ÁMBITO
Solícita la tarde
tiende los negros crespones de la noche.
Lejanos aún los incendios del alba
callan las oceánicas sirenas.
Ingrávida, una se aloja en el cóncavo suspiro de la roca,
volando entre dos latidos de su corazón anfibio.
Guarda en su regazo, temerosa,
un “Manual de instrucciones” ilustrado, en cinco idiomas.
En los mínimos fulgores de sus ojos, ahora ciegos,
se ocultan otros inesperados tesoros:
¿quién iría a buscar “De viribus illustribus urbis Romae”
en un ojo de topacio?
¿O quien, en dúplice búsqueda, encontraría
“Les mystères de París” de Eugène Sue
en el glauco mirar del otro ojo sirenario?
Lejana queda ya Alejandría, este es ahora el Ámbito.
Fuera de él, entre diedros y fotografías antiguas,
el silencio se condensa, se hace cartílago insano.
Canta ahora la sirena su monocorde canción.
Vuelan los pájaros que como esquirlas de viento
duermen en el envés presentido de un roquedal vertiginoso.
Las aciagas aristas se disuelven en llantos, como lluvia
o como hojas de acanto de los inesperados templos.
Las líneas del horizonte y de los tranquilos equinoccios
son ahora las asíntotas que buscan un nuevo infinito.
La sirena calla y canta, según su homérico hado,
convocando con sus escamas vibrátiles,
hechas de plata agarena o de alfanjes nunca usados,
a las legiones que aguardan su mortífero destino.
He destapado mis ojos y mis oídos vendados,
he escuchado el suave trino de las aves consumidas,
he visto el último ocaso de este ámbito que muere.
En los posos de café queda el refugio.
Es la hora de partir, náufrago aislado.
Solícita la tarde
tiende los negros crespones de la noche.
Lejanos aún los incendios del alba
callan las oceánicas sirenas.
Ingrávida, una se aloja en el cóncavo suspiro de la roca,
volando entre dos latidos de su corazón anfibio.
Guarda en su regazo, temerosa,
un “Manual de instrucciones” ilustrado, en cinco idiomas.
En los mínimos fulgores de sus ojos, ahora ciegos,
se ocultan otros inesperados tesoros:
¿quién iría a buscar “De viribus illustribus urbis Romae”
en un ojo de topacio?
¿O quien, en dúplice búsqueda, encontraría
“Les mystères de París” de Eugène Sue
en el glauco mirar del otro ojo sirenario?
Lejana queda ya Alejandría, este es ahora el Ámbito.
Fuera de él, entre diedros y fotografías antiguas,
el silencio se condensa, se hace cartílago insano.
Canta ahora la sirena su monocorde canción.
Vuelan los pájaros que como esquirlas de viento
duermen en el envés presentido de un roquedal vertiginoso.
Las aciagas aristas se disuelven en llantos, como lluvia
o como hojas de acanto de los inesperados templos.
Las líneas del horizonte y de los tranquilos equinoccios
son ahora las asíntotas que buscan un nuevo infinito.
La sirena calla y canta, según su homérico hado,
convocando con sus escamas vibrátiles,
hechas de plata agarena o de alfanjes nunca usados,
a las legiones que aguardan su mortífero destino.
He destapado mis ojos y mis oídos vendados,
he escuchado el suave trino de las aves consumidas,
he visto el último ocaso de este ámbito que muere.
En los posos de café queda el refugio.
Es la hora de partir, náufrago aislado.
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