dark-maiden
Poeta fiel al portal
Yo iba hacia la barraca y no te pude besar,
tan ebrias estaban las estrellas que no te
pude hallar debajo de un manantial.
Escorrentía ambarina
que no me deja salir
salir pero ni siquiera entrar.
Llamo a la puerta de tu vecina,
y no me quiere invitar a su reunión de visillos.
Debajo de tu trastero, yo guardo un lebrillo.
Cerámica de mi abuela, que no me permite
ser libre del destino ni de mis penas.
Tú ibas hacia la lumbre, y no me pudiste
gritar, tan absorto estabas en tu recital
que no me pudiste desorientar.
Vía ferrata de ortigas y de romeros,
donde ya no me puedo deleitar,
entre la sierra y la estación, existe
un punto de fusión.
La grieta de la montaña, es donde yo me quiero
resguardar, del frío y de tus besos, justo cuando
me vengas a saludar.
Dormida entre tus sueños, abrazada a tu descontento,
entre el ser todo y no ser nada, existe una cueva
de nombre femenino donde yo soy una y nada más.
De madrugada y a escondidas, yo me dirigía
rumbo a trasnochar, entre la vereda de tu madre
y el sendero de la mía, se escucha un niño que no
deja de rondar, dice que no es de este mundo,
pero no se trata de un dios, es el rostro de aquel
que un día entre los brazos de su mamá, dirá
¿de dónde viene el susurro que no deja de bailar?
Escondieron una pala en medio del olivar,
para que yo no me sentara cuando te viese pasar.
Bailando con los matorrales, como una odalisca
huertana, me subí a lo alto de la montaña.
¡Qué lejos se ve el mar, y que cerca la fronda!
Bajar no puedo, de este torbellino de emociones.
Instinto maternal, el significado de mi pesar.
¿Dónde estás? ¿Tú crees que el número tres es
casualidad? ¡A las tres de la mañana, fue cuando
volví a la encrucijada! A pedirle a los espíritus del monte
que tejan con sus ojos un manto de rosas aletargadas.
tan ebrias estaban las estrellas que no te
pude hallar debajo de un manantial.
Escorrentía ambarina
que no me deja salir
salir pero ni siquiera entrar.
Llamo a la puerta de tu vecina,
y no me quiere invitar a su reunión de visillos.
Debajo de tu trastero, yo guardo un lebrillo.
Cerámica de mi abuela, que no me permite
ser libre del destino ni de mis penas.
Tú ibas hacia la lumbre, y no me pudiste
gritar, tan absorto estabas en tu recital
que no me pudiste desorientar.
Vía ferrata de ortigas y de romeros,
donde ya no me puedo deleitar,
entre la sierra y la estación, existe
un punto de fusión.
La grieta de la montaña, es donde yo me quiero
resguardar, del frío y de tus besos, justo cuando
me vengas a saludar.
Dormida entre tus sueños, abrazada a tu descontento,
entre el ser todo y no ser nada, existe una cueva
de nombre femenino donde yo soy una y nada más.
De madrugada y a escondidas, yo me dirigía
rumbo a trasnochar, entre la vereda de tu madre
y el sendero de la mía, se escucha un niño que no
deja de rondar, dice que no es de este mundo,
pero no se trata de un dios, es el rostro de aquel
que un día entre los brazos de su mamá, dirá
¿de dónde viene el susurro que no deja de bailar?
Escondieron una pala en medio del olivar,
para que yo no me sentara cuando te viese pasar.
Bailando con los matorrales, como una odalisca
huertana, me subí a lo alto de la montaña.
¡Qué lejos se ve el mar, y que cerca la fronda!
Bajar no puedo, de este torbellino de emociones.
Instinto maternal, el significado de mi pesar.
¿Dónde estás? ¿Tú crees que el número tres es
casualidad? ¡A las tres de la mañana, fue cuando
volví a la encrucijada! A pedirle a los espíritus del monte
que tejan con sus ojos un manto de rosas aletargadas.
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