Susurraste un quédate,
suplicaste un quédate,
incluso cantaste un quédate
y el que se fue, al final... fuiste tú.
Pero existió un momento en que ambos
nos quedamos y fue como la mágica escena
de dos soles rojos que se ponen
en el atardecer...
Y yo los miro desde lejos, desde las alturas
de un cerro, brazo a brazo
y ojo con ojo en el horizonte.
Tibios y sutiles se ocultan en el mar...
Mientras a nuestras espaldas las estrellas frías
anunciaban tu partida
y fui yo quién rogó finalmente
un "quédate",
rasgando con uñas el lienzo del atardecer
para detener lo inevitable:
el frío de una noche estrellada y fría,
tras una atípica y doble puesta de sol...
suplicaste un quédate,
incluso cantaste un quédate
y el que se fue, al final... fuiste tú.
Pero existió un momento en que ambos
nos quedamos y fue como la mágica escena
de dos soles rojos que se ponen
en el atardecer...
Y yo los miro desde lejos, desde las alturas
de un cerro, brazo a brazo
y ojo con ojo en el horizonte.
Tibios y sutiles se ocultan en el mar...
Mientras a nuestras espaldas las estrellas frías
anunciaban tu partida
y fui yo quién rogó finalmente
un "quédate",
rasgando con uñas el lienzo del atardecer
para detener lo inevitable:
el frío de una noche estrellada y fría,
tras una atípica y doble puesta de sol...