Corazón Delator
Poeta recién llegado
Era la consulta del Dr. Commonman, en una lluviosa tarde otoñal. En la sala de espera había un joven con el pelo negro, desaliñado y a poco cortar. Estaba sentado con la cara entre las manos y la ropa mojada. Los grises azulejos del lugar daban una terrible sensación de claustrofobia y era mejor no mirarlos fijamente, o a uno se le perdería la mirada y quizá no la podría volver a recuperar.
Por fin salió una mujer de la consulta del doctor y este llamó desde dentro:
- Que pase el siguiente.
El chico entró arrastrando los pies y cerró lentamente la puerta tras de sí.
- ¿Puedo colgar esto aquí? – preguntó acercándose a un perchero que había para dejar su chaqueta de cuero.
- Claro. – respondió el doctor.
El joven tomó asiento enfrente del médico. Llevaba una camiseta morada de los Cure, unos vaqueros y unas zapatillas converse negras.
- Dígame, ¿qué le ocurre? – inquirió el doctor sin apartar la vista de su informe.
- Soy morfoinónamo.
- ¿Cómo dice?
- Estoy adicto a soñar.
- Vaya, eso debe tratarse con rapidez. Cuénteme, ¿sueña usted dormido o despierto?
- Despierto. – sus enormes ojeras daban fiel testimonio de que estaba diciendo la verdad.
- ¿Y cómo no ha venido antes a verme?
- Me daba miedo.
- ¿El qué?
- Contar… ya sabe… mi problema a alguien. Tenía miedo de que mis padres se enteraran o que pudieran mandarme a la policía.
- ¿Tan grave es su adicción?
- Mucho. Esnifo poemas, me inyecto novelas e ingiero I.I. en pastillas.
- ¿Ilusiones imposibles?
- Eso es.
- ¿Alguna sustancia más que consuma con frecuencia?
- Si no tengo dinero para comprarme libros a veces los escribo yo mismo o tomo algún relato que otro diluido en ensayos.
- ¿Ha recibido algún tipo de ayuda o ha ido a un centro de desintoxicación?
- Una vez fui a una farmacia y compré un jarabe de conformismo y unos caramelos de apatía para bajar el ansia de soñar.
- ¿Y no le fueron bien?
- No señor.
- Entiendo… Y… ¿desde cuándo tiene este problema?
- Desde que me acuerdo. Cuando era niño mis amigos me llamaban para salir a jugar, pero yo prefería quedarme con… ¿cómo decirlo? Mis cosas… mis pensamientos.
- ¡Dios mío! ¿¿Pensaba usted??
- Me temo que sí. Mire, esto no se lo he contado a nadie. Pero a menudo pienso, aún ahora que soy adulto.
- ¿Con qué frecuencia?
- Más de una vez al día. – dijo el chico cediendo a las lágrimas.
- Bueno, bueno… cálmese. Verá como juntos solucionamos su problema.
- Disculpe usted que me ponga así, pero es que… si mi madre o mi padre se enteran de esto… ¿qué será de mí? ¿Qué pensarán los vecinos? ¿Qué pensarán mis amigos?
- No hay por qué ser alarmista. Muchas personas han sufrido su mismo problema y han logrado volver a ser como los demás. No se preocupe más de lo necesario. Me decía usted que de pequeño ya pensaba.
- Sí. Me gustaba dibujar. Pintaba monstruos, hadas, superhéroes… ese tipo de cosas.
- Inventadas todas por lo que veo.
- No podía evitarlo.
- ¿Y nadie a sospechado nunca acerca de sus tendencias?
- No, señor. He tenido buen cuidado de quemar todos aquellos dibujos, hasta el último de ellos.
- Me alegra oír eso. Venga, venga conmigo a la camilla que le voy auscultar.
El chico se quitó la camiseta y se tumbó en la camilla. Sintió frío al entrar en contacto con ella, pero no dijo nada. Hacerlo solo habría empeorado las cosas. El Doctor Commonman sacó sus utensilios de trabajo y se puso a examinarle. Primero le buscó el pulso.
- Dios mío. Tienes un corazón.
- Me temo que sí. Con los años lo he estado alimentando y creo que se ha hecho muy grande.
- ¡Y tanto! ¡Además late! Más o menos una vez por segundo… esto es más grave aún de lo que yo pensaba.
- ¿Podrá pararlo doctor?
- Lo intentaré, muchacho. Dime, ¿lloras a menudo?
- Y en exceso.
- ¿Estás enamorado?
- Es una fea costumbre que por alguna razón que se me escapa no puedo evitar. Yo lo intento. De verdad que lo intento. Hago lo posible por no exponerme al peligro. Pero siempre acabo enamorándome.
- ¿Una vez que consumes ese amor sigues queriendo más?
- No se me acaban las ganas, doctor…
- Eso es terrible… Saca la lengua, por favor.
El chico abrió la boca lo más que pudo y el médico la examinó por dentro con una pequeña lucecita.
- Nunca he visto nada igual… No tienes pelos en la lengua. ¿Lo sabes? – preguntó el doctor, visiblemente consternado.
- Sí me había dado cuenta.
- Pero tú normalmente… ¿dices lo que piensas o piensas lo que dices?
- Ese es otro lastre que arrastro desde hace tiempo… Digo lo que pienso y no tengo tapujos. Si no estoy de acuerdo con algo lo rebajo, y me ha granjeado el odio de muchas personas.
- Entonces, ¿has incurrido alguna vez en la contradicción?
- Demasiadas veces diría yo…
- Perdona si te parezco indiscreto. La verdad es que nunca me he topado con un caso tan extremo como el tuyo. No nos preparan para esto en la facultad.
- Lo siento.
- ¡No lo sientas! ¡Ahí está el problema! si quieres curarte tendrás que poner un poco de tu parte… Empieza por no sentir nada.
- Lo intentaré.
- De acuerdo. Mira, te haré un diagnóstico rápido, pero luego lo confirmaré a la luz de los datos. Sin embargo, a simple vista, diría que tienes varias anomalías: en primer lugar, presentas rasgos claros de fantasía crónica, también creo detectarte ilusión inconclusa, opinión individual e ideas propias. Se trata de un caso rarísimo y muy complicado…
El doctor se secó el sudor de la frente con un pañuelo y se limpió las gafas. Tomó aire y una vez repuesto caminó hacia su mesa.
- Puedes levantarte.
El joven se incorporó y pesadamente se volvió a poner la camiseta. Después se sentó de nuevo frente a la mesa del médico, que después de unos segundos dijo:
- No logro entender cómo has podido caer tan bajo.
- Me temo que fueron las compañías.
- Explícate, por favor.
- Cuando entré en la universidad conocí a un grupo de jóvenes con los cuales me sentía muy identificado. Eran musicómanos, cinefilésicos y bibliléptidos… Pronto me arrastraron a sus malos vicios.
- ¿Y cómo están ellos?
- Han ido muriendo uno por uno. Corazones rotos, esperanzas perdidas, almas descarriadas… - el chico frunció con fuerza el ceño. – He visto demasiadas cosas, doctor.
- Me doy cuenta.
Entonces se produjo un momento de silencio incómodo, el joven preguntó:
- ¿Cree usted que podré ponerme mejor?
El doctor apretó los dientes. No tenía una respuesta que dar. No sabía qué decir.
- No lo sé, hijo. Ni idea.
- ¿No lo sabe usted?
- ¡¡No!! ¡¡No lo sé!!
El joven se sorprendió de la reacción repentina del médico, pero no se atrevió a preguntarle qué le ocurría. El doctor sacó un cigarrillo de inquietudes del cajón de su mesa y se puso a fumar. Después de echar unas caladas cargó una bala en un revólver y disparó al joven entre ojo y ojo. Todo ocurrió tan despacio y con tanto tiempo para reaccionar que el chico no encontró manera de escapar. El Dr. Commonman cargó el cuerpo sin vida del joven y se lo llevó en el maletero de su coche. Una vez hubo llegado a un campo, se aseguró de que no había nadie que pudiera verlo y enterró el cadáver junto a un árbol solitario. Al lado clavó una lápida y volvió a montarse en el coche para nunca más volver al lugar. En la lápida podía leerse:
“Aquí yace Fulano de Tal. Nadie sabe quién fue, y a nadie le importa.”
Por fin salió una mujer de la consulta del doctor y este llamó desde dentro:
- Que pase el siguiente.
El chico entró arrastrando los pies y cerró lentamente la puerta tras de sí.
- ¿Puedo colgar esto aquí? – preguntó acercándose a un perchero que había para dejar su chaqueta de cuero.
- Claro. – respondió el doctor.
El joven tomó asiento enfrente del médico. Llevaba una camiseta morada de los Cure, unos vaqueros y unas zapatillas converse negras.
- Dígame, ¿qué le ocurre? – inquirió el doctor sin apartar la vista de su informe.
- Soy morfoinónamo.
- ¿Cómo dice?
- Estoy adicto a soñar.
- Vaya, eso debe tratarse con rapidez. Cuénteme, ¿sueña usted dormido o despierto?
- Despierto. – sus enormes ojeras daban fiel testimonio de que estaba diciendo la verdad.
- ¿Y cómo no ha venido antes a verme?
- Me daba miedo.
- ¿El qué?
- Contar… ya sabe… mi problema a alguien. Tenía miedo de que mis padres se enteraran o que pudieran mandarme a la policía.
- ¿Tan grave es su adicción?
- Mucho. Esnifo poemas, me inyecto novelas e ingiero I.I. en pastillas.
- ¿Ilusiones imposibles?
- Eso es.
- ¿Alguna sustancia más que consuma con frecuencia?
- Si no tengo dinero para comprarme libros a veces los escribo yo mismo o tomo algún relato que otro diluido en ensayos.
- ¿Ha recibido algún tipo de ayuda o ha ido a un centro de desintoxicación?
- Una vez fui a una farmacia y compré un jarabe de conformismo y unos caramelos de apatía para bajar el ansia de soñar.
- ¿Y no le fueron bien?
- No señor.
- Entiendo… Y… ¿desde cuándo tiene este problema?
- Desde que me acuerdo. Cuando era niño mis amigos me llamaban para salir a jugar, pero yo prefería quedarme con… ¿cómo decirlo? Mis cosas… mis pensamientos.
- ¡Dios mío! ¿¿Pensaba usted??
- Me temo que sí. Mire, esto no se lo he contado a nadie. Pero a menudo pienso, aún ahora que soy adulto.
- ¿Con qué frecuencia?
- Más de una vez al día. – dijo el chico cediendo a las lágrimas.
- Bueno, bueno… cálmese. Verá como juntos solucionamos su problema.
- Disculpe usted que me ponga así, pero es que… si mi madre o mi padre se enteran de esto… ¿qué será de mí? ¿Qué pensarán los vecinos? ¿Qué pensarán mis amigos?
- No hay por qué ser alarmista. Muchas personas han sufrido su mismo problema y han logrado volver a ser como los demás. No se preocupe más de lo necesario. Me decía usted que de pequeño ya pensaba.
- Sí. Me gustaba dibujar. Pintaba monstruos, hadas, superhéroes… ese tipo de cosas.
- Inventadas todas por lo que veo.
- No podía evitarlo.
- ¿Y nadie a sospechado nunca acerca de sus tendencias?
- No, señor. He tenido buen cuidado de quemar todos aquellos dibujos, hasta el último de ellos.
- Me alegra oír eso. Venga, venga conmigo a la camilla que le voy auscultar.
El chico se quitó la camiseta y se tumbó en la camilla. Sintió frío al entrar en contacto con ella, pero no dijo nada. Hacerlo solo habría empeorado las cosas. El Doctor Commonman sacó sus utensilios de trabajo y se puso a examinarle. Primero le buscó el pulso.
- Dios mío. Tienes un corazón.
- Me temo que sí. Con los años lo he estado alimentando y creo que se ha hecho muy grande.
- ¡Y tanto! ¡Además late! Más o menos una vez por segundo… esto es más grave aún de lo que yo pensaba.
- ¿Podrá pararlo doctor?
- Lo intentaré, muchacho. Dime, ¿lloras a menudo?
- Y en exceso.
- ¿Estás enamorado?
- Es una fea costumbre que por alguna razón que se me escapa no puedo evitar. Yo lo intento. De verdad que lo intento. Hago lo posible por no exponerme al peligro. Pero siempre acabo enamorándome.
- ¿Una vez que consumes ese amor sigues queriendo más?
- No se me acaban las ganas, doctor…
- Eso es terrible… Saca la lengua, por favor.
El chico abrió la boca lo más que pudo y el médico la examinó por dentro con una pequeña lucecita.
- Nunca he visto nada igual… No tienes pelos en la lengua. ¿Lo sabes? – preguntó el doctor, visiblemente consternado.
- Sí me había dado cuenta.
- Pero tú normalmente… ¿dices lo que piensas o piensas lo que dices?
- Ese es otro lastre que arrastro desde hace tiempo… Digo lo que pienso y no tengo tapujos. Si no estoy de acuerdo con algo lo rebajo, y me ha granjeado el odio de muchas personas.
- Entonces, ¿has incurrido alguna vez en la contradicción?
- Demasiadas veces diría yo…
- Perdona si te parezco indiscreto. La verdad es que nunca me he topado con un caso tan extremo como el tuyo. No nos preparan para esto en la facultad.
- Lo siento.
- ¡No lo sientas! ¡Ahí está el problema! si quieres curarte tendrás que poner un poco de tu parte… Empieza por no sentir nada.
- Lo intentaré.
- De acuerdo. Mira, te haré un diagnóstico rápido, pero luego lo confirmaré a la luz de los datos. Sin embargo, a simple vista, diría que tienes varias anomalías: en primer lugar, presentas rasgos claros de fantasía crónica, también creo detectarte ilusión inconclusa, opinión individual e ideas propias. Se trata de un caso rarísimo y muy complicado…
El doctor se secó el sudor de la frente con un pañuelo y se limpió las gafas. Tomó aire y una vez repuesto caminó hacia su mesa.
- Puedes levantarte.
El joven se incorporó y pesadamente se volvió a poner la camiseta. Después se sentó de nuevo frente a la mesa del médico, que después de unos segundos dijo:
- No logro entender cómo has podido caer tan bajo.
- Me temo que fueron las compañías.
- Explícate, por favor.
- Cuando entré en la universidad conocí a un grupo de jóvenes con los cuales me sentía muy identificado. Eran musicómanos, cinefilésicos y bibliléptidos… Pronto me arrastraron a sus malos vicios.
- ¿Y cómo están ellos?
- Han ido muriendo uno por uno. Corazones rotos, esperanzas perdidas, almas descarriadas… - el chico frunció con fuerza el ceño. – He visto demasiadas cosas, doctor.
- Me doy cuenta.
Entonces se produjo un momento de silencio incómodo, el joven preguntó:
- ¿Cree usted que podré ponerme mejor?
El doctor apretó los dientes. No tenía una respuesta que dar. No sabía qué decir.
- No lo sé, hijo. Ni idea.
- ¿No lo sabe usted?
- ¡¡No!! ¡¡No lo sé!!
El joven se sorprendió de la reacción repentina del médico, pero no se atrevió a preguntarle qué le ocurría. El doctor sacó un cigarrillo de inquietudes del cajón de su mesa y se puso a fumar. Después de echar unas caladas cargó una bala en un revólver y disparó al joven entre ojo y ojo. Todo ocurrió tan despacio y con tanto tiempo para reaccionar que el chico no encontró manera de escapar. El Dr. Commonman cargó el cuerpo sin vida del joven y se lo llevó en el maletero de su coche. Una vez hubo llegado a un campo, se aseguró de que no había nadie que pudiera verlo y enterró el cadáver junto a un árbol solitario. Al lado clavó una lápida y volvió a montarse en el coche para nunca más volver al lugar. En la lápida podía leerse:
“Aquí yace Fulano de Tal. Nadie sabe quién fue, y a nadie le importa.”