Lene avanzaba a través de los pasillos, interminables, llenos de puertas que debían abrirse y, una vez cruzadas, cerrarse inmediatamente. Ya había perdido la cuenta de cuantas puertas había atravesado.
Pristine me espera. Me está esperando... otra vez.
Al fin llegó a su puerta blanca y entró a su dormitorio blanco. Estaba prácticamente vacío. A Pristine le gusta así, pero yo preferiría tener algunos cuadros... lástima que me gaste todo mi dinero en esas pastillas, pero las necesito, eso me ha dicho el médico.
¿Ese cabrón? sólo quiere sangrarte los bolsillos, ¿o no lo ves? No tienes que ser tan cándida, querida mía. Pristine estaba sentada en la cama blanca, con las piernas cruzadas.
Lene quiso contestarla, pero no supo qué decir. Quería hacerla callar, cortarla como hacía con ella, quería decirla que el médico la estaba ayudando, que era su amigo, mucho más bueno que ella. Quería mostrarse fuerte, que Pristine no la dominara más, ni se atreviera a volver a pegarla. Pero, como siempre, todo quedó en un mero anhelo. Lene calló y bajó la cabeza, azorada.
Pristine se levantó y se acercó lentamente hacia ella.
Además, ¿qué pretendes, estar todo el día drogada? Tú no necesitas pastillas para hacer funcionar cada parte de tu cuerpo. Eres joven, mi preciosa. Mírate. Tu cuerpo fibroso...tus cabellos que huelen a miel... tus labios dulces...
Lene se apartó de su lado, asustada. Le daba miedo cuando Pristine se acercaba demasiado a ella, con su mirada maliciosa, mordiéndose los labios.
Pristine la acorraló en una esquina de la habitación blanca, agarrándola de las muñecas, y acercó su cara al cuello de Lene, aspirando su aroma. Luego la trató de besar, pero Lene se resistió. Pristine, visiblemente enfadada, la abofeteó y se dirigió a la puerta blanca. Salió dando un sonoro portazo.
Lene se deslizó por la pared blanca hasta llegar al suelo blanco, y allí se quedó, arrodillada, frotándose las muñecas y la mejilla.
Llegó la noche y, con ella, Pristine. Lene seguía en su rincón, agazapada. Pristine se la antojaba cada vez más y más amenazadora.
¿No duermes, amor mío? Deberías descansar. No te preocupes, yo te velaré.
Prorrumpió en carcajadas.
No puedo dormir. No puedo dormir. No puedo dormir. No puedo dormir. Se repetía una y otra vez. Debía permanecer despierta, como cada noche, para vigilar a Pristine. Pero al parecer su compañera no pensaba lo mismo.
Ella ya estaba dentro de la cama blanca, y la invitaba a que entrara con ella, pero Lene no quería. Se encogió aún más.
Pristine se levantó, con los ojos inyectados en sangre y se abalanzó sobre Lene. La cogió del pelo y la arrastró hasta los pies de la cama blanca ¡Hoy vas a dormir a mi lado, zorra!
Con un alarido de dolor, Lene se zafó de ella como pudo y corrió hacia la puerta blanca.
Intentó girar el picaporte blanco, pero no cedió.
¡Esa puta me ha encerrado! Intentó abrirla a empujones, la golpeó con los puños una y otra vez, pidiendo ayuda. Pristine mientras tanto la miraba sonriendo, impasible.
Lene cayó al suelo blanco, llorando. Sus lágrimas dejaban marcas oscuras en el suelo blanco. Sus sollozos y lamentos se oían por todo el pasillo.
Al otro lado de la puerta blanca, él la miraba con gesto preocupado. Habrá que doblar la dosis.
Pristine la miraba también con su eterna sonrisa. No se librarán tan fácilmente de mí. Tú aún serás blanca por mucho tiempo.
Pristine me espera. Me está esperando... otra vez.
Al fin llegó a su puerta blanca y entró a su dormitorio blanco. Estaba prácticamente vacío. A Pristine le gusta así, pero yo preferiría tener algunos cuadros... lástima que me gaste todo mi dinero en esas pastillas, pero las necesito, eso me ha dicho el médico.
¿Ese cabrón? sólo quiere sangrarte los bolsillos, ¿o no lo ves? No tienes que ser tan cándida, querida mía. Pristine estaba sentada en la cama blanca, con las piernas cruzadas.
Lene quiso contestarla, pero no supo qué decir. Quería hacerla callar, cortarla como hacía con ella, quería decirla que el médico la estaba ayudando, que era su amigo, mucho más bueno que ella. Quería mostrarse fuerte, que Pristine no la dominara más, ni se atreviera a volver a pegarla. Pero, como siempre, todo quedó en un mero anhelo. Lene calló y bajó la cabeza, azorada.
Pristine se levantó y se acercó lentamente hacia ella.
Además, ¿qué pretendes, estar todo el día drogada? Tú no necesitas pastillas para hacer funcionar cada parte de tu cuerpo. Eres joven, mi preciosa. Mírate. Tu cuerpo fibroso...tus cabellos que huelen a miel... tus labios dulces...
Lene se apartó de su lado, asustada. Le daba miedo cuando Pristine se acercaba demasiado a ella, con su mirada maliciosa, mordiéndose los labios.
Pristine la acorraló en una esquina de la habitación blanca, agarrándola de las muñecas, y acercó su cara al cuello de Lene, aspirando su aroma. Luego la trató de besar, pero Lene se resistió. Pristine, visiblemente enfadada, la abofeteó y se dirigió a la puerta blanca. Salió dando un sonoro portazo.
Lene se deslizó por la pared blanca hasta llegar al suelo blanco, y allí se quedó, arrodillada, frotándose las muñecas y la mejilla.
Llegó la noche y, con ella, Pristine. Lene seguía en su rincón, agazapada. Pristine se la antojaba cada vez más y más amenazadora.
¿No duermes, amor mío? Deberías descansar. No te preocupes, yo te velaré.
Prorrumpió en carcajadas.
No puedo dormir. No puedo dormir. No puedo dormir. No puedo dormir. Se repetía una y otra vez. Debía permanecer despierta, como cada noche, para vigilar a Pristine. Pero al parecer su compañera no pensaba lo mismo.
Ella ya estaba dentro de la cama blanca, y la invitaba a que entrara con ella, pero Lene no quería. Se encogió aún más.
Pristine se levantó, con los ojos inyectados en sangre y se abalanzó sobre Lene. La cogió del pelo y la arrastró hasta los pies de la cama blanca ¡Hoy vas a dormir a mi lado, zorra!
Con un alarido de dolor, Lene se zafó de ella como pudo y corrió hacia la puerta blanca.
Intentó girar el picaporte blanco, pero no cedió.
¡Esa puta me ha encerrado! Intentó abrirla a empujones, la golpeó con los puños una y otra vez, pidiendo ayuda. Pristine mientras tanto la miraba sonriendo, impasible.
Lene cayó al suelo blanco, llorando. Sus lágrimas dejaban marcas oscuras en el suelo blanco. Sus sollozos y lamentos se oían por todo el pasillo.
Al otro lado de la puerta blanca, él la miraba con gesto preocupado. Habrá que doblar la dosis.
Pristine la miraba también con su eterna sonrisa. No se librarán tan fácilmente de mí. Tú aún serás blanca por mucho tiempo.