Pablo Alonso
Poeta asiduo al portal
Allí estaba,
frágil como siempre ha sido,
débil en su esencia misma,
duro su interior como una piedra.
Sus ojos reflejaban sentimientos
que parecían presos allá dentro,
y su faz, lívida y tosca,
no era más sino la mueca
que va torciendo el tiempo.
Allí estaba él,
parecía ser un murmullo
en el gran silencio sordo
que suele ser la existencia.
Su piel agostada y parca
tenía las mejillas aradas,
profundos surcos hechos por ríos
de entristecidas y alegres lágrimas.
Allí estaba él,
existiendo,
parecía sonreír a veces
y en otras tantas llorar
porque la vida es eso mismo:
un juego de eternas contradicciones
en las que estamos abandonados
a la suerte del intelecto,
a la astucia de la persuasión,
al coraje del esfuerzo,
al engaño de la corrupción
o al aliciente de la fe.
(Y eso fue instante de reflexión)
Allí estaba él,
cerró y abrió los ojos,
abrió y cerró la boca,
y siempre era el mismo,
era él, no otro.
Allí estaba él
y frente a él un espejo,
y frente al espejo:
yo.
frágil como siempre ha sido,
débil en su esencia misma,
duro su interior como una piedra.
Sus ojos reflejaban sentimientos
que parecían presos allá dentro,
y su faz, lívida y tosca,
no era más sino la mueca
que va torciendo el tiempo.
Allí estaba él,
parecía ser un murmullo
en el gran silencio sordo
que suele ser la existencia.
Su piel agostada y parca
tenía las mejillas aradas,
profundos surcos hechos por ríos
de entristecidas y alegres lágrimas.
Allí estaba él,
existiendo,
parecía sonreír a veces
y en otras tantas llorar
porque la vida es eso mismo:
un juego de eternas contradicciones
en las que estamos abandonados
a la suerte del intelecto,
a la astucia de la persuasión,
al coraje del esfuerzo,
al engaño de la corrupción
o al aliciente de la fe.
(Y eso fue instante de reflexión)
Allí estaba él,
cerró y abrió los ojos,
abrió y cerró la boca,
y siempre era el mismo,
era él, no otro.
Allí estaba él
y frente a él un espejo,
y frente al espejo:
yo.
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