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Basado en una historia ajena... allá en la red.

dragon_ecu

Esporádico permanente
Junto al tosido seco del viejo gato...
Un reguero de papeles cubre el piso.

Un traje rojo con bordes blancos acumula ilusiones infantiles.
Acumula el polvo de once meses.
Unido a botellas vacías de alcohol.
Vacías de viejos sueños.

Una vibración mueve las telas.
Un sonido de diciembre despierta los dedos.
Mientras cae al piso un gorro rojo bermellón.

La llamada es del hospital oncológico.
Una vieja voz del ala pediátrica.

—Sé bien que debes estar cansado.
Ya aguantaste gritos y reclamos.
Pero te necesitan.
Este pequeño desea febrilmente llegar a verte.

Los pensamientos se agolpan en el vaso.
Disfrazarse por dinero.
Reír por dinero.
Puto dinero...
Tan necesario para cubrir las necesidades.

El apuro de entrar en el traje rojo.
De arreglar la barba blanca.
De ordenar cajas adornadas en el saco.
De tomar un camino donde las putas y los choros no interrumpan.

Al llegar desde la puerta una mano le hala.
Tan mala suerte que su última botella se resbala y rompe al caer por las escaleras.
Y entra mientras putea en silencio.

Una enfermera de ojos almendrados le regaña.
Le arregla la ropa y barba.
Le da una caja que trajeron los padres, y le empuja a un cuarto.
Dentro un rapaz de edad raída en delgadez le observa.
Sus ojos adquieren un brillo intenso...
—¡llegaste Santa!!!

De un salto el pequeño mono se le cuelga.
A pesar de la ropa apestosa a licor barato, las medicinas hieden más fuerte.
—llegaste... llegaste.

Con cuidado la enfermera deja
a los padres detrás del vidrio.
Entra al cuarto y amorosamente calma al chico.
Lo sienta y acomoda de vuelta las vueltas de suero.
Entre nervios una caja tiembla con el pulso.
Con trabajos se rompe un frágil papel de regalo.
Se asoma tras un plástico transparente el juguete deseado.
Y mientras Santa se acerca a acariciar el pelo escaso, hebras de este quedan en el guante del pascuero.
El pequeño abraza con débil fuerza el cuello rollizo rojiblanco.
-Gracias Sant...a... te... quiero...
El cuerpo tan ligero se vuelve tan pesado como el silencio.

Una eternidad de paz... se vuelve un chillido continuo...

— Noooo mi hijo noooo.
El grito de la madre perfora los tímpanos hasta el alma.

El padre se acerca para ir aflojando cada dedo de su pequeño.
Santa queda liberado de su captor...
Aunque por dentro se siente prisionero.

Mientras la enfermera ayuda a la madre a limpiar el rostro y arreglar los escasos cabellos del nene... Santa se escurre en silencio.

—Necesito un trago— pensaba el gordo de rojo... en tanto echaba a la basura los resultados de su biopsa.

The Show Must Go On - Les voix du choeur de Drummondville
 
Última edición:
Junto al tosido seco del viejo gato...
Un reguero de papeles cubre el piso.

Un traje rojo con bordes blancos acumula ilusiones infantiles.
Acumula el polvo de once meses.
Unido a botellas vacías de alcohol.
Vacías de viejos sueños.

Una vibración mueve las telas.
Un sonido de diciembre despierta los dedos.
Mientras cae al piso un gorro rojo bermellón.

La llamada es del hospital oncológico.
Una vieja voz del ala pediátrica.

—Sé bien que debes estar cansado.
Ya aguantaste gritos y reclamos.
Pero te necesitan.
Este pequeño desea febril llegar a verte.

Los pensamientos se agolpan en el vaso.
Disfrazarse por dinero.
Reír por dinero.
Puto dinero...
Tan necesario para cubrir las necesidades.

El apuro de entrar en el traje rojo.
De atreglar la barba blanca.
De ordenar cajas adornadas en el saco.
De tomar un camino donde las putas y los choros no interrumpan.

Al llegar desde la puerta una mano le hala.
Tan mala suerte que su última botella se resbala y rompe al caer por las escaleras.
Y entra mientras putea en silencio.

Una enfermera de ojos almendrados le regaña.
Le arregla la ropa y barba.
Le da una caja que trajeron los padres, y le empuja a un cuarto.
Dentro un rapaz de edad raída en delgadez le observa.
Sus ojos adquieren un brillo intenso...
—¡llegaste Santa!!!

De un salto el pequeño mono se le cuelga.
A pesar de la ropa apestosa a licor barato, las medicinas hieden más fuerte.
—llegaste... llegaste.

Con cuidado la enfermera deja
a los padres detrás del vidrio.
Entra al cuarto y amorosamente calma al chico.
Lo sienta y acomoda de vuelta las vueltas de suero.
Entre nervios una caja tiembla con el pulso.
Con trabajos se rompe un frágil papel de regalo.
Se asoma tras un plástico transparente el juguete deseado.
Y mientras Santa se acerca a acariciar el pelo escaso, hebras de este quedan en el guante del pascuero.
El pequeño abraza con débil fuerza el cuello rollizo rojiblanco.
Una eternidad de paz... se vuelve un chillido continuo...

— Noooo mi hijo noooo.
El grito de la madre perfora los tímpanos hasta el alma.

El padre va aflojando cada dedo de su pequeño.
Santa queda liberado de su captor...
Aunque por dentro se siente prisionero.

Mientras la enfermera ayuda a la madre a limpiar el rostro y arreglar los escasos cabellos del nene... Santa se escurre en silencio.

—Necesito un trago— pensaba el gordo de rojo... en tanto echaba a la basura los resultados de su biopsa.

Que bonito relato que muestra a ese personaje tan amado como lo es Santa Claus, saludos amigo,
 
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