ASILO
La luz aristocrática, luz elemental y líquida,
navega entre guedejas de vetustas cabelleras.
Allí, en la austera estancia, como raíz sin origen,
la luz recrea árboles entre los muebles oscuros.
Sobre las enjalbegadas paredes se dibujan
con la mano experta de esa luz de tantos siglos,
figuras como alabastros deslustrados, carnes
alojadas en los ojos vacíos de quien las mira.
Y entre la luz, que remueve el aire estancado
con presagios de catafalco, oros disimulados,
partículas de los tesoros que los ancianos ocultan
entre olores matutinos de orines incontenidos.
En la tarde verdinegra de los abetos enhiestos
los vencejos arañan el aire con sus gritos,
derribando las nutridas telarañas agoreras
Mientras, los ancianos se disuelven en el ángelus.
Ríos como atarjeas -la sangre en las venas ateridas-
nacen en la fuente ya reseca de la memoria incierta.
Rompen agonías y rezos los bronces y los graznidos,
y la ciudad vespertina exhibe sus nuevos reflejos.
Una urdimbre de venas múrices y tendones
soporta el tiempo que muere, rasgando nieblas.
Nubes blancas con forma de avemarías
reparten indoloras sopas de candor y lluvia.
El aire se transforma en pasto consumido
y se hace denso, denso como una irreal presencia
de escleróticas campanas de silencio.
En el asilo es la hora de la cena.
Ilust.: “Cómplices 2012”.- Lizette Abraham
La luz aristocrática, luz elemental y líquida,
navega entre guedejas de vetustas cabelleras.
Allí, en la austera estancia, como raíz sin origen,
la luz recrea árboles entre los muebles oscuros.
Sobre las enjalbegadas paredes se dibujan
con la mano experta de esa luz de tantos siglos,
figuras como alabastros deslustrados, carnes
alojadas en los ojos vacíos de quien las mira.
Y entre la luz, que remueve el aire estancado
con presagios de catafalco, oros disimulados,
partículas de los tesoros que los ancianos ocultan
entre olores matutinos de orines incontenidos.
En la tarde verdinegra de los abetos enhiestos
los vencejos arañan el aire con sus gritos,
derribando las nutridas telarañas agoreras
Mientras, los ancianos se disuelven en el ángelus.
Ríos como atarjeas -la sangre en las venas ateridas-
nacen en la fuente ya reseca de la memoria incierta.
Rompen agonías y rezos los bronces y los graznidos,
y la ciudad vespertina exhibe sus nuevos reflejos.
Una urdimbre de venas múrices y tendones
soporta el tiempo que muere, rasgando nieblas.
Nubes blancas con forma de avemarías
reparten indoloras sopas de candor y lluvia.
El aire se transforma en pasto consumido
y se hace denso, denso como una irreal presencia
de escleróticas campanas de silencio.
En el asilo es la hora de la cena.
Ilust.: “Cómplices 2012”.- Lizette Abraham