amanciorosaleda
Poeta recién llegado
A Alberto.
Lamieron mis pies de amianto,
sin noche de mi vida triste y sola,
sola y triste que se acompasa con los delicados
delfines de tu lengua.
En una ribera de pétalos hediondos
un corpus de ceniza se erige como un monolito,
dócil como una semiesfera de cabra enlatada
que explota su llanto en la viga sin contorno.
Y he aquí yo.
Yo por tus cornisas en el filo de la hoja diamantina,
por los desnatados ríos como efluvios de magenta,
crisol sin abanico de esperma ni torrente que pazca luz.
Tu mirada es como la sinestesia a los escorpiones,
mis uñas en cambio son un escarabajo
y mi aliento de la madrugada
una penumbra fresca y su aflicción sordomuda.
He aquí un trasvase del tiempo con grietas de sus errores,
he soñado introducirme por una cerradura y
ser mimo que urgiera un pathos indisimulado por
los canales por los que discurre la piedad.
Pero no.
No hay sueño sin punzón en la yaga.
Hay un sabor que se repite siempre cada mañana
con el latiguillo profundo de un estío próximo.
Conocí una vez a un poeta que derramaba sílabas.
No hay entre las hojas del parque una pelea encarnizada porque
todo está en ausente espera queda para el infarto que nadie espera y que llega sin asombro;
él las apunta en su Blog con su plumilla en la lengua,
yo me hago hebilla de mi voz calculada.
Lo conocí en una primavera con sol escarlata;
de gules mi sonrisa mojada:
Gota que cacarea sin saliva
y todas las nubes al centro arriba reunidas como bocados plañideros.
No habia dolor en mis pies descalzos.
No había cutícula mordida ni huevos cascados por la brisa del botafumeiro.
El alba hacía trémolos con los mosquitos del parque.
El alba suspiraba por su ocaso que nadie conocía.
El alba no era alba porque no se llamaba así.
El alba era una ilustración coloreada a 0,99.
Pero tras todo,
soy una cereza con luz cenicienta en mi ciénaga del cielo cierto.
Lamieron mis pies de amianto,
sin noche de mi vida triste y sola,
sola y triste que se acompasa con los delicados
delfines de tu lengua.
En una ribera de pétalos hediondos
un corpus de ceniza se erige como un monolito,
dócil como una semiesfera de cabra enlatada
que explota su llanto en la viga sin contorno.
Y he aquí yo.
Yo por tus cornisas en el filo de la hoja diamantina,
por los desnatados ríos como efluvios de magenta,
crisol sin abanico de esperma ni torrente que pazca luz.
Tu mirada es como la sinestesia a los escorpiones,
mis uñas en cambio son un escarabajo
y mi aliento de la madrugada
una penumbra fresca y su aflicción sordomuda.
He aquí un trasvase del tiempo con grietas de sus errores,
he soñado introducirme por una cerradura y
ser mimo que urgiera un pathos indisimulado por
los canales por los que discurre la piedad.
Pero no.
No hay sueño sin punzón en la yaga.
Hay un sabor que se repite siempre cada mañana
con el latiguillo profundo de un estío próximo.
Conocí una vez a un poeta que derramaba sílabas.
No hay entre las hojas del parque una pelea encarnizada porque
todo está en ausente espera queda para el infarto que nadie espera y que llega sin asombro;
él las apunta en su Blog con su plumilla en la lengua,
yo me hago hebilla de mi voz calculada.
Lo conocí en una primavera con sol escarlata;
de gules mi sonrisa mojada:
Gota que cacarea sin saliva
y todas las nubes al centro arriba reunidas como bocados plañideros.
No habia dolor en mis pies descalzos.
No había cutícula mordida ni huevos cascados por la brisa del botafumeiro.
El alba hacía trémolos con los mosquitos del parque.
El alba suspiraba por su ocaso que nadie conocía.
El alba no era alba porque no se llamaba así.
El alba era una ilustración coloreada a 0,99.
Pero tras todo,
soy una cereza con luz cenicienta en mi ciénaga del cielo cierto.
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