Cecilya
Cecy
Hoy llegó hasta mis ojos un poema bello.
Bello en todas las formas en las cuales podría mencionarse la hermosura.
Un poema libre, cadencioso, sin rima ni métrica, de los que me encantan.
De esos que se leen y fluyen tan naturales, que parecieran ser discursos que simplemente se convirtieron en huellas de tinta sobre el papel.
Los que son semejantes a cartas, a mensajes que se oyen como ecos en el aire, sin la necesidad de que alguien los recite. Que tienen cierta extraña música.
De esos pocos que se sienten con intensidad y que promueven la fuga de alguna que otra lágrima dulce.
Hablo de un poema que el pasado puso de nuevo frente a mis pupilas.
Y lo miré, y por supuesto lo adoré, creo que como a esas viejas películas que elegimos ver muchas veces para deleitarnos con sus finales felices.
Pero nunca, y a pesar de la emotividad que volvieron a transmitirme sus palabras, olvidé que al igual que los antiguos clásicos del cine, es solo una ficción.
Arte, talento, técnica, oficio, profundidad de conceptos, experiencia…
Una joya perfecta que ninguna crítica injusta podría hacer pedazos.
Un valioso y admirable ejercicio literario de ficción.
Y como también sucede con esas historias de personajes de libros y sagas, me hubiera gustado que fuese real.
Vivencia genuina, desahogo álmico, quizás una verdad, un axioma.
Un canto del corazón que se sumara a la capacidad creativa de las manos.
Y entonces sí… hubiera sido magia.
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Bello en todas las formas en las cuales podría mencionarse la hermosura.
Un poema libre, cadencioso, sin rima ni métrica, de los que me encantan.
De esos que se leen y fluyen tan naturales, que parecieran ser discursos que simplemente se convirtieron en huellas de tinta sobre el papel.
Los que son semejantes a cartas, a mensajes que se oyen como ecos en el aire, sin la necesidad de que alguien los recite. Que tienen cierta extraña música.
De esos pocos que se sienten con intensidad y que promueven la fuga de alguna que otra lágrima dulce.
Hablo de un poema que el pasado puso de nuevo frente a mis pupilas.
Y lo miré, y por supuesto lo adoré, creo que como a esas viejas películas que elegimos ver muchas veces para deleitarnos con sus finales felices.
Pero nunca, y a pesar de la emotividad que volvieron a transmitirme sus palabras, olvidé que al igual que los antiguos clásicos del cine, es solo una ficción.
Arte, talento, técnica, oficio, profundidad de conceptos, experiencia…
Una joya perfecta que ninguna crítica injusta podría hacer pedazos.
Un valioso y admirable ejercicio literario de ficción.
Y como también sucede con esas historias de personajes de libros y sagas, me hubiera gustado que fuese real.
Vivencia genuina, desahogo álmico, quizás una verdad, un axioma.
Un canto del corazón que se sumara a la capacidad creativa de las manos.
Y entonces sí… hubiera sido magia.
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