Esta boca mía que no deja de nombrarte
se hace viento para llegar a tu ventana,
pedazo de luna que se acomodó en tus labios.
Dos cuerpos fundidos en uno,
tumbados allí, ajenos al temblor
del mundo, hasta que el alba apuraba
el último suspiro de la noche.
Desde el silencio de la ausencia
se escapan los olvidos,
ante la infinitud del horizonte
con la muerte siguiéndonos los pasos,
y quién con tanta muerte adentro
retiene caricias en sus manos?
Añoro el abrigo de esos días,
las nostalgias de los besos
que murieron en mi boca,
las promesas, que quedaron
escondidas en el fondo de tus ojos
y se extinguieron, sin apenas entregarse.
Sólo quedó un olor a tierra húmeda
de donde se devolvieron tus pasos.
Ana Mercedes Villalobos
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