Alejandro Padilla
Poeta recién llegado
«Es increíble...» dícense a ellos mismos
la Javvah y el Adán mitocondriales,
al tiempo que le ordenan la laringe
a sus bisnietos, estos les devuelven
un trozo de su lengua; al final
de su cadena crece una corbata
henchida del dolor por escalar.
Eínai katapliktikó, Aristocles!,
¿de qué forma perfecta, siempre idéntica
a sí, el sufrimiento participa?
«Es increíble...» dícense entre sí
los jornaleros, siervos y artesanos,
seguido de templar un ingenio al tiempo,
que a saltos de vapores se congela,
moldando un bloque vago, con esfuerzo,
que aplasta en sucesión sus propios brazos,
acaba por forzar su postramiento.
Incredibile, Santo Tomás!, pues,
¿es la esencia del acto de crear
atrofiar con su forma al contenido?
«Es increíble...» entona ante todos
el hombre que ha afinado la trompeta,
y ahora se despierta por la noche,
cuando se escapa el sueño por la válvula
de viento; se escancia sangre de la orquesta
al cuaternario gesto del teniente,
al compás crucifica la batuta.
Incroyable, Descartes!, cuenta ahora,
¿cuántos trazos sin su dimensión
circundan la trinchera de la línea?
«Es increíble...» dicta el escribano
por ser madre más santa que María,
ha traído más Cristos que Dios Padre,
mas, como muerte, no usa una guadaña,
sino un breve, trivial, parón de pluma.
¡Tanto idioma solo para anchar
el punto adonde bogan los renglones!
Es ist unglaublich, Kant!, y ya después,
¿qué ley universal cabrá dictar
en contra de esta marcha hacia las lindes?
«No lo creo...», mas súfrelo el humano,
tan más intensamente en el segundo
anterior al reloj que marca doce,
es todo para dar un cañonazo
cuando entre, con laureles, la gran muerte.
la Javvah y el Adán mitocondriales,
al tiempo que le ordenan la laringe
a sus bisnietos, estos les devuelven
un trozo de su lengua; al final
de su cadena crece una corbata
henchida del dolor por escalar.
Eínai katapliktikó, Aristocles!,
¿de qué forma perfecta, siempre idéntica
a sí, el sufrimiento participa?
«Es increíble...» dícense entre sí
los jornaleros, siervos y artesanos,
seguido de templar un ingenio al tiempo,
que a saltos de vapores se congela,
moldando un bloque vago, con esfuerzo,
que aplasta en sucesión sus propios brazos,
acaba por forzar su postramiento.
Incredibile, Santo Tomás!, pues,
¿es la esencia del acto de crear
atrofiar con su forma al contenido?
«Es increíble...» entona ante todos
el hombre que ha afinado la trompeta,
y ahora se despierta por la noche,
cuando se escapa el sueño por la válvula
de viento; se escancia sangre de la orquesta
al cuaternario gesto del teniente,
al compás crucifica la batuta.
Incroyable, Descartes!, cuenta ahora,
¿cuántos trazos sin su dimensión
circundan la trinchera de la línea?
«Es increíble...» dicta el escribano
por ser madre más santa que María,
ha traído más Cristos que Dios Padre,
mas, como muerte, no usa una guadaña,
sino un breve, trivial, parón de pluma.
¡Tanto idioma solo para anchar
el punto adonde bogan los renglones!
Es ist unglaublich, Kant!, y ya después,
¿qué ley universal cabrá dictar
en contra de esta marcha hacia las lindes?
«No lo creo...», mas súfrelo el humano,
tan más intensamente en el segundo
anterior al reloj que marca doce,
es todo para dar un cañonazo
cuando entre, con laureles, la gran muerte.