ANOCHECER, SOMBRAS
Una sombra sombrea asombrada
con penoso patetismo
la cara oculta de la luna.
Un perro husmea las escaleras inviolables
que dicen suben al cielo.
La sombra del perro olisquea impaciente
los detritus y las páginas en blanco.
La escalera violácea e inviolada
posee su particular alfabeto
donde palabras como sésamo y abracadabra
tienen un valor infinito
como el cociente de una división inacabable.
Una falaz claraboya
parodia de ese cielo que el perro quiere alcanzar
es el acceso romboidal
de la cálida claridad de un sol supuestamente esférico
del que fluyen en generoso magma
todos los ardores que en noches como ésta
abrasan los sexos
los vientres
y las miradas
de las muchachas que buscan sus playas íntimas.
Cientos de soldados
supervivientes de la última batalla
confían en el perro que busca entre los detritus
Quieren ser los primeros en disfrutar
de esa página en blanco
en la que escribir su primer poema de amor.
Al fondo señores enlevitados
con sus bombines de plexiglás multicolor
acarician sus bigotes
y cariacontecidos adoran
al Leviatán que les ha sido asignado.
Es la tarde propicia para el rezo sincopado
de la postrera oración
del último holocausto
de la hecatombe más luminosa.
Después el sol acabará de apagarse
y mi pobre perro
perdido ya su olfato en la más densa sombra
regresará junto al pobre ciego
que soy yo
renunciando a la caricia.
Una sombra sombrea asombrada
con penoso patetismo
la cara oculta de la luna.
Un perro husmea las escaleras inviolables
que dicen suben al cielo.
La sombra del perro olisquea impaciente
los detritus y las páginas en blanco.
La escalera violácea e inviolada
posee su particular alfabeto
donde palabras como sésamo y abracadabra
tienen un valor infinito
como el cociente de una división inacabable.
Una falaz claraboya
parodia de ese cielo que el perro quiere alcanzar
es el acceso romboidal
de la cálida claridad de un sol supuestamente esférico
del que fluyen en generoso magma
todos los ardores que en noches como ésta
abrasan los sexos
los vientres
y las miradas
de las muchachas que buscan sus playas íntimas.
Cientos de soldados
supervivientes de la última batalla
confían en el perro que busca entre los detritus
Quieren ser los primeros en disfrutar
de esa página en blanco
en la que escribir su primer poema de amor.
Al fondo señores enlevitados
con sus bombines de plexiglás multicolor
acarician sus bigotes
y cariacontecidos adoran
al Leviatán que les ha sido asignado.
Es la tarde propicia para el rezo sincopado
de la postrera oración
del último holocausto
de la hecatombe más luminosa.
Después el sol acabará de apagarse
y mi pobre perro
perdido ya su olfato en la más densa sombra
regresará junto al pobre ciego
que soy yo
renunciando a la caricia.