“Lancemos si tú quieres un puente de besos sobre los abismos de la memoria”
Elie-Charles Flamand
Desde el ápice llameante del último magnolio en flor
el viandante de los desiertos cautivos
contemplaba con anhelo la llegada de los cabellos dorados
coronando las ideas preconcebidas de su amante.
Era el himno susurrante de la brisa
el bisbiseo de las pisadas sobre la arena caliente
el agua precipitada sobre los insaciables ardores
de las noches de múltiples ojos de sangre.
Ella, con sus alas de cambiantes colores
de vidrio o láminas de titanio, con sus senos albergue de placeres inauditos
es sombra todavía entre las sombras profundas de los álamos.
Pretende encontrar los senderos que abren en el suelo los relámpagos audaces.
El viandante incendiado de deseo llama a su desesperada amante
con las discordantes palabras de los veleros que encallan
o de los ásperos diafragmas de las mal entonadas canciones de los cuervos.
Pero el faro de sus miradas se apaga en el severo contraluz de una roca.
Demoradas caravanas de hormigas rojas son lloradas por sus ojillos miopes
y sus dedos como arpa destripada se enredan entre las blancas audacias.
Emerge el cuerpo sin mácula de la amante destronada
y se estremecen los campos floridos con las flores de la sangre.
Labios de vestal de rojo pórfido
ígnea sustancia que ofrece sus primicias
cubriendo con llamas indoloras aquel cónclave luctuoso
de amantes desprotegidos. Noches sin luna.
Colgados como guirnaldas de las alcayatas del tiempo
los latidos imprecisos de aquel que ama sin esperanza
buscan en el día que se abre como unas fauces o una rosa
la subyugante melodía que ocultan los grimorios conventuales.
Porqué la ciudad no duerme
Porqué los barcos encallan en la densa oscuridad del mar en calma
Porqué nacen las extrañas melodías que navegan entre brumas
Porqué se entrega la bella mujer a la voz que no la reclama.
Pero son estos los abismos que la memoria abre a sus adeptos
Espejos sin fondo ni color como canales furtivos
para navegar bajo palios de gigantes circunspectos
que abren las frágiles sedas de la noche a los paseantes borrachos.
Ilust.: Ives Tanguy. “Gran cuadro representando un paisaje”. 1927
Elie-Charles Flamand
Desde el ápice llameante del último magnolio en flor
el viandante de los desiertos cautivos
contemplaba con anhelo la llegada de los cabellos dorados
coronando las ideas preconcebidas de su amante.
Era el himno susurrante de la brisa
el bisbiseo de las pisadas sobre la arena caliente
el agua precipitada sobre los insaciables ardores
de las noches de múltiples ojos de sangre.
Ella, con sus alas de cambiantes colores
de vidrio o láminas de titanio, con sus senos albergue de placeres inauditos
es sombra todavía entre las sombras profundas de los álamos.
Pretende encontrar los senderos que abren en el suelo los relámpagos audaces.
El viandante incendiado de deseo llama a su desesperada amante
con las discordantes palabras de los veleros que encallan
o de los ásperos diafragmas de las mal entonadas canciones de los cuervos.
Pero el faro de sus miradas se apaga en el severo contraluz de una roca.
Demoradas caravanas de hormigas rojas son lloradas por sus ojillos miopes
y sus dedos como arpa destripada se enredan entre las blancas audacias.
Emerge el cuerpo sin mácula de la amante destronada
y se estremecen los campos floridos con las flores de la sangre.
Labios de vestal de rojo pórfido
ígnea sustancia que ofrece sus primicias
cubriendo con llamas indoloras aquel cónclave luctuoso
de amantes desprotegidos. Noches sin luna.
Colgados como guirnaldas de las alcayatas del tiempo
los latidos imprecisos de aquel que ama sin esperanza
buscan en el día que se abre como unas fauces o una rosa
la subyugante melodía que ocultan los grimorios conventuales.
Porqué la ciudad no duerme
Porqué los barcos encallan en la densa oscuridad del mar en calma
Porqué nacen las extrañas melodías que navegan entre brumas
Porqué se entrega la bella mujer a la voz que no la reclama.
Pero son estos los abismos que la memoria abre a sus adeptos
Espejos sin fondo ni color como canales furtivos
para navegar bajo palios de gigantes circunspectos
que abren las frágiles sedas de la noche a los paseantes borrachos.
Ilust.: Ives Tanguy. “Gran cuadro representando un paisaje”. 1927