Yo tenía un camioncito de madera,
cuatro rodajas de tronco eran sus ruedas
me lo hizo mi papá, con dos monedas
y con el conquisté la primavera.
Cargué hojas en su caja de tablitas
como si el otoño llevase con mi infancia,
era del patio al fondo, una distancia
semejante a rutas infinitas.
A veces lo abordaban diez soldados
que iban rumbo a una guerra sin cuartel,
nueve al mando de un teniente coronel
con trajes verdes y cascos apretados.
Llevaba indios escasamente armados
con cabelleras de plumas coloridas,
temibles sioux con flechas encendidas
sobre caballos blancos y alocados.
Por los senderos del jardín había trincheras,
emboscadas, obuses y escotillas,
mi camión se enfrentaba con flotillas
de tanques, de fuerzas extranjeras.
Fue un transporte de tierra, algunas siestas
de una empresa constructora de caminos,
y otras veces trasladó los cristalinos
sobrantes, envases de las fiestas.
Se fue perdiendo tras mi adolescencia,
llevando mis angustias con su carga.
La vida lo encaminó por una larga
carretera de adioses y de ausencia.
Y hoy, abuelo ya, vuelvo a buscarlo
desandando los senderos del jardín,
para volver a ser un paladín
y atreverme otra vez, a manejarlo.
Lo encontré intacto y ronroneante
con el motor a punto, todavía,
-¡ ven !-, me dijo, -¡sube!, ¡yo sabía!
que aun tenemos, mil misiones...por delante.
Marino Fabianesi
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