Cuántas lágrimas se esconden
en esas pupilas tristes
que imaginaron otro mañana,
pero que la puerta cerró,
quedando al socaire
del viento que la empujaba.
Cuando se cuentan los años
como luces que se apagan,
se mira en la distancia
y no se valora
lo mucho que se luchó;
porque en la balanza se pesa,
la soledad compartida
entre los muros de un asilo
donde la ancianidad se aparca.
Y los días pasan
sin que la piel se estremezca
por una ilusión pequeña,
por la más débil esperanza,
dejados a un lado
por aquéllos que amaron
y creyeron, que en su momento,
les devolverían sus cuidados.
De ingratitud se teje la vida,
de silencios, de añoranzas,
que nada puede romper.
De esperar, de contar
del techo las manchas,
hasta que la mente no recuerde
que es lo que se debe anhelar o temer.
en esas pupilas tristes
que imaginaron otro mañana,
pero que la puerta cerró,
quedando al socaire
del viento que la empujaba.
Cuando se cuentan los años
como luces que se apagan,
se mira en la distancia
y no se valora
lo mucho que se luchó;
porque en la balanza se pesa,
la soledad compartida
entre los muros de un asilo
donde la ancianidad se aparca.
Y los días pasan
sin que la piel se estremezca
por una ilusión pequeña,
por la más débil esperanza,
dejados a un lado
por aquéllos que amaron
y creyeron, que en su momento,
les devolverían sus cuidados.
De ingratitud se teje la vida,
de silencios, de añoranzas,
que nada puede romper.
De esperar, de contar
del techo las manchas,
hasta que la mente no recuerde
que es lo que se debe anhelar o temer.