Vicente Fernández-Cortés
Poeta que considera el portal su segunda casa
El asunto es recurrente en determinados territorios de la literatura, eso es cierto. Sucede, sin embargo, que no siempre se ha abordado el mito y el pito de la pedorreta con la moderación que su escatológica naturaleza aconseja. En la mayoría de las ocasiones, la estrepitosa crepitación derivada del meteeorismo se ha tratado de manera tangencial al servicio del hilo argumental del texto. No existe, que yo sepa, obra magna dedicada al cuesco universal aunque abundan, eso sí, multitud de vestigios en la Historia y la Mitología.
Se cuenta que Hércules desarrolló muchos de sus famosos trabajos merced a a sus formidables pedos; por ejemplo, logró, mediante un flato titánico, la limpieza de los establos del rey Augias en los que no se había recogido el estiércol por años y cuyo apestoso hedor infectaba todo el Peloponeso.
Escribe Homero que cuando el viento no le favorecía, Ulises largaba ventiscas intestinales contra las velas de sus navíos, cuescos épicos que las hinchaban y lo hacían avanzar cientos de millas.
Y el Antiguo Testamento (Jueces) narra las hazañas de Sansón, que barría turbas de filisteos con la demoledora ventolera de sus descargas. También se le atribuye la invención del lanzallamas, un arma usada por los judíos que les dotó de superioridad sobre sus enemigos. Era Sansón hombre voraz y gracias a su desmesurado apetito lograba el efecto al que se refiere el hecho: se hartaba de nabos, alcachofas, coliflor, brócoli, repollo, colecitas de Bruselas, pimentón, ajos, cebolla, pepino, puerros, frijoles y lentejas la noche previa a una batalla. Sabido es que en tiempos de guerra todo agujero es trinchera. En el momento decisivo de la contienda se situaba en cuclillas, desnudo ante una hoguera y en posición de reversa desalojaba por su retaguardia miasmas tóxicas de proporciones faraónicas, los genuinos cicló-peos. Al pasar la ventosidad por el fuego, se incendiaba formando una masa ígnea devastadora. De haber vivido Sansón doce siglos más tarde, en los tiempos de la expansión imperialista de los romanos, estos no habrían podido dominar a los hebreos con tan letal arma biológica.
Las ventosidades de la zarina Catalina la Grande, intrigante dama cautiva de una aerofagia calamitosa, inspiraron a Tchaikovski su magistral Obertura 1812. Los cañonazos con los que culmina la pieza son un rendido homenaje a aquellos estallidos regios. Un biógrafo de Beethoven insinua que los primeros compases de su 5ª Sinfonía fueron sugeridos por las flatulencias que se echó tras un hartazgo de morcilla y rodilla de cochino ahumado trasegadas con la mejor cerveza austriaca.
Los petómanos (dícese: virtuosos de instrumentos de viento ejecutados con el ano) por lo general sonaban flautas, oboes y otros de sonido endeble pero se cuenta que Joseph Pujol era capaz de soplar también la trompeta, el trombón y hasta la tuba wagneriana. Podría suponerse que solo los dotados de intestinos potentes tendrían el vigor de hacer sonar uno de esos enormes cilindros canoros.
El secreto bien guardado de esos artistas consistía en que se introducian un colmado enema de tabaco poco antes de salir a escena, porque la lavativa de una infusión de tabaco en rama bien concentrada origina una acumulación pantagruélica de gases en el bajo vientre. Sin ser músicos, muchos recurrían a los enemas de tabaco tan solo por procurar el alivio que favorece la incontinencia y de exhalar sobre la marcha reparadoras mofetas. El filósofo Voltaire se cuenta entre los notables en la Historia aficionados a dichas irrigaciones. Napoleón Bonaparte fue otro eminente partidario.
También es cierto que, prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una discreta transferencia, el pedo final prorrumpe, cual Júpiter tonante, tumultuoso y extemporáneo con la implacable ferocidad que le suministra su cautiverio.
Y es que en la sutil ingravidez de la condición humana una verdad irrefutable asoma: amor de monja y trueno de fraile, todo es aire.
Se cuenta que Hércules desarrolló muchos de sus famosos trabajos merced a a sus formidables pedos; por ejemplo, logró, mediante un flato titánico, la limpieza de los establos del rey Augias en los que no se había recogido el estiércol por años y cuyo apestoso hedor infectaba todo el Peloponeso.
Escribe Homero que cuando el viento no le favorecía, Ulises largaba ventiscas intestinales contra las velas de sus navíos, cuescos épicos que las hinchaban y lo hacían avanzar cientos de millas.
Y el Antiguo Testamento (Jueces) narra las hazañas de Sansón, que barría turbas de filisteos con la demoledora ventolera de sus descargas. También se le atribuye la invención del lanzallamas, un arma usada por los judíos que les dotó de superioridad sobre sus enemigos. Era Sansón hombre voraz y gracias a su desmesurado apetito lograba el efecto al que se refiere el hecho: se hartaba de nabos, alcachofas, coliflor, brócoli, repollo, colecitas de Bruselas, pimentón, ajos, cebolla, pepino, puerros, frijoles y lentejas la noche previa a una batalla. Sabido es que en tiempos de guerra todo agujero es trinchera. En el momento decisivo de la contienda se situaba en cuclillas, desnudo ante una hoguera y en posición de reversa desalojaba por su retaguardia miasmas tóxicas de proporciones faraónicas, los genuinos cicló-peos. Al pasar la ventosidad por el fuego, se incendiaba formando una masa ígnea devastadora. De haber vivido Sansón doce siglos más tarde, en los tiempos de la expansión imperialista de los romanos, estos no habrían podido dominar a los hebreos con tan letal arma biológica.
Las ventosidades de la zarina Catalina la Grande, intrigante dama cautiva de una aerofagia calamitosa, inspiraron a Tchaikovski su magistral Obertura 1812. Los cañonazos con los que culmina la pieza son un rendido homenaje a aquellos estallidos regios. Un biógrafo de Beethoven insinua que los primeros compases de su 5ª Sinfonía fueron sugeridos por las flatulencias que se echó tras un hartazgo de morcilla y rodilla de cochino ahumado trasegadas con la mejor cerveza austriaca.
Los petómanos (dícese: virtuosos de instrumentos de viento ejecutados con el ano) por lo general sonaban flautas, oboes y otros de sonido endeble pero se cuenta que Joseph Pujol era capaz de soplar también la trompeta, el trombón y hasta la tuba wagneriana. Podría suponerse que solo los dotados de intestinos potentes tendrían el vigor de hacer sonar uno de esos enormes cilindros canoros.
El secreto bien guardado de esos artistas consistía en que se introducian un colmado enema de tabaco poco antes de salir a escena, porque la lavativa de una infusión de tabaco en rama bien concentrada origina una acumulación pantagruélica de gases en el bajo vientre. Sin ser músicos, muchos recurrían a los enemas de tabaco tan solo por procurar el alivio que favorece la incontinencia y de exhalar sobre la marcha reparadoras mofetas. El filósofo Voltaire se cuenta entre los notables en la Historia aficionados a dichas irrigaciones. Napoleón Bonaparte fue otro eminente partidario.
También es cierto que, prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una discreta transferencia, el pedo final prorrumpe, cual Júpiter tonante, tumultuoso y extemporáneo con la implacable ferocidad que le suministra su cautiverio.
Y es que en la sutil ingravidez de la condición humana una verdad irrefutable asoma: amor de monja y trueno de fraile, todo es aire.
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