Gonvedo
Poeta asiduo al portal
A veces la vida tiene un sabor
a café recalentado, a amarga
canción escrita dolorosamente.
Es como un árbol que alza su mirada
hacia ese cielo inmóvil en clave
de oscuras muchedumbres.
La sombra de un arco iris alucinado
o el peso de unas monedas falsas.
Sabes de las lágrimas de cristal
tan frías, de la soledad de la daga
y la sobriedad de la soga,
del vertebrado mar como desnuda
fosa de lluvias repentinas,
de la luna de sangre espejo
de sombras chinescas y alacranes.
Muéstrame las playas donde los pájaros
filtran el coral de las arenas,
la ciudad blanca bajo el ojo de la pizarra
donde el viento crece de pronto
y sopla del nordeste sobre estos párpados
cardinales.
Allí donde la sangre supera la altura
del óleo viejo de las espumas y la noche
se confunde con el nácar que arrastra
el septentrional horizonte.
Así el corazón se me va irisando de pequeñas heridas.
a café recalentado, a amarga
canción escrita dolorosamente.
Es como un árbol que alza su mirada
hacia ese cielo inmóvil en clave
de oscuras muchedumbres.
La sombra de un arco iris alucinado
o el peso de unas monedas falsas.
Sabes de las lágrimas de cristal
tan frías, de la soledad de la daga
y la sobriedad de la soga,
del vertebrado mar como desnuda
fosa de lluvias repentinas,
de la luna de sangre espejo
de sombras chinescas y alacranes.
Muéstrame las playas donde los pájaros
filtran el coral de las arenas,
la ciudad blanca bajo el ojo de la pizarra
donde el viento crece de pronto
y sopla del nordeste sobre estos párpados
cardinales.
Allí donde la sangre supera la altura
del óleo viejo de las espumas y la noche
se confunde con el nácar que arrastra
el septentrional horizonte.
Así el corazón se me va irisando de pequeñas heridas.