Heart
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mi gorro, mis guantes y mi bufanda.
-Elena abrígate que hace una tarde helada.
-Que si, que ya estoy.
Ya estábamos todos felizmente preparados para ver las luces de la gran ciudad. Desde el coche se veía la sagrada familia caracterizando Barcelona. ¡Qué ilusión! un año más vamos a pasear por las ramblas en familia a celebrar la Navidad. Ciento veinte vueltas conté que dio mi padre para aparcar el maldito coche, pero al fin lo metió en el parking, pagando, claro aquí no hay nada gratis. Otra vez las bufandas, los dichosos guantes y a pasear. Parada estaba ante la preciosa Catedral, llena de multitud, de iluminación, de belleza. Bajé la mirada un instante ¡Pero qué cantidad de pobres que hay tirados por los suelos! será cuento chino y no querrán trabajar, pensé. Cuantísima gente de mil colores ¡cuantos inmigrantes!
Íbamos en fila de uno porque sino, nos perderíamos.
-Elena agarra a tu hermana de la mano.
-Que si mamá, que si.
¡Dios! que codazo me dio ese. Y yo muerta de frío.
-Vámonos ya a casa, por favor, que estoy harta de tanta luz, cada año es lo mismo
Una vez en la Puerta del Ángel, vimos un coro de indios con sus clásicos instrumentos. Me gustaron y me puse a danzar con ellos; unas velas en las manos y se me fue pasando el rato. Disfruté como una cría.
Al fin, cansados de tanta iluminación y gentío, fuimos ramblas abajo.
-Cuidado -dijo mi padre- que aquí las carteras vuelan.
Pobres y más pobres, pidiendo, y el contraste con las riquitas, paseando con abrigos de pieles, crecía enormemente a medida que avanzábamos. Yo me asombro de la sociedad, pero yo de qué me quejo. Mi hermana se iba parando en todos los inmóviles que veía, esas personas que se disfrazan y no se mueven y solo hacen algo cuando le das una monedita; los había a cientos, ¡a cada paso había uno! te encontrabas desde Don Quijote de la Mancha, hasta Charlote.
Cuando ya nos íbamos, vimos el último de ellos. Estaba vestido de maquinista con una ropa gris y vieja, los pantalones anchos y la camisa rota. En la mano llevaba un farol, también de color metal, encendido con una tenue luz amarilla que reflejaba sombras en su cara pintada de gris. Nos paramos a verlo y no hacía nada. Mi hermana le echó dinero, y no se movía. Mi padre, mi madre, todos y ni por esas cambiaba de postura. Cansados de esperar, toda la familia siguió caminando, asegurando que ese era falso, que era una verdadera estatua. Yo los seguí, pero algo me hizo voltear mis pasos. Me paré frente a él, mirándole a los ojos. Le volví a echar dinero pero no se movía. Me quedé embelesada mirando sus inmensos ojos verdes, inmóviles como todo él. Al final llegué a creer que no era real. Mi madre vino a por mi, cansada de llamarme.
-Elena vámonos, que no es real, es una estatua de verdad.
Ya nos íbamos y dos lágrimas cayeron de sus ensangrentados ojos verdes, quitándole la pintura de la arrugada cara. En aquel instante hubo una conexión extraña con sus ojos, soy una persona, soy un ser humano, soy real, estoy solo, estoy aquí, soy pobre, soy real ¡era real!
Esos ojos, ojos verdes, eran reales, no querían que me fuera. A empujones me tuvieron que llevar. Ojos verdes de aquel inmóvil, de aquel mortal, que al oír que no era real, que al sentir el desprecio, comenzó a llorar.
Sus ojos me perseguían el en coche, en casa, en mi cama. Nunca los podré olvidar. Todo el encanto de la Navidad dejó de existir. El año que viene volveré, pero inmóvil, ¿donde estarás, donde? Ojos verdes ¿te volveré a hallar? Maldita cruel sociedad.
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-Elena abrígate que hace una tarde helada.
-Que si, que ya estoy.
Ya estábamos todos felizmente preparados para ver las luces de la gran ciudad. Desde el coche se veía la sagrada familia caracterizando Barcelona. ¡Qué ilusión! un año más vamos a pasear por las ramblas en familia a celebrar la Navidad. Ciento veinte vueltas conté que dio mi padre para aparcar el maldito coche, pero al fin lo metió en el parking, pagando, claro aquí no hay nada gratis. Otra vez las bufandas, los dichosos guantes y a pasear. Parada estaba ante la preciosa Catedral, llena de multitud, de iluminación, de belleza. Bajé la mirada un instante ¡Pero qué cantidad de pobres que hay tirados por los suelos! será cuento chino y no querrán trabajar, pensé. Cuantísima gente de mil colores ¡cuantos inmigrantes!
Íbamos en fila de uno porque sino, nos perderíamos.
-Elena agarra a tu hermana de la mano.
-Que si mamá, que si.
¡Dios! que codazo me dio ese. Y yo muerta de frío.
-Vámonos ya a casa, por favor, que estoy harta de tanta luz, cada año es lo mismo
Una vez en la Puerta del Ángel, vimos un coro de indios con sus clásicos instrumentos. Me gustaron y me puse a danzar con ellos; unas velas en las manos y se me fue pasando el rato. Disfruté como una cría.
Al fin, cansados de tanta iluminación y gentío, fuimos ramblas abajo.
-Cuidado -dijo mi padre- que aquí las carteras vuelan.
Pobres y más pobres, pidiendo, y el contraste con las riquitas, paseando con abrigos de pieles, crecía enormemente a medida que avanzábamos. Yo me asombro de la sociedad, pero yo de qué me quejo. Mi hermana se iba parando en todos los inmóviles que veía, esas personas que se disfrazan y no se mueven y solo hacen algo cuando le das una monedita; los había a cientos, ¡a cada paso había uno! te encontrabas desde Don Quijote de la Mancha, hasta Charlote.
Cuando ya nos íbamos, vimos el último de ellos. Estaba vestido de maquinista con una ropa gris y vieja, los pantalones anchos y la camisa rota. En la mano llevaba un farol, también de color metal, encendido con una tenue luz amarilla que reflejaba sombras en su cara pintada de gris. Nos paramos a verlo y no hacía nada. Mi hermana le echó dinero, y no se movía. Mi padre, mi madre, todos y ni por esas cambiaba de postura. Cansados de esperar, toda la familia siguió caminando, asegurando que ese era falso, que era una verdadera estatua. Yo los seguí, pero algo me hizo voltear mis pasos. Me paré frente a él, mirándole a los ojos. Le volví a echar dinero pero no se movía. Me quedé embelesada mirando sus inmensos ojos verdes, inmóviles como todo él. Al final llegué a creer que no era real. Mi madre vino a por mi, cansada de llamarme.
-Elena vámonos, que no es real, es una estatua de verdad.
Ya nos íbamos y dos lágrimas cayeron de sus ensangrentados ojos verdes, quitándole la pintura de la arrugada cara. En aquel instante hubo una conexión extraña con sus ojos, soy una persona, soy un ser humano, soy real, estoy solo, estoy aquí, soy pobre, soy real ¡era real!
Esos ojos, ojos verdes, eran reales, no querían que me fuera. A empujones me tuvieron que llevar. Ojos verdes de aquel inmóvil, de aquel mortal, que al oír que no era real, que al sentir el desprecio, comenzó a llorar.
Sus ojos me perseguían el en coche, en casa, en mi cama. Nunca los podré olvidar. Todo el encanto de la Navidad dejó de existir. El año que viene volveré, pero inmóvil, ¿donde estarás, donde? Ojos verdes ¿te volveré a hallar? Maldita cruel sociedad.
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