cristobal monzon lemus
Poeta que considera el portal su segunda casa
BEETHOVEN
Agobiados por sus cuitas, penas, tristezas
preocupaciones, coinciden en manifestación
espontánea, en marcha pacifica, tratando de
olvidar aunque sea de momento, todo eso que
sufren. De lejos el rumor asoma, entrelazado
con el viento, creciendo como río, corriente de
voces, multitud inquieta, en instantes más
fuertes, en uniforme columna de cantidad de
personas.
Entran en orden al templo, oración de la música,
en silencio circunspectos se acomodan, mientras
con diligencia, de un violín vuelan sus notas,
ensayo oportuno, enseguida el chelo, contrabajo,
otros instrumentos de cuerdas: Hacen lo propio
esporádicamente; trompetas, tubas, clarinetes,
flautas, fagotes, demás instrumentos de viento,
preparativos, ensayo, gran concierto, es toda una
gran fiesta aquel acontecimiento.
Entra el líder de pentagramas, director de orquesta,
acepta aplausos de bienvenida, de pie se ponen los
maestros, elegantemente vestidos, como la etiqueta
lo manda. Respetuosamente el público hace lo miso.
La batuta se mueven manos de quien conduce la
orquesta; primer movimiento; silencio, atentos
deleitando sus oídos y emociones encontradas, sin
siquiera un mínimo ruido, todos atentos, tranquilos
inmóviles, felices, contentos, alimentando su espíritu,
esperando el arribo, de lo más sugerente, esplendente
dentro de toda aquella bella e inolvidable sinfonía,
ansiosos, dispuestos a gozarlo lo más esperado por ellos
como aliciente a su tristeza, entre toda aquella belleza,
y el trágico rumor de guerra, lo más sublime de
Beethoven, lo más significativo de su vida: EL CANTO A LA ALEGRÍA,
cuya ovación de lo más apoteótico, de espaldas al público,
Jamás escuchó por su sordera.