Ibrahim Sadhid
Poeta recién nacido
En la noche eterna del tiempo,
entre nubes y neblinas,
en un lugar sin espacio,
la oscuridad del pensamiento,
me traslada hasta tu sima.
Allí estas, mujer de mis versos,
mujer escarlata y divina,
jugando con amapolas,
entretenida, sola,
mujer amada heroína.
En la profundidad sin fondo habitas,
donde el tehom espanta,
en la región de los muertos,
entre humos y metrallas,
rodeada de sangre y huesos,
en las subterráneas aguas,
esperando por un beso,
descansando en tu morada.
Desde el inframundo me elevo,
hasta la más alta montaña,
allí nuevamente te encuentro,
perfecta y ataviada,
mujer de los cuatro vientos,
deslumbrantemente, soñada.
Abro los ojos y veo,
una niña entre las sabanas,
alaridos de deseos,
perfumada por sus ganas,
corro de prisa a la sala,
ella convulsiona, espanta,
sus ojos perdidos en blanco,
unas manos que estrangulan,
fuertemente mi garganta.
El aire se agota,
mi boca seca y amarga,
observo entre la penumbra,
la dibujada jarra,
tengo sed, quiero alcanzarla,
siento una pesada carga.
La cama inmensa, larga,
se mueve hacia el infinito,
siento miedo de caer,
nuevamente al laberinto.
Sus ojos como alfileres,
clavados en mi ombligo,
ella sonríe mientras navego,
inquieto, incoherente, perdido
no sé cómo me sostengo,
no sé cómo he subido.
Amor que embriagas de espejismos,
fuego de lujuria que encadenas,
a las llamas del infierno y a la pena,
de vivir sin ti en este abismo.
¡Criatura de las tinieblas,
del terrible mundo espectral,
mátame de una vez
Oh, ¡déjame despertar!
entre nubes y neblinas,
en un lugar sin espacio,
la oscuridad del pensamiento,
me traslada hasta tu sima.
Allí estas, mujer de mis versos,
mujer escarlata y divina,
jugando con amapolas,
entretenida, sola,
mujer amada heroína.
En la profundidad sin fondo habitas,
donde el tehom espanta,
en la región de los muertos,
entre humos y metrallas,
rodeada de sangre y huesos,
en las subterráneas aguas,
esperando por un beso,
descansando en tu morada.
Desde el inframundo me elevo,
hasta la más alta montaña,
allí nuevamente te encuentro,
perfecta y ataviada,
mujer de los cuatro vientos,
deslumbrantemente, soñada.
Abro los ojos y veo,
una niña entre las sabanas,
alaridos de deseos,
perfumada por sus ganas,
corro de prisa a la sala,
ella convulsiona, espanta,
sus ojos perdidos en blanco,
unas manos que estrangulan,
fuertemente mi garganta.
El aire se agota,
mi boca seca y amarga,
observo entre la penumbra,
la dibujada jarra,
tengo sed, quiero alcanzarla,
siento una pesada carga.
La cama inmensa, larga,
se mueve hacia el infinito,
siento miedo de caer,
nuevamente al laberinto.
Sus ojos como alfileres,
clavados en mi ombligo,
ella sonríe mientras navego,
inquieto, incoherente, perdido
no sé cómo me sostengo,
no sé cómo he subido.
Amor que embriagas de espejismos,
fuego de lujuria que encadenas,
a las llamas del infierno y a la pena,
de vivir sin ti en este abismo.
¡Criatura de las tinieblas,
del terrible mundo espectral,
mátame de una vez
Oh, ¡déjame despertar!