José Luis Galarza
Poeta que considera el portal su segunda casa
Con un ejercicio sencillo, la respiración profunda
en la caída, profundo, despidiendo el muelle,
en la nostalgia encontramos boyando anónimas
las voces que se alzaron en búsqueda de un oído.
En realidad, hay que confesarlo, buscan un hogar,
una puerta entreabierta para hacer una prueba.
Están midiendo la tolerancia, el sentido común.
Exploran zonas recónditas, cada molécula
trae voces en el aire , insta a abrir un diálogo
cuando el temor no vence a la curiosidad.
Retiras un rollo de oxígeno y otros gases,
subes al máximo el audífono y luego lo reduces
un poco, porque la distorsión en la señal
hace que se contamine con otras voces;
tus voces, las que crees que son de otros.
Decides dar al audífono un nivel equilibrado,
para entonces estás a su merced.
Podrás deleitarte con el cosmos, en la botella.
La recomposición empieza en ese momento.
Incontables están, alcanzables. Basta con estirar
el brazo o sólo sujetar las botellas que se estrellan
en la frente durante la caminata como mosquitos,
o saltar, o aplaudir, o sólo abrir las manos
para que aterricen aquellas aves de la garganta.
De cualquier modo, daremos con las botellas.
El momento más duro viene cuando decidimos,
pese al instinto de preservación de los muros,
aprestar los sentidos y quitar, al fin, el tapón.
en la caída, profundo, despidiendo el muelle,
en la nostalgia encontramos boyando anónimas
las voces que se alzaron en búsqueda de un oído.
En realidad, hay que confesarlo, buscan un hogar,
una puerta entreabierta para hacer una prueba.
Están midiendo la tolerancia, el sentido común.
Exploran zonas recónditas, cada molécula
trae voces en el aire , insta a abrir un diálogo
cuando el temor no vence a la curiosidad.
Retiras un rollo de oxígeno y otros gases,
subes al máximo el audífono y luego lo reduces
un poco, porque la distorsión en la señal
hace que se contamine con otras voces;
tus voces, las que crees que son de otros.
Decides dar al audífono un nivel equilibrado,
para entonces estás a su merced.
Podrás deleitarte con el cosmos, en la botella.
La recomposición empieza en ese momento.
Incontables están, alcanzables. Basta con estirar
el brazo o sólo sujetar las botellas que se estrellan
en la frente durante la caminata como mosquitos,
o saltar, o aplaudir, o sólo abrir las manos
para que aterricen aquellas aves de la garganta.
De cualquier modo, daremos con las botellas.
El momento más duro viene cuando decidimos,
pese al instinto de preservación de los muros,
aprestar los sentidos y quitar, al fin, el tapón.
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