Kwisatz
Poeta asiduo al portal
BUSCANDO EL CAMINO. UN CUENTO EXISTENCIAL.
Un día me desperté en este desierto.
No recordaba nada antes de eso. Pero de lo único que estaba seguro es que no quería permanecer allí siempre, que no quería vivir en ese páramo olvidado.
Si me quedo aquí -pensé- probablemente muera deshidratado, o por inanición, y yo no quiero morir...
Además no me gustaría vivir en soledad hasta el fin de mis días. No creo que permanezca cuerdo mucho tiempo más si no escucho pronto algo distinto del monótono ulular del viento o del asfixiante silencio que lo sustituye en su ausencia.
Definitivamente necesito moverme, a donde sea... Seguro que cerca de aquí debe haber alguna ciudad donde pueda satisfacer mis necesidades.
Donde haya comida, agua, refugio, compañía,.... donde pueda vivir sin la angustia del hambre, la sed, el miedo, la soledad.... –concluí-
Así que comencé a andar en una dirección cualquiera intentado convencerme que solo era cuestión de tiempo el que hallara al fin el camino que me conduciría a la ciudad salvadora.
Erré horas y horas, que a mí se me antojaron años, entre dunas de arena sin resultado alguno.
Cuando creía desfallecer, sin saber muy bien el por qué, hice algo que no se me había ocurrido hasta el momento.
Inspeccioné mis bolsillos y milagrosamente apareció una brújula.
La alegría me embargó por tan inesperado suceso, pensando que quizás se trataba de un punto de inflexión en mi fortuna.
Mas luego pensé, ¿de qué me sirve una brújula que señala el norte si ni siquiera sé si hay algo allá?
Da lo mismo –resolví- al menos mantendré un rumbo fijo, y seguro que tarde o temprano hallaré signos de civilización, concluí finalmente, fiel a una irracional fe fundamentada en la desesperación.
Así que caminé y caminé largo tiempo, ya no recuerdo cuanto... hasta que ocurrió un nuevo suceso asombroso, encontré a otro ser humano.
Alborozado grité y corrí en dirección hacia él.
Ya no recuerdo cómo se llamaba, pero sí que la alegría del encuentro se apoderó de ambos.
Sin duda suponía un alivio saber que no estábamos solos en aquel trance, que podíamos ayudarnos mutuamente a superarlo.
Intercambiando impresiones resultó que ninguno de los dos sabía que hacía en ese desierto, ni recordaba nada de lo que le había acontecido antes de llegar.
También comprobamos que ambos teníamos una brújula en nuestro poder pero para la extrañeza de ambos, cada una de ellas señalaba el norte en un sentido distinto.
Perplejos por el hallazgo debatimos sobre las posibles causas, pero salvo que alguna de las brújulas estuviese estropeada, no éramos capaces de encontrar otra explicación plausible.
Finalmente acordamos a suertes que de momento seguiríamos los dictados de la brújula de mi compañero y más adelante en función de los resultados volveríamos a decidir si seguíamos confiando en su brújula o no.
Reanudamos la marcha esta vez más confortados por la compañía en busca del camino a la ciudad salvadora.
Cuando llevábamos un rato andando mi compañero de repente estalló en una exclamación de júbilo pues decía divisar en el horizonte los muros de una ciudad. Esperanzado entorne los ojos y afiné todo lo que pude mi visión buscando la supuesta ciudad en el punto que él me señalaba.... pero no veía nada....
Le comenté lo que me pasaba y él me recriminó mi mala vista, quizás causada por las carencias físicas que nuestra travesía por el desierto había causado.
Un tanto incrédulo le seguí un rato más pero la ciudad que él tan nítidamente parecía contemplar no se aparecía ante mis ojos.
Molesto con la situación le dije a mi compañero que continuaba sin ver la ciudad y que no caminaría ni un paso más.
Mi compañero me dijo que hiciera lo que quisiera, pero que él continuaría, y que no se sentía responsable de que fuera un ciego desconfiado.
De malos modos me despedí de su compañía y él continuó fervientemente su camino sin mirar hacia atrás.
Contemplé su marcha durante un rato hasta que se convirtió en un punto en el horizonte. Seguía sin ver la ciudad y sentí algo parecido a la compasión por aquel inepto que perseguía un espejismo.
Cuando ya caía la noche retomé lo que parecía ya una peregrinación por el desierto, pero esta vez siguiendo el norte de mi brújula.
Por el camino de cuando en cuando encontré más gente que como yo buscaba una ciudad.
Todos ellos tenían brújulas pero como había pasado antes con mi primer compañero, ninguna de ellas señalaba el norte en la misma dirección.
No obstante en ocasiones también encontraba grupos de personas que andaban en la misma dirección, a veces detrás de un líder, pues aparentemente parecían tener sus brújulas en sintonía.
Parecía una broma macabra, una situación surrealista que si no fuera por la arena que se escurría entre los dedos de mis pies o los rayos de sol quemando mi piel habría calificado de onírica.
En cualquier caso, tenía muy presente el ,digámoslo así, “fracaso” al que me había arrastrado mi primer compañero, así que ignoré cualquier nueva compañía y seguí el norte que marcaba mi propia brújula.
Al cabo de horas, cuando estaba perdiendo toda esperanza empecé a vislumbrar en la línea del horizonte lo que andaba buscando, aquel baluarte que me salvaría del desierto.
Apresuré el paso en dirección a la ciudad prometida, deseando en lo más hondo de mi ser que no se tratase de un espejismo como el que los demás habían perseguido.
Mi visión es real, mi visión es auténtica, mi visión es verdadera... repetía mentalmente una y otra vez, con una fe irracional, porque interiormente sabía que de ser un espejismo se esfumaría mi última esperanza de salvación, sería la confirmación del mayor de mis temores, la muerte.
Quizás -pensé intentando consolar mi maltrecha racionalidad - cada cual tiene su propio espejismo, y sólo para él se torna real.
Pero por más que avanzaba la ciudad seguía rayando en el horizonte, hasta que finalmente desesperanzado me desplome sobre mis rodillas sabiéndome incapaz de persistir en aquel cruel autoengaño.
Fue entonces cuando se disipó la visión que perseguía, aquella que anhelaba.
Aquel camino que creía seguir también desapareció y sólo quedaron mis huellas.
Las mismas que el viento del desierto se encargaba de borrar.
Estaba como al principio, perdido en la nada de aquel yermo por el cual había transitado intentando buscar inútilmente una salida.
Las últimas fuerzas que me quedaban me abandonaron, y me desplomé en la arena esperando el inevitable fin.
Antes de morir miré de nuevo la brújula y entonces lo comprendí todo.
La saeta de la misma giraba sin cesar apuntando a todos los puntos cardinales del espacio.
Al fin comprendí la broma y una amarga sonrisa se dibujó en mi rostro antes de expirar.
Un día me desperté en este desierto.
No recordaba nada antes de eso. Pero de lo único que estaba seguro es que no quería permanecer allí siempre, que no quería vivir en ese páramo olvidado.
Si me quedo aquí -pensé- probablemente muera deshidratado, o por inanición, y yo no quiero morir...
Además no me gustaría vivir en soledad hasta el fin de mis días. No creo que permanezca cuerdo mucho tiempo más si no escucho pronto algo distinto del monótono ulular del viento o del asfixiante silencio que lo sustituye en su ausencia.
Definitivamente necesito moverme, a donde sea... Seguro que cerca de aquí debe haber alguna ciudad donde pueda satisfacer mis necesidades.
Donde haya comida, agua, refugio, compañía,.... donde pueda vivir sin la angustia del hambre, la sed, el miedo, la soledad.... –concluí-
Así que comencé a andar en una dirección cualquiera intentado convencerme que solo era cuestión de tiempo el que hallara al fin el camino que me conduciría a la ciudad salvadora.
Erré horas y horas, que a mí se me antojaron años, entre dunas de arena sin resultado alguno.
Cuando creía desfallecer, sin saber muy bien el por qué, hice algo que no se me había ocurrido hasta el momento.
Inspeccioné mis bolsillos y milagrosamente apareció una brújula.
La alegría me embargó por tan inesperado suceso, pensando que quizás se trataba de un punto de inflexión en mi fortuna.
Mas luego pensé, ¿de qué me sirve una brújula que señala el norte si ni siquiera sé si hay algo allá?
Da lo mismo –resolví- al menos mantendré un rumbo fijo, y seguro que tarde o temprano hallaré signos de civilización, concluí finalmente, fiel a una irracional fe fundamentada en la desesperación.
Así que caminé y caminé largo tiempo, ya no recuerdo cuanto... hasta que ocurrió un nuevo suceso asombroso, encontré a otro ser humano.
Alborozado grité y corrí en dirección hacia él.
Ya no recuerdo cómo se llamaba, pero sí que la alegría del encuentro se apoderó de ambos.
Sin duda suponía un alivio saber que no estábamos solos en aquel trance, que podíamos ayudarnos mutuamente a superarlo.
Intercambiando impresiones resultó que ninguno de los dos sabía que hacía en ese desierto, ni recordaba nada de lo que le había acontecido antes de llegar.
También comprobamos que ambos teníamos una brújula en nuestro poder pero para la extrañeza de ambos, cada una de ellas señalaba el norte en un sentido distinto.
Perplejos por el hallazgo debatimos sobre las posibles causas, pero salvo que alguna de las brújulas estuviese estropeada, no éramos capaces de encontrar otra explicación plausible.
Finalmente acordamos a suertes que de momento seguiríamos los dictados de la brújula de mi compañero y más adelante en función de los resultados volveríamos a decidir si seguíamos confiando en su brújula o no.
Reanudamos la marcha esta vez más confortados por la compañía en busca del camino a la ciudad salvadora.
Cuando llevábamos un rato andando mi compañero de repente estalló en una exclamación de júbilo pues decía divisar en el horizonte los muros de una ciudad. Esperanzado entorne los ojos y afiné todo lo que pude mi visión buscando la supuesta ciudad en el punto que él me señalaba.... pero no veía nada....
Le comenté lo que me pasaba y él me recriminó mi mala vista, quizás causada por las carencias físicas que nuestra travesía por el desierto había causado.
Un tanto incrédulo le seguí un rato más pero la ciudad que él tan nítidamente parecía contemplar no se aparecía ante mis ojos.
Molesto con la situación le dije a mi compañero que continuaba sin ver la ciudad y que no caminaría ni un paso más.
Mi compañero me dijo que hiciera lo que quisiera, pero que él continuaría, y que no se sentía responsable de que fuera un ciego desconfiado.
De malos modos me despedí de su compañía y él continuó fervientemente su camino sin mirar hacia atrás.
Contemplé su marcha durante un rato hasta que se convirtió en un punto en el horizonte. Seguía sin ver la ciudad y sentí algo parecido a la compasión por aquel inepto que perseguía un espejismo.
Cuando ya caía la noche retomé lo que parecía ya una peregrinación por el desierto, pero esta vez siguiendo el norte de mi brújula.
Por el camino de cuando en cuando encontré más gente que como yo buscaba una ciudad.
Todos ellos tenían brújulas pero como había pasado antes con mi primer compañero, ninguna de ellas señalaba el norte en la misma dirección.
No obstante en ocasiones también encontraba grupos de personas que andaban en la misma dirección, a veces detrás de un líder, pues aparentemente parecían tener sus brújulas en sintonía.
Parecía una broma macabra, una situación surrealista que si no fuera por la arena que se escurría entre los dedos de mis pies o los rayos de sol quemando mi piel habría calificado de onírica.
En cualquier caso, tenía muy presente el ,digámoslo así, “fracaso” al que me había arrastrado mi primer compañero, así que ignoré cualquier nueva compañía y seguí el norte que marcaba mi propia brújula.
Al cabo de horas, cuando estaba perdiendo toda esperanza empecé a vislumbrar en la línea del horizonte lo que andaba buscando, aquel baluarte que me salvaría del desierto.
Apresuré el paso en dirección a la ciudad prometida, deseando en lo más hondo de mi ser que no se tratase de un espejismo como el que los demás habían perseguido.
Mi visión es real, mi visión es auténtica, mi visión es verdadera... repetía mentalmente una y otra vez, con una fe irracional, porque interiormente sabía que de ser un espejismo se esfumaría mi última esperanza de salvación, sería la confirmación del mayor de mis temores, la muerte.
Quizás -pensé intentando consolar mi maltrecha racionalidad - cada cual tiene su propio espejismo, y sólo para él se torna real.
Pero por más que avanzaba la ciudad seguía rayando en el horizonte, hasta que finalmente desesperanzado me desplome sobre mis rodillas sabiéndome incapaz de persistir en aquel cruel autoengaño.
Fue entonces cuando se disipó la visión que perseguía, aquella que anhelaba.
Aquel camino que creía seguir también desapareció y sólo quedaron mis huellas.
Las mismas que el viento del desierto se encargaba de borrar.
Estaba como al principio, perdido en la nada de aquel yermo por el cual había transitado intentando buscar inútilmente una salida.
Las últimas fuerzas que me quedaban me abandonaron, y me desplomé en la arena esperando el inevitable fin.
Antes de morir miré de nuevo la brújula y entonces lo comprendí todo.
La saeta de la misma giraba sin cesar apuntando a todos los puntos cardinales del espacio.
Al fin comprendí la broma y una amarga sonrisa se dibujó en mi rostro antes de expirar.
Última edición: