Mario Francisco LG
Un error en la Matrix
ACTO Y CENIZA
Franz Cöga
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..........¡Banalidad e ironía! Sobre la avenida cuarta, observando minuciosamente las aceras solitarias, las luces de farol amarillo trasnochando con sus dilemas existenciales; las ventanas con sus respectivas señoras, esperando al marido o al hijo llegue a tiempo y sin ningún percance; justo ahí, comprendí un estado de fascinación que hasta ese momento había pasado desapercibido. Conducía a la velocidad con la que le daba significado a los recuerdos, lentamente. Apenas si rebasaba la mitad del límite de velocidad expuesto. Unas minúsculas gotas se impactaban con un frenesí formidable en el parabrisas, dando a entender una posible tromba. No sería raro lloviera, a estas fechas es casi frecuente. Encendí la calefacción del vehículo y un pequeño vaho recorrió los principios del cristal. Mariana, a mi lado, parecía dormitar con una tranquilidad extraordinaria, Su rostro quedaba recargado sobre la puerta. Y yo, misteriosamente sentimental, no evité acariciar su mejilla con un vahído en mis ojos; tampoco entendía el que mis ojos se dilataran mientras la veía dormir. Mas todo es banalidad e ironía. Erguí mi cuerpo, coloqué ambas manos en el volante. Por el retrovisor, Gustavo disfrutaba dándole esmero y cuidado a cada auto que nos dejaba atrás; Cielo registraba, con cierto desentendimiento, su bolso. El silencio era más que evidente, así que como Mariana descansaba y los otros, simplemente se aburrían, traté de silbar. ¡Fatalidad sentirme insípido! Todo se basa en constantes y comunes, mientras que yo ni lo uno, ni lo otro. Hace tiempo dejaba de actuar tan estúpidamente, aunque no niego sea demasiado divertido como para no intentarlo. Quizá era porque el silencio grupal era tan asfixiante como beber una copa de whisky en compañía de algún compañero nada agradable. Supongo que si las circunstancias hubieran sido distintas algo de beneficioso me sería, tanto para mi cuerpo como para la mente. Cielo, casi de manera noble y condescendiente, trató de entablar una plática con mi desordenado compañero Gustavo. Tal vez porque actuaba de manera incongruente y sería fastuoso seguir dicho rumbo. Las interrogantes se cimentaron acerca de las aficiones de cada quién, siendo Cielo la más cauta en sus descripciones personales. Iba ya sobre la avenida Ignacio Zaragoza -apenas-, y no había dejado atrás la huella indeleble de hace ya más de tres años. Pasados algunos segundos y siete preguntas junto a ellos, ambos se cansaron y tornaron a salvaguardar el silencio que parecía esta vez, inquebrantable. Gustavo regresó a contar por la ventana cada vehículo que nos rebasaba. Cielo, en esta ocasión, revisaba algunos mensajes en un teléfono móvil que había adquirido a su llegada.
..........- Fue Efraín, ¿cierto? –Cuestioné con voz suave pero con cierta molestia.-
..........- No sé a qué te refieres, cariño.
..........- Él te dio la dirección, la casa de Mariana. Es amigo de ambos, además tiene la ventaja de saber mucho de mí.
..........- A veces me intriga tu perspicacia.
..........- Es fácil deducirlo.
..........- Sería raro de ti si no. ¿Tanto te molesta intentara conocer a tu prometida?
..........- Me molesta que no dejes de ser la misma mujer inmadura de hace tres años.
..........- ¿Y tú por qué dejaste de serlo? ¿Por mí?
..........- Las personas normales se adecuan y cambian según las experiencias y los años.
..........- ¿Las personas normales, cariño? Pero tú no eres uno de ellos, ¿o sí?
..........- No te comportes sarcástica conmigo, sabes que detesto eso.
..........- ¿Sarcástica? No puedo ser sarcástica con alguien a quien amo mucho –arrastró la última palabra hasta que se volvió meliflua y perdiendo el sentido original-…amigo.
..........Decidí apresurarme e incrementar la velocidad, y con ello arrebatarle a Gustavo su única distracción. Una desesperación parecía recorrerme por completo debido a la ausencia del raciocinio para hablar algo coherente o por lo menos, incoherente. Gustavo, ya hastiado de verme irritable, inició a realizar una serie de ruidos con la boca y balbucear una canción. Cielo parecía recobrar la mirada en sus ojos, mientras que yo me negaba irrefutablemente a ser partícipe en una comparsa de estupidez y trivialidad nada favorable.
CAPÍTULO VI
Franz Cöga
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..........¡Banalidad e ironía! Sobre la avenida cuarta, observando minuciosamente las aceras solitarias, las luces de farol amarillo trasnochando con sus dilemas existenciales; las ventanas con sus respectivas señoras, esperando al marido o al hijo llegue a tiempo y sin ningún percance; justo ahí, comprendí un estado de fascinación que hasta ese momento había pasado desapercibido. Conducía a la velocidad con la que le daba significado a los recuerdos, lentamente. Apenas si rebasaba la mitad del límite de velocidad expuesto. Unas minúsculas gotas se impactaban con un frenesí formidable en el parabrisas, dando a entender una posible tromba. No sería raro lloviera, a estas fechas es casi frecuente. Encendí la calefacción del vehículo y un pequeño vaho recorrió los principios del cristal. Mariana, a mi lado, parecía dormitar con una tranquilidad extraordinaria, Su rostro quedaba recargado sobre la puerta. Y yo, misteriosamente sentimental, no evité acariciar su mejilla con un vahído en mis ojos; tampoco entendía el que mis ojos se dilataran mientras la veía dormir. Mas todo es banalidad e ironía. Erguí mi cuerpo, coloqué ambas manos en el volante. Por el retrovisor, Gustavo disfrutaba dándole esmero y cuidado a cada auto que nos dejaba atrás; Cielo registraba, con cierto desentendimiento, su bolso. El silencio era más que evidente, así que como Mariana descansaba y los otros, simplemente se aburrían, traté de silbar. ¡Fatalidad sentirme insípido! Todo se basa en constantes y comunes, mientras que yo ni lo uno, ni lo otro. Hace tiempo dejaba de actuar tan estúpidamente, aunque no niego sea demasiado divertido como para no intentarlo. Quizá era porque el silencio grupal era tan asfixiante como beber una copa de whisky en compañía de algún compañero nada agradable. Supongo que si las circunstancias hubieran sido distintas algo de beneficioso me sería, tanto para mi cuerpo como para la mente. Cielo, casi de manera noble y condescendiente, trató de entablar una plática con mi desordenado compañero Gustavo. Tal vez porque actuaba de manera incongruente y sería fastuoso seguir dicho rumbo. Las interrogantes se cimentaron acerca de las aficiones de cada quién, siendo Cielo la más cauta en sus descripciones personales. Iba ya sobre la avenida Ignacio Zaragoza -apenas-, y no había dejado atrás la huella indeleble de hace ya más de tres años. Pasados algunos segundos y siete preguntas junto a ellos, ambos se cansaron y tornaron a salvaguardar el silencio que parecía esta vez, inquebrantable. Gustavo regresó a contar por la ventana cada vehículo que nos rebasaba. Cielo, en esta ocasión, revisaba algunos mensajes en un teléfono móvil que había adquirido a su llegada.
..........- Fue Efraín, ¿cierto? –Cuestioné con voz suave pero con cierta molestia.-
..........- No sé a qué te refieres, cariño.
..........- Él te dio la dirección, la casa de Mariana. Es amigo de ambos, además tiene la ventaja de saber mucho de mí.
..........- A veces me intriga tu perspicacia.
..........- Es fácil deducirlo.
..........- Sería raro de ti si no. ¿Tanto te molesta intentara conocer a tu prometida?
..........- Me molesta que no dejes de ser la misma mujer inmadura de hace tres años.
..........- ¿Y tú por qué dejaste de serlo? ¿Por mí?
..........- Las personas normales se adecuan y cambian según las experiencias y los años.
..........- ¿Las personas normales, cariño? Pero tú no eres uno de ellos, ¿o sí?
..........- No te comportes sarcástica conmigo, sabes que detesto eso.
..........- ¿Sarcástica? No puedo ser sarcástica con alguien a quien amo mucho –arrastró la última palabra hasta que se volvió meliflua y perdiendo el sentido original-…amigo.
..........Decidí apresurarme e incrementar la velocidad, y con ello arrebatarle a Gustavo su única distracción. Una desesperación parecía recorrerme por completo debido a la ausencia del raciocinio para hablar algo coherente o por lo menos, incoherente. Gustavo, ya hastiado de verme irritable, inició a realizar una serie de ruidos con la boca y balbucear una canción. Cielo parecía recobrar la mirada en sus ojos, mientras que yo me negaba irrefutablemente a ser partícipe en una comparsa de estupidez y trivialidad nada favorable.
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