Con qué inmunidad
cultivamos acentos
como puentes colgantes
sobre una hoguera?
Un insulto, una bocina
cualquiera nos devuelve
a la fantasía, a la noción
de un laberinto que desconocemos
al dedillo.
No se trata de aborrecer
la arquitectura maldita de la vigilia,
juntada a pala
como escombros de un sueño
compartido, que apuntalamos
con adormideras
cuando hacemos fiebre: lo que buscamos
de cualquier fuente de sustento
es lo vomitivo.
Después de todo no damos rédito
a esa división insólita
entre el grillete de los dioses
o los ministros del pueblo;
más bien la padecemos, como quien verifica la orfandad o la tristeza
parado frente a una
vidriera desolada, un día cualquiera
de paredón y viento.
Jornaleros somos, por respeto,
y a veces cometemos la grosería
de ceder el asiento
al primer sinsentido del alba.
Cualquier temor es presentado
como una hazaña
propia de los espíritus
quejumbrosos y vacilantes.
Tiene otro nombre, la otredad, en la jerga
de los hacinados, que no recordamos.
Por ahora sólo se acepta esta oferta:
desde la ventana anulada al patio,
de un país improbable y tapiado,
la inutilidad de multiplicar símbolos
como pisadas, como gazapos de nadie,
hasta que la primera
lluvia borre los caminos y sus letras
con la patética precisión de la indiferencia.
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