Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Sesenta y ocho, cifra que se despliega como un acordeón de tiempo, estirando los días y comprimiendo las noches. Es un pasillo de espejos donde cada reflejo lleva un eco distinto: el niño que corre descalzo bajo la lluvia, el joven que descubre la primera nota de un jazz que nunca acaba, el adulto que aprende a bailar con los años como si fueran compases en un bolero infinito.
Sesenta y ocho, un número que se lee de arriba abajo, un río que no teme las curvas, que se dobla y se abraza, como dos mundos que se encuentran. En su vientre lleva los suspiros de lo vivido y el vértigo de lo que aún espera, como el primer sorbo de café en una mañana fresca o el último rayo de luz antes de que caiga la tarde.
Es un caleidoscopio de segundos que vibran, una cifra que se escribe con manos que han sostenido tanto: amores que ardieron como hogueras, dolores que marcaron surcos profundos y risas que tejieron puentes sobre abismos. Sesenta y ocho no es un número, es una partitura.
Hoy, en esta vuelta del sol, sesenta y ocho se convierte en un faro, iluminando caminos y dejando que el pasado sea una brújula suave, nunca un ancla. Porque sesenta y ocho no pesa, flota; se desliza entre los dedos como arena tibia, dejando una calidez que no se olvida.
Feliz sesenta y ocho, donde los Reyes Magos no traen oro, incienso ni mirra, sino la certeza de que cada día es un regalo y cada instante, una constelación propia.
Sesenta y ocho, un número que se lee de arriba abajo, un río que no teme las curvas, que se dobla y se abraza, como dos mundos que se encuentran. En su vientre lleva los suspiros de lo vivido y el vértigo de lo que aún espera, como el primer sorbo de café en una mañana fresca o el último rayo de luz antes de que caiga la tarde.
Es un caleidoscopio de segundos que vibran, una cifra que se escribe con manos que han sostenido tanto: amores que ardieron como hogueras, dolores que marcaron surcos profundos y risas que tejieron puentes sobre abismos. Sesenta y ocho no es un número, es una partitura.
Hoy, en esta vuelta del sol, sesenta y ocho se convierte en un faro, iluminando caminos y dejando que el pasado sea una brújula suave, nunca un ancla. Porque sesenta y ocho no pesa, flota; se desliza entre los dedos como arena tibia, dejando una calidez que no se olvida.
Feliz sesenta y ocho, donde los Reyes Magos no traen oro, incienso ni mirra, sino la certeza de que cada día es un regalo y cada instante, una constelación propia.

