Gonvedo
Poeta asiduo al portal
En mi nocturnidad de celda
se asolean todos los sueños
para llegar a la pureza del barro,
para desnudarme sin culpa
y sin miedo a esa luz que viene siguiéndome
sin poder ocultarme, sin querer rechazarla.
El tacto de esa luz de genuino cristal
me iba cercando en un éxtasis sonoro
de mudez mineral, atrayéndome
como el último pétalo de un lirio final.
Pude abrir los cegados ojos,
de debajo de los párpados se desprendió
un murmullo de lágrimas y de filigrana.
El llanto era fluvial y el mar una llama
como un súbito florecimiento
que incrementaba el número de estrellas.
Más ajeno a mí cuanto más cerca,
un zureo de palomas daba vida y voz
al paisaje solitario que crecía desde dentro
de su némesis.
En ese paisaje todo era uno con su eco
y con su sombra.
De esmaltado azul era el color del cielo
y la carne de los dioses antiguos.
Antes de mí ya era, todo se alzaba y transcurría,
latido y memoria, nivel del mar y rueda celeste.
se asolean todos los sueños
para llegar a la pureza del barro,
para desnudarme sin culpa
y sin miedo a esa luz que viene siguiéndome
sin poder ocultarme, sin querer rechazarla.
El tacto de esa luz de genuino cristal
me iba cercando en un éxtasis sonoro
de mudez mineral, atrayéndome
como el último pétalo de un lirio final.
Pude abrir los cegados ojos,
de debajo de los párpados se desprendió
un murmullo de lágrimas y de filigrana.
El llanto era fluvial y el mar una llama
como un súbito florecimiento
que incrementaba el número de estrellas.
Más ajeno a mí cuanto más cerca,
un zureo de palomas daba vida y voz
al paisaje solitario que crecía desde dentro
de su némesis.
En ese paisaje todo era uno con su eco
y con su sombra.
De esmaltado azul era el color del cielo
y la carne de los dioses antiguos.
Antes de mí ya era, todo se alzaba y transcurría,
latido y memoria, nivel del mar y rueda celeste.