CANÍCULA
Sobrevolando la ácida lluvia de las lágrimas
el águila abandona su heráldico menester
y gira con majestuosa parsimonia.
Lloran las encinas apenas preñadas por la palabra herida
Canta el remoto pájaro que busca su prisión
mientras las amapolas se mecen
como un perpetuo mar de sangre.
Por las ventanas abiertas del tiempo
escapan al cielo las rapaces
que abandonan sus heráldicos blasones
Los viejos palacios y las casonas familiares
se abaten polvorientas al cesar
el peso de los historiados escudos.
La vieja ciudad se refugia en el polvo original
Ya se agostan los campos
trocando el lujurioso brillo de esmeraldas
por la palidez desnuda de la hierba muerta.
El tembloroso mugido de aquella vaca sedienta
es como el cántico desafinado
de algún perdido coro de vestales.
Apenas su eco desdibujado.
Estos fueron antiguos campos de batalla
antes de ser recuerdo agónico o estremecimiento.
Aquí se escucharon canciones de guerra
que hicieron temblar las piedras suntuosas y totémicas
sobre las que hoy duermen en paz los lagartos.
Ahora acecha la palabra torva y morada
la mano que acaricia entre los cardos enigmáticos
las carnes ensangrentadas de los cuerpos desollados
En el ocaso sanguinolento se disuelve
el fragor de los cárdenos.
Las palabras aladas asustan en sus plácidas geometrías
los vuelos meridionales de las águilas
el orto se pliega bajo el peso de los caballos
y la ciudad arruinada recupera la esperanza.
Las arenas ardientes arremolinan olas ausentes
y el mar es tan lejano...
Sobrevolando la ácida lluvia de las lágrimas
el águila abandona su heráldico menester
y gira con majestuosa parsimonia.
Lloran las encinas apenas preñadas por la palabra herida
Canta el remoto pájaro que busca su prisión
mientras las amapolas se mecen
como un perpetuo mar de sangre.
Por las ventanas abiertas del tiempo
escapan al cielo las rapaces
que abandonan sus heráldicos blasones
Los viejos palacios y las casonas familiares
se abaten polvorientas al cesar
el peso de los historiados escudos.
La vieja ciudad se refugia en el polvo original
Ya se agostan los campos
trocando el lujurioso brillo de esmeraldas
por la palidez desnuda de la hierba muerta.
El tembloroso mugido de aquella vaca sedienta
es como el cántico desafinado
de algún perdido coro de vestales.
Apenas su eco desdibujado.
Estos fueron antiguos campos de batalla
antes de ser recuerdo agónico o estremecimiento.
Aquí se escucharon canciones de guerra
que hicieron temblar las piedras suntuosas y totémicas
sobre las que hoy duermen en paz los lagartos.
Ahora acecha la palabra torva y morada
la mano que acaricia entre los cardos enigmáticos
las carnes ensangrentadas de los cuerpos desollados
En el ocaso sanguinolento se disuelve
el fragor de los cárdenos.
Las palabras aladas asustan en sus plácidas geometrías
los vuelos meridionales de las águilas
el orto se pliega bajo el peso de los caballos
y la ciudad arruinada recupera la esperanza.
Las arenas ardientes arremolinan olas ausentes
y el mar es tan lejano...