La noche tranquila no llega de golpe.
Viene cansada.
Con las manos líquidas
de tanto sostener cascadas.
Antes hubo mil noches espinas.
Noches con ruidos adentro,
con el pecho implosionando
como bombas atómicas íntimas.
Mil noches:
herrumbre en la garganta,
perros de sombra ladrando a la luna.
Un ancla creciendo en el tiempo
donde el pasado pedía agua
y uno le daba sangre y fuego.
Noches donde soltar parece una traición.
Donde aflojar duele más que apretar.
(Esperar es cavar, regresar es abandonar)
y cada amanecer dejando
un sismo nuevo bajo la piel.
Hasta que una noche- no distinta,
no milagrosa- algo de cansa en silencio.
La mano se abre sola
La piedra aprende el lenguaje del suelo.
El nudo olvida su oficio,
el viento firma la renuncia
en la frente del miedo.
Y entonces, la noche se queda quieta.
No promete nada.
Pero por primera vez no exige.
Y en ese descanso humilde,
ganado a fuerza de noches rotas,
entendés:
no era llegar a la paz,
era sobrevivir hasta que la paz
se animara a quedarse.
Viene cansada.
Con las manos líquidas
de tanto sostener cascadas.
Antes hubo mil noches espinas.
Noches con ruidos adentro,
con el pecho implosionando
como bombas atómicas íntimas.
Mil noches:
herrumbre en la garganta,
perros de sombra ladrando a la luna.
Un ancla creciendo en el tiempo
donde el pasado pedía agua
y uno le daba sangre y fuego.
Noches donde soltar parece una traición.
Donde aflojar duele más que apretar.
(Esperar es cavar, regresar es abandonar)
y cada amanecer dejando
un sismo nuevo bajo la piel.
Hasta que una noche- no distinta,
no milagrosa- algo de cansa en silencio.
La mano se abre sola
La piedra aprende el lenguaje del suelo.
El nudo olvida su oficio,
el viento firma la renuncia
en la frente del miedo.
Y entonces, la noche se queda quieta.
No promete nada.
Pero por primera vez no exige.
Y en ese descanso humilde,
ganado a fuerza de noches rotas,
entendés:
no era llegar a la paz,
era sobrevivir hasta que la paz
se animara a quedarse.
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