DIEGO
Poeta adicto al portal
Ah, el humo. El humo semeja una sábana que ha quedado suspendida en el cálido aire de un Agosto de 1979, fecha del primer beso que no se conformó con saber el sabor de una boca tibia y blanda, que probó un cuello de dulce perfume y oro encadenado, que se detuvo largo rato en el par de senos prodigiosos, jóvenes tan jóvenes y llenos- de la muchacha aquella con fama de zorra y mirada atenta.
Era caliente como la brasa de un cigarro y hablaba de lo mal que la trataban en su casa, de lo bueno que sería largarse, de la canción que le hacía perder los estribos cada vez que encendía la radio. Tenía un nombre extraño y se pintaba los labios con un sabor agridulce y adictivo.
Era morfina, su boca. Era la soledad en faldas de escuela católica. Era tan puta como la mentira que nos levanta a diario, que nos lleva al trabajo y paga nuestras deudas. El humo se quedó con nosotros, en el auto, irritándonos los ojos. En el asiento trasero, su amiga calentaba una esquina de terciopelo, fingiendo dormir.
Tan putas las dos, tan vivas y cariñosas.
Era caliente como la brasa de un cigarro y hablaba de lo mal que la trataban en su casa, de lo bueno que sería largarse, de la canción que le hacía perder los estribos cada vez que encendía la radio. Tenía un nombre extraño y se pintaba los labios con un sabor agridulce y adictivo.
Era morfina, su boca. Era la soledad en faldas de escuela católica. Era tan puta como la mentira que nos levanta a diario, que nos lleva al trabajo y paga nuestras deudas. El humo se quedó con nosotros, en el auto, irritándonos los ojos. En el asiento trasero, su amiga calentaba una esquina de terciopelo, fingiendo dormir.
Tan putas las dos, tan vivas y cariñosas.
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