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Mi nombre es William Ogdred, y acabo de abandonar mis estudios de medicina en Oxford por culpa de un funesto suceso que me aconteció hace pocos meses. Desde entonces no he hallado consuelo en ninguna parte, por más que busco no encuentro salida para esta sinrazón. Vivo bajo el manto enlutado de una negra sombra que me asedia cada noche. La falta de sueño me empuja a languidecer a pasos agigantados y, viendo cerca la muerte, he decidido ordenar cronológicamente mis memorias más recientes.
El punto álgido de mis desventuras da lugar en una diligencia de camino a Londres. Ah!, intentaba yo con ciega fe eludir mi macabro destino. Pero poco sabía de lo que me esperaba en aquel carro maldito por los hijos de Caín.
Era noche cerrada, en ánimo de pasar lo más desapercibido posible. El cochero era amigo de confianza, y aceptó conducirme a casa en la vigilia con una sola condición: que viajase en compañía de una antigua amiga suya que había enviudado recientemente y que buscaba una nueva vida en el bullicio londinense. No parecía haber ningún inconveniente para cerrar el trato, de modo que hice mis maletas y con gusto me encaminé a la que significaría mi perpetua condena. Mi compañera de viaje lucía luto riguroso. No podía distinguir su cara, ya que la cubría con un sombrero de ala ancha; y tampoco me era perceptible su voz, ya que esta estaba distorsionada a afectos del velo negro que cubría sus labios. Las presentaciones fueron breves, y después les sucedieron unos minutos de incómodo silencio. Ella rompió el hielo interesándose en mis dedicaciones y quehaceres. Me produjo alegría esta reacción suya, y comencé a hablar animadamente:
- Con certeza echaré de menos mis años en la facultad. Sin duda he disfrutado de provechosa instrucción y buena compañía por parte de los otros estudiantes. ¿Sabe usted? De entre todos mis contertulios recuerdo a uno con especial cariño, un joven natural de Wrington, un magnífico conversador y amigo. Estudiaba medicina, como yo, pero teníamos muchas más cosas en común. Ambos éramos de imaginación exaltada, y prodigábamos una pasión por las letras casi obsesiva. En verdad él era un poco filósofo. Sus divagaciones eran brillantes, y mucho han influido en mi pensamiento. Meditábamos sobre nuestras pragmáticas digresiones y él gustaba decir: Todos estos extensos pensamientos que, amigo mío, como torres, se elevan por encima de las nubes y alcanzan la altura del mismo cielo tienen su origen y la base en la empiria, y en toda esta inmensa extensión que recorre la mente cuando se lanzan las alejadas especulaciones que, según parece, tanto la elevan, no es capaz de ir más allá de las ideas que la sensación y la reflexión le han proporcionado como objetos de su contemplación. Curiosa teoría, ¿no le parece? Quizá algún día tenga una gran repercusión y habremos de inclinarnos ante su excelsa sabiduría.- me carcajeé y proseguí.- En verdad que disfrutaba de sus locas correrías mentales
- Si es como decís, ¿por qué huís de Oxford, entre la bruma de esta inefable noche? inquirió ella.
- ¡Ay, amiga mía! ¡Cuán lejos llegan mis desdichas! ¡Y hasta dónde llega la alargada sombra de mi condena! Le explicaré:
A una de estas tertulias vino a sumarse una joven. Su aspecto no se haría indiferente para nadie, verá usted. Aquella visión me resultó la de un ángel de los cielos. Que me lleve el Seol si le miento. Era la más hermosa mujer que jamás había contemplado antes. En sus movimientos, en sus formas, ¡qué se yo! En su diabólica feminidad. Su piel era blanca como la nieve, y tersa como el frío mármol. Sus cabellos eran rubios como ríos melados que serpentean desde las insondables cumbres. Sus labios eran pequeños y carnosos, atractivos y sugerentes. Créame cuando le digo que esa sonrisa podría dar luz a la morada de Plutón. Y sus ojos, ¡Oh, esos hermosos ojos! Esas pestañas como las vaporosas alas de dos negros cuervos, que abrigan dos verdes esmeraldas en el estremecedor abrazo de sus plumas. No existe en el mundo belleza tan exquisita como la mirada de aquellos ojos. ¿Qué sucedió? Nada más verla caí en el terrible embrujo de la pasión sin freno, la fijación obstinada, el más terrible enamoramiento. Pronto abandoné las charlas de mi amigo y me dediqué a idolatrar a mi musa con enferma insania. Me oprime en gran manera el corazón sólo de pensarlo. Y es que el embrujo del cual ahora huyo aún está arraigado en lo más profundo de mi alma. ¡Alma! ¿Pues no careceré yo ya de esta?
- Es usted un joven realmente enamorado. ¿Qué podría causar tanta aflicción a raíz de un amor tan puro y cristalino?
- Miedo me da contárselo. Pues me tomará por loco, sin duda. Pero de todas formas continuaré mi relato, y que me sirva de desahogo su excelsa compañía. Mire lo que sucedió a continuación:
Al poco tiempo me armé de valor y me acerqué para inquirir de ella. Arikel era su nombre El nombre que sepultaría mi espíritu a las profundidades del infierno. En las noches posteriores comenzamos a cenar juntos. Nunca se me apareció de día. Pero al caer el luctuoso manto nocturno, llamaba a mi puerta y alimentaba la hoguera de mis sentimientos. Ella admiraba mi talento para la prosa y la poesía. Me hacía componerle versos durante las horas de sol, para luego leérselos a la luz de la luna. Resultó ser ella también una gran poetisa. Además gustaba de tocar el piano y toda suerte de instrumentos musicales. Paseaba graciosa entre sus queridos rosales y le apasionaba el conociendo de las humanidades. Además, me miraba con aquellos ojos, Señor, ¡semejantes ojos!
Nuestras correrías nocturnas llegaron a afectar mi juicio. La falta de sueño hizo desviar mi vista de los estudios, y la niebla de mis nuevos pensamientos me llevó a interesarme en otros ardides. Leía con voraz deseo libros que hallé de antiguo. Sortilegios, hechicerías, grotescos infundios a mi parecer, pero horrendamente atrayentes. En una de estas ocasiones topé con el relato de una terrible vampiresa, fundadora de uno de los 13 clanes cainitas. Decía que esta criatura gustaba de darse baños en sangre humana, procurándose una piel siempre suave y perfecta. También hablaba de su interés por las artes humanas, y su gusto por compartir el lecho con hombres talentosos, bebiendo su sangre en la cúspide del acto sexual. Dicen que en su mordedura se halla el mayor placer del que jamás pueda disfrutar un varón, pero que la misma, es propiciatoria de la peor de las esclavitudes. Lejos de convertirte en un trasgo o un ser similar, la vampira te procura larga vida para continuar disfrutando de tus talentos. Pero una vida de penitencia y lacrimosa tragedia. Al pie del relato se hallaba un grabado. Los ojos de la criatura. Sí, unos delirantes ojos verdes. Y su símbolo: una rosa roja.
Un gélido pensamiento recorrió mi espalda. El pánico se apoderó de mí. Pero la idea era insoportable. Quemé el libro en una hoguera y me juré no volver a abrir en mi vida uno semejante.
- ¿Cree en supersticiones, mi buen señor?
- ¡Oh! Usted también creería de haber sufrido lo mismo que yo Esa misma noche Arikel me declaró su amor incondicional y me acompañó hasta sus aterciopeladas sábanas. Una vez postrado en la cama, derritió mi cuerpo entre sus manos e hizo arder hasta la última fibra de mi ser. No recuerdo más de aquella experiencia. Pero cuando desperté ella yacía muerta a mi lado, con la boca abierta y una rosa entre las manos. Observé sus protuberantes colmillos y chillé de puro terror.
Corrí a hablar con nuestro amigo común, el cochero, y acordé esta escapada hacia Londres. Doy gracias a Dios porque nos ha unido esta noche y puedo darme por satisfecho al contar esta historia y permanecer con vida. Aunque no creáis mi relato, estoy contento de haberlo compartido con alguien. Y sepa que agradezco su respetuosa compostura.- Con esto ella tomó mi mano y depositó un objeto en ella. Se apartó el velo de la cara y descubrió sus ojos. Unos hermosos ojos verdes. Miré en mi mano y había una rosa roja. Lancé al vacío un sordo grito de horror.[/center:a4657b438f]
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Deinde cum extractum vesiculionis sanguine mixtum est.
Sanguis puniceo color amisso lactteus fit.
Mi nombre es William Ogdred, y acabo de abandonar mis estudios de medicina en Oxford por culpa de un funesto suceso que me aconteció hace pocos meses. Desde entonces no he hallado consuelo en ninguna parte, por más que busco no encuentro salida para esta sinrazón. Vivo bajo el manto enlutado de una negra sombra que me asedia cada noche. La falta de sueño me empuja a languidecer a pasos agigantados y, viendo cerca la muerte, he decidido ordenar cronológicamente mis memorias más recientes.
El punto álgido de mis desventuras da lugar en una diligencia de camino a Londres. Ah!, intentaba yo con ciega fe eludir mi macabro destino. Pero poco sabía de lo que me esperaba en aquel carro maldito por los hijos de Caín.
Era noche cerrada, en ánimo de pasar lo más desapercibido posible. El cochero era amigo de confianza, y aceptó conducirme a casa en la vigilia con una sola condición: que viajase en compañía de una antigua amiga suya que había enviudado recientemente y que buscaba una nueva vida en el bullicio londinense. No parecía haber ningún inconveniente para cerrar el trato, de modo que hice mis maletas y con gusto me encaminé a la que significaría mi perpetua condena. Mi compañera de viaje lucía luto riguroso. No podía distinguir su cara, ya que la cubría con un sombrero de ala ancha; y tampoco me era perceptible su voz, ya que esta estaba distorsionada a afectos del velo negro que cubría sus labios. Las presentaciones fueron breves, y después les sucedieron unos minutos de incómodo silencio. Ella rompió el hielo interesándose en mis dedicaciones y quehaceres. Me produjo alegría esta reacción suya, y comencé a hablar animadamente:
- Con certeza echaré de menos mis años en la facultad. Sin duda he disfrutado de provechosa instrucción y buena compañía por parte de los otros estudiantes. ¿Sabe usted? De entre todos mis contertulios recuerdo a uno con especial cariño, un joven natural de Wrington, un magnífico conversador y amigo. Estudiaba medicina, como yo, pero teníamos muchas más cosas en común. Ambos éramos de imaginación exaltada, y prodigábamos una pasión por las letras casi obsesiva. En verdad él era un poco filósofo. Sus divagaciones eran brillantes, y mucho han influido en mi pensamiento. Meditábamos sobre nuestras pragmáticas digresiones y él gustaba decir: Todos estos extensos pensamientos que, amigo mío, como torres, se elevan por encima de las nubes y alcanzan la altura del mismo cielo tienen su origen y la base en la empiria, y en toda esta inmensa extensión que recorre la mente cuando se lanzan las alejadas especulaciones que, según parece, tanto la elevan, no es capaz de ir más allá de las ideas que la sensación y la reflexión le han proporcionado como objetos de su contemplación. Curiosa teoría, ¿no le parece? Quizá algún día tenga una gran repercusión y habremos de inclinarnos ante su excelsa sabiduría.- me carcajeé y proseguí.- En verdad que disfrutaba de sus locas correrías mentales
- Si es como decís, ¿por qué huís de Oxford, entre la bruma de esta inefable noche? inquirió ella.
- ¡Ay, amiga mía! ¡Cuán lejos llegan mis desdichas! ¡Y hasta dónde llega la alargada sombra de mi condena! Le explicaré:
A una de estas tertulias vino a sumarse una joven. Su aspecto no se haría indiferente para nadie, verá usted. Aquella visión me resultó la de un ángel de los cielos. Que me lleve el Seol si le miento. Era la más hermosa mujer que jamás había contemplado antes. En sus movimientos, en sus formas, ¡qué se yo! En su diabólica feminidad. Su piel era blanca como la nieve, y tersa como el frío mármol. Sus cabellos eran rubios como ríos melados que serpentean desde las insondables cumbres. Sus labios eran pequeños y carnosos, atractivos y sugerentes. Créame cuando le digo que esa sonrisa podría dar luz a la morada de Plutón. Y sus ojos, ¡Oh, esos hermosos ojos! Esas pestañas como las vaporosas alas de dos negros cuervos, que abrigan dos verdes esmeraldas en el estremecedor abrazo de sus plumas. No existe en el mundo belleza tan exquisita como la mirada de aquellos ojos. ¿Qué sucedió? Nada más verla caí en el terrible embrujo de la pasión sin freno, la fijación obstinada, el más terrible enamoramiento. Pronto abandoné las charlas de mi amigo y me dediqué a idolatrar a mi musa con enferma insania. Me oprime en gran manera el corazón sólo de pensarlo. Y es que el embrujo del cual ahora huyo aún está arraigado en lo más profundo de mi alma. ¡Alma! ¿Pues no careceré yo ya de esta?
- Es usted un joven realmente enamorado. ¿Qué podría causar tanta aflicción a raíz de un amor tan puro y cristalino?
- Miedo me da contárselo. Pues me tomará por loco, sin duda. Pero de todas formas continuaré mi relato, y que me sirva de desahogo su excelsa compañía. Mire lo que sucedió a continuación:
Al poco tiempo me armé de valor y me acerqué para inquirir de ella. Arikel era su nombre El nombre que sepultaría mi espíritu a las profundidades del infierno. En las noches posteriores comenzamos a cenar juntos. Nunca se me apareció de día. Pero al caer el luctuoso manto nocturno, llamaba a mi puerta y alimentaba la hoguera de mis sentimientos. Ella admiraba mi talento para la prosa y la poesía. Me hacía componerle versos durante las horas de sol, para luego leérselos a la luz de la luna. Resultó ser ella también una gran poetisa. Además gustaba de tocar el piano y toda suerte de instrumentos musicales. Paseaba graciosa entre sus queridos rosales y le apasionaba el conociendo de las humanidades. Además, me miraba con aquellos ojos, Señor, ¡semejantes ojos!
Nuestras correrías nocturnas llegaron a afectar mi juicio. La falta de sueño hizo desviar mi vista de los estudios, y la niebla de mis nuevos pensamientos me llevó a interesarme en otros ardides. Leía con voraz deseo libros que hallé de antiguo. Sortilegios, hechicerías, grotescos infundios a mi parecer, pero horrendamente atrayentes. En una de estas ocasiones topé con el relato de una terrible vampiresa, fundadora de uno de los 13 clanes cainitas. Decía que esta criatura gustaba de darse baños en sangre humana, procurándose una piel siempre suave y perfecta. También hablaba de su interés por las artes humanas, y su gusto por compartir el lecho con hombres talentosos, bebiendo su sangre en la cúspide del acto sexual. Dicen que en su mordedura se halla el mayor placer del que jamás pueda disfrutar un varón, pero que la misma, es propiciatoria de la peor de las esclavitudes. Lejos de convertirte en un trasgo o un ser similar, la vampira te procura larga vida para continuar disfrutando de tus talentos. Pero una vida de penitencia y lacrimosa tragedia. Al pie del relato se hallaba un grabado. Los ojos de la criatura. Sí, unos delirantes ojos verdes. Y su símbolo: una rosa roja.
Un gélido pensamiento recorrió mi espalda. El pánico se apoderó de mí. Pero la idea era insoportable. Quemé el libro en una hoguera y me juré no volver a abrir en mi vida uno semejante.
- ¿Cree en supersticiones, mi buen señor?
- ¡Oh! Usted también creería de haber sufrido lo mismo que yo Esa misma noche Arikel me declaró su amor incondicional y me acompañó hasta sus aterciopeladas sábanas. Una vez postrado en la cama, derritió mi cuerpo entre sus manos e hizo arder hasta la última fibra de mi ser. No recuerdo más de aquella experiencia. Pero cuando desperté ella yacía muerta a mi lado, con la boca abierta y una rosa entre las manos. Observé sus protuberantes colmillos y chillé de puro terror.
Corrí a hablar con nuestro amigo común, el cochero, y acordé esta escapada hacia Londres. Doy gracias a Dios porque nos ha unido esta noche y puedo darme por satisfecho al contar esta historia y permanecer con vida. Aunque no creáis mi relato, estoy contento de haberlo compartido con alguien. Y sepa que agradezco su respetuosa compostura.- Con esto ella tomó mi mano y depositó un objeto en ella. Se apartó el velo de la cara y descubrió sus ojos. Unos hermosos ojos verdes. Miré en mi mano y había una rosa roja. Lancé al vacío un sordo grito de horror.[/center:a4657b438f]
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