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Ambrosio

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
El Callejón del Mudo bordea el Castillo. en lo más alto del pueblo, cerca de los linderos del Campo de la Gallina, donde los castaños llevan una existencia pacífica y ajena a los avatares de nuestra historia. Es la zona donde viven los más humildes, porque en esta hora de la postguerra, pobres son todos. Afortunadamente los rencores se han ido pausando, aunque quedan dolores profundos que poco a poco van cicatrizando.


Quien ha venido para quedarse una larga temporada es el hambre. Ese hambre de los que no tienen nada, de quienes pasan los días con apenas una patata y un mendrugo. Afortunados son los pobres que disfrutan de unas vainas, de unas berzas, unos garbanzos viudos con los que llenar la hondura de esos estómagos que se lamentan en retortijones de vientre.


En el Callejón del Mudo vive Ambrosio, en una casa vieja que levantó su abuelo amontonando piedras y fijándolas con mortero. Apenas una puerta y dos ventanas, en una habitación que forman una cocina y una alcoba italiana donde tener la cama; una mesa coja y un arcón que sirve también de asiento, un patio corto que en tiempos tuvo un gallinero y la sombra mañanera del castillo que roza su techumbre de tabla y paja. Ambrosio se levanta cada mañana para ir al monte y ahora, que comienzan los fríos, recoger en un gran canasto toda la leña que pueda para ir luego a venderla a la Calle del Agua. Los palacios que quedan en pie y que recuerdan el esplendor pasado de la villa, se encuentran en esa calle y allí viven todavía las gentes que se pueden permitir el dar unas pocas monedas por un hato de leña.


Hoy, por todo desayuno ha tomado un recuelo de café y achicoria que es poco más que agua caliente. Con el hambre mordiéndole las entrañas, ha hecho su cometido diario y el dinero conseguido le ha permitido comprar una hogaza de pan, un trozo de tocino y un cuartillo de vino. Lo lleva para casa, donde tendrá que compartirlo con Maruja su mujer y los dos chavales.


Terminada la tarea, para entretenerse el hombre, baja hasta la plaza a ver si alguien le da un cigarro. Allí se encuentra con Jacinto y con Moisesín, que vienen con la cuadrilla. Se saludan y sin mediar palabra le alargan la petaca y el papel para que pueda liarse un cigarro.
-Bueno, Ambrosio, ¿qué vas a comer hoy? - le preguntan.
Y entonces a Ambrosio se le abren los cielos:
- Tengo dos cabritos puestos a asar, así como cuatro pollos tomateros. Pero mientras se preparan voy a abrir el jamón de año y la cecina del chivo viejo. Pero antes tendremos un potaje de garbanzos y lentejas, con buen tocino y su chorizo, amén de un lacón que he puesto para tomar con unos cachelos. No faltará un buen queso y para terminar un flan de doce huevos que ha preparado la Maruja.- les cuenta muy ufano.
- De modo que si queréis venir os invito a todos- a lo que subraya con un gesto de dignidad.
Entonces Moisesín, mirándole fijamente le dice:
- Pero Ambrosio... Eso me lo como yo solo-.
Y Ambrosio, herido en su orgullo, lo mira de hito en hito y de dice con furia mal contenida:
- ¡Tú ya no vas, por glotón!-
Y se da la vuelta y se va hacia su casa muy digno y un pelín ofendido.
La cuadrilla se ríe y comenta para sí:
-Los estragos que hace el hambre-
 
El Callejón del Mudo bordea el Castillo. en lo más alto del pueblo, cerca de los linderos del Campo de la Gallina, donde los castaños llevan una existencia pacífica y ajena a los avatares de nuestra historia. Es la zona donde viven los más humildes, porque en esta hora de la postguerra, pobres son todos. Afortunadamente los rencores se han ido pausando, aunque quedan dolores profundos que poco a poco van cicatrizando.


Quien ha venido para quedarse una larga temporada es el hambre. Ese hambre de los que no tienen nada, de quienes pasan los días con apenas una patata y un mendrugo. Afortunados son los pobres que disfrutan de unas vainas, de unas berzas, unos garbanzos viudos con los que llenar la hondura de esos estómagos que se lamentan en retortijones de vientre.


En el Callejón del Mudo vive Ambrosio, en una casa vieja que levantó su abuelo amontonando piedras y fijándolas con mortero. Apenas una puerta y dos ventanas, en una habitación que forman una cocina y una alcoba italiana donde tener la cama; una mesa coja y un arcón que sirve también de asiento, un patio corto que en tiempos tuvo un gallinero y la sombra mañanera del castillo que roza su techumbre de tabla y paja. Ambrosio se levanta cada mañana para ir al monte y ahora, que comienzan los fríos, recoger en un gran canasto toda la leña que pueda para ir luego a venderla a la Calle del Agua. Los palacios que quedan en pie y que recuerdan el esplendor pasado de la villa, se encuentran en esa calle y allí viven todavía las gentes que se pueden permitir el dar unas pocas monedas por un hato de leña.


Hoy, por todo desayuno ha tomado un recuelo de café y achicoria que es poco más que agua caliente. Con el hambre mordiéndole las entrañas, ha hecho su cometido diario y el dinero conseguido le ha permitido comprar una hogaza de pan, un trozo de tocino y un cuartillo de vino. Lo lleva para casa, donde tendrá que compartirlo con Maruja su mujer y los dos chavales.


Terminada la tarea, para entretenerse el hombre, baja hasta la plaza a ver si alguien le da un cigarro. Allí se encuentra con Jacinto y con Moisesín, que vienen con la cuadrilla. Se saludan y sin mediar palabra le alargan la petaca y el papel para que pueda liarse un cigarro.
-Bueno, Ambrosio, ¿qué vas a comer hoy? - le preguntan.
Y entonces a Ambrosio se le abren los cielos:
- Tengo dos cabritos puestos a asar, así como cuatro pollos tomateros. Pero mientras se preparan voy a abrir el jamón de año y la cecina del chivo viejo. Pero antes tendremos un potaje de garbanzos y lentejas, con buen tocino y su chorizo, amén de un lacón que he puesto para tomar con unos cachelos. No faltará un buen queso y para terminar un flan de doce huevos que ha preparado la Maruja.- les cuenta muy ufano.
- De modo que si queréis venir os invito a todos- a lo que subraya con un gesto de dignidad.
Entonces Moisesín, mirándole fijamente le dice:
- Pero Ambrosio... Eso me lo como yo solo-.
Y Ambrosio, herido en su orgullo, lo mira de hito en hito y de dice con furia mal contenida:
- ¡Tú ya no vas, por glotón!-
Y se da la vuelta y se va hacia su casa muy digno y un pelín ofendido.
La cuadrilla se ríe y comenta para sí:
-Los estragos que hace el hambre-
Cómo dice el refrán "soñar no cuesta nada".
Una inmensa prosa plena de todos los detalles, para que 3ñ lector se beba cada palabra y entre en situación. Penas y tristezas al que algunas personas les ha tocado en suerte vivir. Muchas veces por aparentar lo que no es por ese maldito orgullo y para hacer más llevadera el hambre, mentimos, pero así somos. Es una historia muy profunda, maravillosamente escrita. Felicitaciones y aplausos para usted Luis por sus reales y certeras letras, saludos Daniel
 
El Callejón del Mudo bordea el Castillo. en lo más alto del pueblo, cerca de los linderos del Campo de la Gallina, donde los castaños llevan una existencia pacífica y ajena a los avatares de nuestra historia. Es la zona donde viven los más humildes, porque en esta hora de la postguerra, pobres son todos. Afortunadamente los rencores se han ido pausando, aunque quedan dolores profundos que poco a poco van cicatrizando.


Quien ha venido para quedarse una larga temporada es el hambre. Ese hambre de los que no tienen nada, de quienes pasan los días con apenas una patata y un mendrugo. Afortunados son los pobres que disfrutan de unas vainas, de unas berzas, unos garbanzos viudos con los que llenar la hondura de esos estómagos que se lamentan en retortijones de vientre.


En el Callejón del Mudo vive Ambrosio, en una casa vieja que levantó su abuelo amontonando piedras y fijándolas con mortero. Apenas una puerta y dos ventanas, en una habitación que forman una cocina y una alcoba italiana donde tener la cama; una mesa coja y un arcón que sirve también de asiento, un patio corto que en tiempos tuvo un gallinero y la sombra mañanera del castillo que roza su techumbre de tabla y paja. Ambrosio se levanta cada mañana para ir al monte y ahora, que comienzan los fríos, recoger en un gran canasto toda la leña que pueda para ir luego a venderla a la Calle del Agua. Los palacios que quedan en pie y que recuerdan el esplendor pasado de la villa, se encuentran en esa calle y allí viven todavía las gentes que se pueden permitir el dar unas pocas monedas por un hato de leña.


Hoy, por todo desayuno ha tomado un recuelo de café y achicoria que es poco más que agua caliente. Con el hambre mordiéndole las entrañas, ha hecho su cometido diario y el dinero conseguido le ha permitido comprar una hogaza de pan, un trozo de tocino y un cuartillo de vino. Lo lleva para casa, donde tendrá que compartirlo con Maruja su mujer y los dos chavales.


Terminada la tarea, para entretenerse el hombre, baja hasta la plaza a ver si alguien le da un cigarro. Allí se encuentra con Jacinto y con Moisesín, que vienen con la cuadrilla. Se saludan y sin mediar palabra le alargan la petaca y el papel para que pueda liarse un cigarro.
-Bueno, Ambrosio, ¿qué vas a comer hoy? - le preguntan.
Y entonces a Ambrosio se le abren los cielos:
- Tengo dos cabritos puestos a asar, así como cuatro pollos tomateros. Pero mientras se preparan voy a abrir el jamón de año y la cecina del chivo viejo. Pero antes tendremos un potaje de garbanzos y lentejas, con buen tocino y su chorizo, amén de un lacón que he puesto para tomar con unos cachelos. No faltará un buen queso y para terminar un flan de doce huevos que ha preparado la Maruja.- les cuenta muy ufano.
- De modo que si queréis venir os invito a todos- a lo que subraya con un gesto de dignidad.
Entonces Moisesín, mirándole fijamente le dice:
- Pero Ambrosio... Eso me lo como yo solo-.
Y Ambrosio, herido en su orgullo, lo mira de hito en hito y de dice con furia mal contenida:
- ¡Tú ya no vas, por glotón!-
Y se da la vuelta y se va hacia su casa muy digno y un pelín ofendido.
La cuadrilla se ríe y comenta para sí:
-Los estragos que hace el hambre-


Yo creo que más que Ambrosio era "Hambrosio", pobrecito...su nombre definía su situación.
Quienes gracias a Dios no hemos pasado hambre, igual podemos ponernos en la piel de aquellos que sí han padecido la falta o la escasez de alimentos. Las guerras dejaron grandes hambrunas y la literatura y los medios las reflejaron desde todas las ópticas posibles, incluso el humor.
En esta prosa se lucen tu agilidad para narrar, la frescura de los diálogos y las descripciones detalladas que hace el personaje de sus anhelos convertidos en comida.
Me encanta que escribas, Luis, me encanta venir a tu espacio y ver que tu pluma trajo una publicación nueva.
Abrazo con admiración y ojalá este verano recién nacido te traiga más ganas de escribir :)
 
Cómo dice el refrán "soñar no cuesta nada".
Una inmensa prosa plena de todos los detalles, para que 3ñ lector se beba cada palabra y entre en situación. Penas y tristezas al que algunas personas les ha tocado en suerte vivir. Muchas veces por aparentar lo que no es por ese maldito orgullo y para hacer más llevadera el hambre, mentimos, pero así somos. Es una historia muy profunda, maravillosamente escrita. Felicitaciones y aplausos para usted Luis por sus reales y certeras letras, saludos Daniel
Gracias por acercarte a esta historia breve de sueños y hambre. Hay situaciones que son tristes por lo que representan, aunque tengan algún toque gracioso en un momento.
Es un relato, nada más y pretende entretener. Gracias por dedicarle tu tiempo. Un abrazo.
 
Yo creo que más que Ambrosio era "Hambrosio", pobrecito...su nombre definía su situación.
Quienes gracias a Dios no hemos pasado hambre, igual podemos ponernos en la piel de aquellos que sí han padecido la falta o la escasez de alimentos. Las guerras dejaron grandes hambrunas y la literatura y los medios las reflejaron desde todas las ópticas posibles, incluso el humor.
En esta prosa se lucen tu agilidad para narrar, la frescura de los diálogos y las descripciones detalladas que hace el personaje de sus anhelos convertidos en comida.
Me encanta que escribas, Luis, me encanta venir a tu espacio y ver que tu pluma trajo una publicación nueva.
Abrazo con admiración y ojalá este verano recién nacido te traiga más ganas de escribir :)
Tras la guerra, en España hubo unos años en que se pasó hambre. Entonces Argentina ayudó a aquellos españoles enviando trigo y carne. Nunca lo hemos olvidado y por ello rara es la ciudad que no tiene una calle dedicada a la República Argentina.
El relato es un cuento, sin más. Unas palabras para un par de amigos que se acercan a ellas. Lo cierto es que no pretendo tampoco otra cosa.
Por eso agradezco de modo muy especial que te acerques y leas mis cuentos, sin que te falte una palabra amable para ellos.
Muchas gracias. Un gran abrazo y mi admiración emocionada.
 
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El Callejón del Mudo bordea el Castillo. en lo más alto del pueblo, cerca de los linderos del Campo de la Gallina, donde los castaños llevan una existencia pacífica y ajena a los avatares de nuestra historia. Es la zona donde viven los más humildes, porque en esta hora de la postguerra, pobres son todos. Afortunadamente los rencores se han ido pausando, aunque quedan dolores profundos que poco a poco van cicatrizando.


Quien ha venido para quedarse una larga temporada es el hambre. Ese hambre de los que no tienen nada, de quienes pasan los días con apenas una patata y un mendrugo. Afortunados son los pobres que disfrutan de unas vainas, de unas berzas, unos garbanzos viudos con los que llenar la hondura de esos estómagos que se lamentan en retortijones de vientre.


En el Callejón del Mudo vive Ambrosio, en una casa vieja que levantó su abuelo amontonando piedras y fijándolas con mortero. Apenas una puerta y dos ventanas, en una habitación que forman una cocina y una alcoba italiana donde tener la cama; una mesa coja y un arcón que sirve también de asiento, un patio corto que en tiempos tuvo un gallinero y la sombra mañanera del castillo que roza su techumbre de tabla y paja. Ambrosio se levanta cada mañana para ir al monte y ahora, que comienzan los fríos, recoger en un gran canasto toda la leña que pueda para ir luego a venderla a la Calle del Agua. Los palacios que quedan en pie y que recuerdan el esplendor pasado de la villa, se encuentran en esa calle y allí viven todavía las gentes que se pueden permitir el dar unas pocas monedas por un hato de leña.


Hoy, por todo desayuno ha tomado un recuelo de café y achicoria que es poco más que agua caliente. Con el hambre mordiéndole las entrañas, ha hecho su cometido diario y el dinero conseguido le ha permitido comprar una hogaza de pan, un trozo de tocino y un cuartillo de vino. Lo lleva para casa, donde tendrá que compartirlo con Maruja su mujer y los dos chavales.


Terminada la tarea, para entretenerse el hombre, baja hasta la plaza a ver si alguien le da un cigarro. Allí se encuentra con Jacinto y con Moisesín, que vienen con la cuadrilla. Se saludan y sin mediar palabra le alargan la petaca y el papel para que pueda liarse un cigarro.
-Bueno, Ambrosio, ¿qué vas a comer hoy? - le preguntan.
Y entonces a Ambrosio se le abren los cielos:
- Tengo dos cabritos puestos a asar, así como cuatro pollos tomateros. Pero mientras se preparan voy a abrir el jamón de año y la cecina del chivo viejo. Pero antes tendremos un potaje de garbanzos y lentejas, con buen tocino y su chorizo, amén de un lacón que he puesto para tomar con unos cachelos. No faltará un buen queso y para terminar un flan de doce huevos que ha preparado la Maruja.- les cuenta muy ufano.
- De modo que si queréis venir os invito a todos- a lo que subraya con un gesto de dignidad.
Entonces Moisesín, mirándole fijamente le dice:
- Pero Ambrosio... Eso me lo como yo solo-.
Y Ambrosio, herido en su orgullo, lo mira de hito en hito y de dice con furia mal contenida:
- ¡Tú ya no vas, por glotón!-
Y se da la vuelta y se va hacia su casa muy digno y un pelín ofendido.
La cuadrilla se ríe y comenta para sí:
-Los estragos que hace el hambre-
A pesar que cuenta un momento precario del personaje, recién al final de esta bella prosa, está impreso el sentido del humor. Me gustó mucho leerle poeta, entretenida y detallada historia. Mis saludos cordiales
 
A pesar que cuenta un momento precario del personaje, recién al final de esta bella prosa, está impreso el sentido del humor. Me gustó mucho leerle poeta, entretenida y detallada historia. Mis saludos cordiales
Este es un relato inventado, que quiere tener un toque de humor, dentro de la desdicha. No dudo que a veces se den situaciones así, que siempre son dolorosas. Gracias por dejar huella en estas líneas. Un saludo.
 
Es una gran historia, intensa y que muestra la realidad de muchos en algún momento de su vida. La nota de humor al final me encantó.
Siempre es un placer leer tus obras. Un gran abrazo.
Gracias por llegar hasta estas letras, reflejo de un tiempo pasado al que quise poner un final dulce. Muchas gracias por tu comentario.
Un fuerte abrazo.
 
El Callejón del Mudo bordea el Castillo. en lo más alto del pueblo, cerca de los linderos del Campo de la Gallina, donde los castaños llevan una existencia pacífica y ajena a los avatares de nuestra historia. Es la zona donde viven los más humildes, porque en esta hora de la postguerra, pobres son todos. Afortunadamente los rencores se han ido pausando, aunque quedan dolores profundos que poco a poco van cicatrizando.


Quien ha venido para quedarse una larga temporada es el hambre. Ese hambre de los que no tienen nada, de quienes pasan los días con apenas una patata y un mendrugo. Afortunados son los pobres que disfrutan de unas vainas, de unas berzas, unos garbanzos viudos con los que llenar la hondura de esos estómagos que se lamentan en retortijones de vientre.


En el Callejón del Mudo vive Ambrosio, en una casa vieja que levantó su abuelo amontonando piedras y fijándolas con mortero. Apenas una puerta y dos ventanas, en una habitación que forman una cocina y una alcoba italiana donde tener la cama; una mesa coja y un arcón que sirve también de asiento, un patio corto que en tiempos tuvo un gallinero y la sombra mañanera del castillo que roza su techumbre de tabla y paja. Ambrosio se levanta cada mañana para ir al monte y ahora, que comienzan los fríos, recoger en un gran canasto toda la leña que pueda para ir luego a venderla a la Calle del Agua. Los palacios que quedan en pie y que recuerdan el esplendor pasado de la villa, se encuentran en esa calle y allí viven todavía las gentes que se pueden permitir el dar unas pocas monedas por un hato de leña.


Hoy, por todo desayuno ha tomado un recuelo de café y achicoria que es poco más que agua caliente. Con el hambre mordiéndole las entrañas, ha hecho su cometido diario y el dinero conseguido le ha permitido comprar una hogaza de pan, un trozo de tocino y un cuartillo de vino. Lo lleva para casa, donde tendrá que compartirlo con Maruja su mujer y los dos chavales.


Terminada la tarea, para entretenerse el hombre, baja hasta la plaza a ver si alguien le da un cigarro. Allí se encuentra con Jacinto y con Moisesín, que vienen con la cuadrilla. Se saludan y sin mediar palabra le alargan la petaca y el papel para que pueda liarse un cigarro.
-Bueno, Ambrosio, ¿qué vas a comer hoy? - le preguntan.
Y entonces a Ambrosio se le abren los cielos:
- Tengo dos cabritos puestos a asar, así como cuatro pollos tomateros. Pero mientras se preparan voy a abrir el jamón de año y la cecina del chivo viejo. Pero antes tendremos un potaje de garbanzos y lentejas, con buen tocino y su chorizo, amén de un lacón que he puesto para tomar con unos cachelos. No faltará un buen queso y para terminar un flan de doce huevos que ha preparado la Maruja.- les cuenta muy ufano.
- De modo que si queréis venir os invito a todos- a lo que subraya con un gesto de dignidad.
Entonces Moisesín, mirándole fijamente le dice:
- Pero Ambrosio... Eso me lo como yo solo-.
Y Ambrosio, herido en su orgullo, lo mira de hito en hito y de dice con furia mal contenida:
- ¡Tú ya no vas, por glotón!-
Y se da la vuelta y se va hacia su casa muy digno y un pelín ofendido.
La cuadrilla se ríe y comenta para sí:
-Los estragos que hace el hambre-
Ayyy Luis, las guerras no traen nada bueno, dejando un rastro de hambre y miseria que no hay más remedio que contentarse conél por que lo más importante es haber salvado la vida. Ayyy qué tiempos más tremendamente difíciles los que vivieron nuestros abuelos, querido Luís, y Ambrosio es un fiel representante de ellos. Cómo me encantan las descripciones que has hecho de aquellos momentos, la descripción psicológica del personaje, de su modo de sobrevivir, de sus ilusiones, de su dignidad y orgullo personal y del hermoso paisaje que rodea a nuestro querido Ambrosio.
Un placer leerte y poder dejarte la humilde huella de mi paso. Muchos besos para ti, entrañable amigo, llenos de admiración y de cariño....muáááácksssssss
 
Ayyy Luis, las guerras no traen nada bueno, dejando un rastro de hambre y miseria que no hay más remedio que contentarse conél por que lo más importante es haber salvado la vida. Ayyy qué tiempos más tremendamente difíciles los que vivieron nuestros abuelos, querido Luís, y Ambrosio es un fiel representante de ellos. Cómo me encantan las descripciones que has hecho de aquellos momentos, la descripción psicológica del personaje, de su modo de sobrevivir, de sus ilusiones, de su dignidad y orgullo personal y del hermoso paisaje que rodea a nuestro querido Ambrosio.
Un placer leerte y poder dejarte la humilde huella de mi paso. Muchos besos para ti, entrañable amigo, llenos de admiración y de cariño....muáááácksssssss
Está es una historia que tiene un poso de fondo real. Era un hombre del pueblo de mi padre, que soñaba con dar grandes comilonas y, el pobre, pasaba más hambre que donde le alcanzaba la vista. El resto son arreglos de escritor. Efectivamente, Isabel, las guerras y la violencia no dejan a su paso más que destrucción, dolor y desolación. Es una lástima que no hayamos aprendido a vivir en armonía y en paz.
Gracias por la visita y por encontrar esta reliquia. Te mando, poetisa admirable. Un abrazo y un montón de besos.
 
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