Dark Shadowlord
Poeta recién llegado
De nuevo en la oscura habitación... otra noche más en ese infernal lugar. Ya llevaba más de un mes allí, soportando los castigos de aquellos que lo habían capturado, golpe tras golpe, ocasionalmente acompañados de una pregunta exigiendo el paradero de su amiga. Traidores los llamaban, infieles, desertores, y miles de palabras intentando insultarle, sin éxito. Había llevado a cabo su propósito, había liberado a aquél muchacho que había sido capturado injustamente. Se sentía bien porque, con ayuda de su amiga, le regaló la libertad tan venerada a ese inocente. Pero el plan no salió del todo como lo esperaba, lo habían capturado. Ahora él era el prisionero, ése había sido el precio que había tenido que pagar por hacer valer la justicia.
Ahora se hallaba ahí, en medio de la habitación oscura. La oscuridad no le molestaba, pero le habría gustado ver la Luna una vez más, los cuartos de piedra donde se encontraba no tenían ventanas por ninguna parte y no dejaba de pensar en el brillo del astro nocturno y sus fieles acompañantes: las estrellas.
De pronto, la puerta se abrió. No se sobresaltó, ya se lo esperaba, como siempre, para una nueva dosis de brutalidad física de parte de los guardias.
Diez minutos después, cuando el guardia se aburrió un poco de la golpiza, le hizo una pregunta:
- ¿Por qué la proteges?
- Porque es mi amiga - respondió como pudo, a través de la sangre en la boca que lo ahogaba.
- ¿Amiga? ¿qué quieres decir?
Estas palabras tuvieron un efecto muy grande en él. Sabía que el pueblo era dominado por un régimen muy rígido, pero no esperaba que ni siquiera se supiera lo que era la amistad...
- ¡Te he dicho que me digas lo que quisiste decir! - dijo acompañando las palabras con un puñetazo a su estómago.
- ¿No sabes qué es una amiga? ¿Sabes qué es la amistad?
- ¿De qué demonios hablas?
- ¡Malnacidos!
- Cállate - gritó el guardia - si vas a hablar estupideces, lo mejor será que permanezcas callado.
- ¿Cómo es posible que no sepas?
Pero una enorme bota de hierro se le plantó en el rostro y lo dejo inconsciente.
Al día siguiente, alrededor de la misma hora, llegó el jefe de la ciudad, escoltado por una docena de soldados, instruyéndoles que se quedaran fuera del cuarto, menos a uno, un bruto enorme, que parecía una simple mascota del hombre.
- Me han dicho que estas causando estragos. - dijo el jefe mirándolo con curiosidad.
- Sólo mencioné una palabra.
- Así que lo admites - dijo tranquilamente.
- ¿Cómo es posible que no la conozcan?
- No lo necesitan - contestó el jefe calmadamente - Los motivan otro tipo de emociones.
- ¿El odio?
- Por favor, tú y yo sabemos que el odio no funciona de esa manera - dijo como si la idea fuera ridícula - No, ellos creen que sólo pueden confiar en sí mismos porque aquí no se puede confiar en nadie. La única razón por la que no se matan entre sí es que tienen un fuerte sentido del deber para con esta ciudad.
- Sólo los manipulas - dijo intentando contener el odio y la rabia que lo embargaban.
- Por supuesto - repuso calmado - Tú también manipulas a los demás, aunque no lo describas de esa forma.
- Eso no es verdad - había empezado a temblar.
- Claro que si, manipulaste ese sentimiento que llamas amistad para que esa mujer te ayudara. - dijo el jefe sonriente - No sé qué pretendías lograr, no podrían ir muy lejos, sólo les alargaste un poco la vida, no durarán mucho.
- Eso crees. - dijo con aspecto triunfante - No podrás hacerles daño.
- ¿Ah no? - dijo el jefe despreocupadamente - Ya veremos.
- ¿A dónde vas? - dijo en voz alta, al ver que el jefe se disponía a marcharse.
- Tu amiga y el preso volverán dentro de unos momentos, ya deben de haberlos capturado. - y al irse esbozó una sonrisa - Nos veremos, amigo...
- Al menos deberías enseñarle a tu gente algo más que la violencia.
- ¿Para qué?, son más útiles así.
- Eres un maldito.
- Tal vez, pero no me quejo.
- ¿Y qué vas a hacer conmigo?
- En unos minutos te llamaré para ir a la sala de sacrificios, cuando el general llegue con tu amiga y el preso, los mataré y tú tendrás el honor de estar en primera fila.
Se quedó mudo del enojo, estaba a punto de abalanzarse sobre el malvado hombre, pero un poderosa mano lo retuvo, el enorme guardia le sujetaba el antebrazo, evitando que corriera hacia el jefe.
- Apreciaría mucho que no andes metiéndoles ideas tontas en la cabeza a mis soldados - dijo el jefe antes de marcharse.
Pero dio vuelta en la puerta, se volvió y le dijo al guardia
- No importa si cae inconsciente, pero tiene que ser fácil despertarlo, no falta mucho para que lleguen.
Y el guardia sonrió, tomó al prisionero y comenzó la paliza que ya había esperado demasiado con la plática.
Ahora se hallaba ahí, en medio de la habitación oscura. La oscuridad no le molestaba, pero le habría gustado ver la Luna una vez más, los cuartos de piedra donde se encontraba no tenían ventanas por ninguna parte y no dejaba de pensar en el brillo del astro nocturno y sus fieles acompañantes: las estrellas.
De pronto, la puerta se abrió. No se sobresaltó, ya se lo esperaba, como siempre, para una nueva dosis de brutalidad física de parte de los guardias.
Diez minutos después, cuando el guardia se aburrió un poco de la golpiza, le hizo una pregunta:
- ¿Por qué la proteges?
- Porque es mi amiga - respondió como pudo, a través de la sangre en la boca que lo ahogaba.
- ¿Amiga? ¿qué quieres decir?
Estas palabras tuvieron un efecto muy grande en él. Sabía que el pueblo era dominado por un régimen muy rígido, pero no esperaba que ni siquiera se supiera lo que era la amistad...
- ¡Te he dicho que me digas lo que quisiste decir! - dijo acompañando las palabras con un puñetazo a su estómago.
- ¿No sabes qué es una amiga? ¿Sabes qué es la amistad?
- ¿De qué demonios hablas?
- ¡Malnacidos!
- Cállate - gritó el guardia - si vas a hablar estupideces, lo mejor será que permanezcas callado.
- ¿Cómo es posible que no sepas?
Pero una enorme bota de hierro se le plantó en el rostro y lo dejo inconsciente.
Al día siguiente, alrededor de la misma hora, llegó el jefe de la ciudad, escoltado por una docena de soldados, instruyéndoles que se quedaran fuera del cuarto, menos a uno, un bruto enorme, que parecía una simple mascota del hombre.
- Me han dicho que estas causando estragos. - dijo el jefe mirándolo con curiosidad.
- Sólo mencioné una palabra.
- Así que lo admites - dijo tranquilamente.
- ¿Cómo es posible que no la conozcan?
- No lo necesitan - contestó el jefe calmadamente - Los motivan otro tipo de emociones.
- ¿El odio?
- Por favor, tú y yo sabemos que el odio no funciona de esa manera - dijo como si la idea fuera ridícula - No, ellos creen que sólo pueden confiar en sí mismos porque aquí no se puede confiar en nadie. La única razón por la que no se matan entre sí es que tienen un fuerte sentido del deber para con esta ciudad.
- Sólo los manipulas - dijo intentando contener el odio y la rabia que lo embargaban.
- Por supuesto - repuso calmado - Tú también manipulas a los demás, aunque no lo describas de esa forma.
- Eso no es verdad - había empezado a temblar.
- Claro que si, manipulaste ese sentimiento que llamas amistad para que esa mujer te ayudara. - dijo el jefe sonriente - No sé qué pretendías lograr, no podrían ir muy lejos, sólo les alargaste un poco la vida, no durarán mucho.
- Eso crees. - dijo con aspecto triunfante - No podrás hacerles daño.
- ¿Ah no? - dijo el jefe despreocupadamente - Ya veremos.
- ¿A dónde vas? - dijo en voz alta, al ver que el jefe se disponía a marcharse.
- Tu amiga y el preso volverán dentro de unos momentos, ya deben de haberlos capturado. - y al irse esbozó una sonrisa - Nos veremos, amigo...
- Al menos deberías enseñarle a tu gente algo más que la violencia.
- ¿Para qué?, son más útiles así.
- Eres un maldito.
- Tal vez, pero no me quejo.
- ¿Y qué vas a hacer conmigo?
- En unos minutos te llamaré para ir a la sala de sacrificios, cuando el general llegue con tu amiga y el preso, los mataré y tú tendrás el honor de estar en primera fila.
Se quedó mudo del enojo, estaba a punto de abalanzarse sobre el malvado hombre, pero un poderosa mano lo retuvo, el enorme guardia le sujetaba el antebrazo, evitando que corriera hacia el jefe.
- Apreciaría mucho que no andes metiéndoles ideas tontas en la cabeza a mis soldados - dijo el jefe antes de marcharse.
Pero dio vuelta en la puerta, se volvió y le dijo al guardia
- No importa si cae inconsciente, pero tiene que ser fácil despertarlo, no falta mucho para que lleguen.
Y el guardia sonrió, tomó al prisionero y comenzó la paliza que ya había esperado demasiado con la plática.