Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
A: Sandra Peralta
(ALMATHEA-NIPA)
(ALMATHEA-NIPA)
En el averno
las puertas nunca cierran:
365, 24-7.
Azrael luce ocupado.
Anota con tinta de sangre,
deletreando con parsimonia
los nombres de los hombres
que nacen o mueren
en el libro que Dios le ha confiado
todo este tiempo.
(Un pestañear ligero para él,
la eternidad en las agujas
de un reloj sin tiempo,
para el hombre).
Sus cuatro rostros
atareados,
manteniendo el balance
con impecable exactitud.
Graves en la concentración,
con un ojo puesto
en cada alma de humano.
Frente a él,
en una fila perenne,
ve pasar
los que en un tiempo remoto
se creían dignos de la mirada de Dios.
Desde que fueron expulsados,
sin promesa de retorno
del Paraíso perdido,
el DNA de Adán y su costilla,
se han hecho pecado.
La arrogancia
de su breve historia terrenal
-cuarto lugar en el escalafón de la Creación Divina-
eterniza en forma de combustible eterno,
en el fuego del Gehena.
Sus rostros derretidos
en la consternación,
lloran lágrimas que pronto se secan.
Un dolor que les viene
desde lo más profundo de su ser,
-ante la ausencia de futuro-
intuitivamente se hace un himno
que recita una Corte de Ángeles Caídos,
y que se repite, sin encontrar principio o final.
Sus lamentos encuentran
bajo la sombra de Hinnon,
la sonrisa de su nuevo amo.
Desde el interior
de su conciencia martirizada,
siente el hombre,
el aliento frío de su alma.
¿Por cuánto tiempo más,
Ángeles y Arcángeles,
protegerán al hombre
de su destino cierto?
Lucifer reclama airado.
Manifiesta
que el término de la humanidad,
ha llegado.
-¡Cumpla Azrael lo profetizado!
¡Reviente estas cuatro cadenas
que me tienen varado!
¡Libéreme de una vez y que dé comienzo
el final de lo programado!
Entiéndelo: Ángeles y Arcángeles
le temen al batir de tus cuatro mil alas.
Haz realidad lo escrito.
No vaya a ser
que se arrepienta
en su inmensa misericordia
y vea, en esa insignificante mortal criatura
que le llaman hombre,
la gracia de la perfección
que sueña indolente
en su soledad tu Dios.
Azrael censura sus palabras,
levanta sus alas en son de vuelo
provocando desmayo
en la Corte de Ángeles Caídos.
Lucifer tiembla y calla,
pues sigue encadenado.
El poder que Dios le ha dado a Azrael
sobre Ángeles y Arcángeles,
no sabe de diferencia.
Ángeles caídos o Corte Celestial.
¡Todos le temen!
Azrael nunca se somete.
Su creador no le dio albedrío
y sigue anotando
con parsimonia y calma
los nombres de los hombres
que mueren y nacen
en el libro que Dios le ha confiado,
cumpliendo sin cuestionar su trabajo.
Cuando llegue la hora
de la profecía anunciada,
Azrael presiente, que no está en su poder,
porque está escrito en un libro
donde ni siquiera el Hijo lo sabe,
donde sólo el Padre tiene acceso,
y su destino final,
nada ni nadie lo cambia,
pues Azrael, Ángel de la Muerte,
será el último en morir
y él no tiene prisa para cumplir la profecía.
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