Hay quien dice que la vida a través de la ventana puede tener su encanto. No estoy seguro de eso. De hecho, tal vez para algunos sí. Fefa, la vecina de edad avanzada de enfrente a mi apartamento, se la pasa atisbando por las persianas entreabiertas, como si no tuviera nada más que hacer. ¡No sé cómo puede! A veces, sale y pelea con los jovencitos que juegan en la calle a la pelota y escandalizan, o desvían un batazo a su ventana; otras con la parejita que se besa en la acera y hasta con algún enamorado que toca el claxon para que la chica baje del edificio donde vivo. ¡Cómo la envidio por eso! ¡Hay cosas tan triviales que se convierten en sueños inalcanzables!
No dudo de que, en ocasiones, el panorama resulta interesante y hasta bello. Por ejemplo, el perro del vecino de Fefa, crea a diario un espectáculo ineludible. Le encanta perseguir a quienes transitan en sus bicicletas y he perdido la cuenta de cuántos han terminado con las narices sobre el pavimento. Es tierno, además, ver a su niña de cinco años, salir corriendo afuera cada mañana, para darle un adiós y lanzarle besos con su manito, al señor que recoge la basura y le compra golosinas a menudo. ¡Y qué decir del amanecer!¡No hay filme ni pintura que se le iguale! Esos primeros rayos de sol emergiendo en el horizonte; recibiendo la bienvenida del sinsonte y la tojosa, con sus peculiares cantos, es algo mágico y hermoso.
¡No podría pasar por alto la lluvia! Las gotas golpeando mi cristal, al unísono con el viento y con los rayos que pulsan la tierra, como manos enérgicas arrancando notas a una guitarra, en el concierto emocionante y gratuito que ofrece la naturaleza, es una imagen única que te colma de sentimientos raros, como si diera a luz una nostalgia placentera que hipnotiza. Y es irónico. ¿Puede acaso disfrutarse la nostalgia?. ¡Y la noche! Hago guiños a las estrellas y las devoro, por mí y por los que no pueden verlas. Hay muchos sin ojos literales y otros sin ojos en el alma; pero están allá todas, en la inmensidad, intercambiando miradas cómplices que enamoran y nos recuerdan lo valiosos que somos en este universo. A lo lejos, el murmullo del mar anuncia su presencia y me regala su inconfundible aroma, como si intentara decirme: ¡No me olvides!
No hay dudas, la vida a través de la ventana podría tener sus encantos, podría ser bella y emocionante, si no fuera por la rutina de este maldito sillón de ruedas al que estoy confinado...