huerto
muy pequeño que tenía…
de tomates y pimientos.
Y completó la canasta
con tan exquisito esmero
que podría dar prestigio
al más ilustre florero.
Y la prestigiosa carga
se la entregó al recadero
diciendo sencillamente:
“Cada cual da lo que tiene…
Yo sólo doy… lo que tengo”.
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