Nos vimos derrotados y con el futuro en jaque. Los pertrechos se habían agotado, con la esperanza puesta en que llegaran los suministros suficientes para todos pero no fue así. Poco a poco todos vaciamos los cargadores y empezamos a utilizar armas cortas. Fue evidente al poco tiempo que eso tampoco sería suficiente.
Recorrimos el parapeto aún más, con la idea de ofrecer un blanco difícil. Solo quedaban tres ilesos en nuestro pelotón. Habíamos agotado de la misma manera el equipo médico.
Nuestro Capitán había muerto recién tocamos tierra y todo pasó a manos de un oficial que, aunque bien estudiado, jamás había estado en campaña. El pobre hombre estaba petrificado y para cuando se dio cuenta de la magnitud de la recepción que fuimos objeto ya era contado entre las bajas.
Todo quedó en nuestras manos, espalda con espalda.
Nuevamente quedaba de manifiesto que la información recibida no era suficiente ni adecuada en el momento de lanzar la ofensiva. Todo por la voracidad del ahora finado Capitán que ansiaba seguir ascendiendo.
Cuando dejamos de disparar, ocurrió algo interesante: nuestros enemigos salieron de su parapeto y nos cercaron. No teníamos medios para defendernos más que armas blancas y nos preparamos para ello. El número de ellos nos superaba en la escala de diez hombres a uno y continuaban llegando.
Pronto fue evidente que seríamos un recuerdo al cabo de pocos minutos.
Sin embargo ya no hubo disparos... nos mantuvieron encañonados mientras subían su mercancía a varias camionetas que llegaron.
Después, bajo la orden de uno de ellos dejaron botellas de agua y se dispusieron a partir.
El cabecilla se acercó sin dejar de apuntarnos, solo para decir:
No regresen nunca. Es la última vez que dispensamos su vida.
Recorrimos el parapeto aún más, con la idea de ofrecer un blanco difícil. Solo quedaban tres ilesos en nuestro pelotón. Habíamos agotado de la misma manera el equipo médico.
Nuestro Capitán había muerto recién tocamos tierra y todo pasó a manos de un oficial que, aunque bien estudiado, jamás había estado en campaña. El pobre hombre estaba petrificado y para cuando se dio cuenta de la magnitud de la recepción que fuimos objeto ya era contado entre las bajas.
Todo quedó en nuestras manos, espalda con espalda.
Nuevamente quedaba de manifiesto que la información recibida no era suficiente ni adecuada en el momento de lanzar la ofensiva. Todo por la voracidad del ahora finado Capitán que ansiaba seguir ascendiendo.
Cuando dejamos de disparar, ocurrió algo interesante: nuestros enemigos salieron de su parapeto y nos cercaron. No teníamos medios para defendernos más que armas blancas y nos preparamos para ello. El número de ellos nos superaba en la escala de diez hombres a uno y continuaban llegando.
Pronto fue evidente que seríamos un recuerdo al cabo de pocos minutos.
Sin embargo ya no hubo disparos... nos mantuvieron encañonados mientras subían su mercancía a varias camionetas que llegaron.
Después, bajo la orden de uno de ellos dejaron botellas de agua y se dispusieron a partir.
El cabecilla se acercó sin dejar de apuntarnos, solo para decir:
No regresen nunca. Es la última vez que dispensamos su vida.
®Todos los derechos reservados bajo el nombre de Jorge de Córdoba, Cesarfco.cd