Sira
Poeta fiel al portal
No tiene por qué ser bueno.
Nada tiene por qué serlo,
porque nada permanece,
ni al principio ni al final.
Casi nada es inmanente,
y mucho menos todavía
la frágil identidad a la
que nos aferramos
desesperadamente,
como una tabla de salvación
en medio del fragor horrísono,
inapelable y oceánico,
que amenaza con engullirnos
y escupirnos después.
Como un tsunami,
pavoroso e inabarcable.
El ser humano,
todos nosotros,
en perpetua búsqueda de sentido,
fútil e idiota
(no por ello menos desesperada).
Cautivos de la urgencia dopaminérgica,
de las RRSS y de un sentido que nos evade.
¿Dónde estamos?
¿A dónde iremos?
¿Importa, acaso?
Y, no obstante,
sumidos en las tinieblas
de nuestra propia katabasis,
seguimos a la caza y captura de quimeras.
“El hombre en busca de sentido”.
En perpetua cacería de pertenencia,
seguridad y consuelo,
en constante persecución de ese objetivo
tornadizo e inverosímil,
cíclicamente cambiante.
Como una tempestad,
mayor que nosotros mismos.
El vacío nos devora,
es nuestro destino final.
Y, sin embargo,
aún estamos vivos ahora,
conectados en este singular,
irrepetible, pero mundano momento.
Ocultándonos detrás de las pantallas ubicuas
de nuestros tiránicos teléfonos móviles.
¿Dónde fue a parar la belleza?
¿Existe todavía en algún lugar,
sin pretensiones, sin adornos, sin hashtags
ni discursos huecos en Instagram?
Nada tiene por qué serlo,
porque nada permanece,
ni al principio ni al final.
Casi nada es inmanente,
y mucho menos todavía
la frágil identidad a la
que nos aferramos
desesperadamente,
como una tabla de salvación
en medio del fragor horrísono,
inapelable y oceánico,
que amenaza con engullirnos
y escupirnos después.
Como un tsunami,
pavoroso e inabarcable.
El ser humano,
todos nosotros,
en perpetua búsqueda de sentido,
fútil e idiota
(no por ello menos desesperada).
Cautivos de la urgencia dopaminérgica,
de las RRSS y de un sentido que nos evade.
¿Dónde estamos?
¿A dónde iremos?
¿Importa, acaso?
Y, no obstante,
sumidos en las tinieblas
de nuestra propia katabasis,
seguimos a la caza y captura de quimeras.
“El hombre en busca de sentido”.
En perpetua cacería de pertenencia,
seguridad y consuelo,
en constante persecución de ese objetivo
tornadizo e inverosímil,
cíclicamente cambiante.
Como una tempestad,
mayor que nosotros mismos.
El vacío nos devora,
es nuestro destino final.
Y, sin embargo,
aún estamos vivos ahora,
conectados en este singular,
irrepetible, pero mundano momento.
Ocultándonos detrás de las pantallas ubicuas
de nuestros tiránicos teléfonos móviles.
¿Dónde fue a parar la belleza?
¿Existe todavía en algún lugar,
sin pretensiones, sin adornos, sin hashtags
ni discursos huecos en Instagram?