Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Cuando estaba en tercero de Secundaria
tenía un amigo quien al terminar la última clase
me miraba y hacia un gesto como de pregunta,
con una sonrisa y giraba la cabeza como diciendo,
¿nos vamos? y yo le contestaba asintiendo con la cabeza,
sonriendo también.
Caminábamos juntos hasta la calle
donde pasaba el camión que me llevaba a mi casa.
Casi no platicábamos, comentábamos dos o tres cosas
y el resto del camino era en silencio.
Cuando llegábamos a la parada
nos sentábamos en una pequeña barda
a esperar el camión.
Una vez llegó un perro y empezó
a olisquear mis pies y él con su pierna lo empujó
sin lastimarlo. Volteamos a vernos y sonreímos.
Llegó el camión, me subí y desde dentro
me despedí de él con un ademán de adiós.
Era un diálogo de miradas, profundas,
llenas de deseo, ternura, fuego.
Un diálogo del alma.
Bastaba que nos miráramos para entendernos.
Era nuestro lenguaje.
Era una sensación intensa.
No nos acariciábamos la piel,
nos acariciábamos el alma.
Esto viene a cuenta porque ayer
fui a hacer la compra al super,
estacioné el carro
y al bajarme un chavo lava coches me dijo:
- ¿lo lavo?
- Sí, ¿cuánto?
- cincuenta.
Cuando regresé el carro estaba limpio pero,
no lo vi por ningún lado,
empecé a vaciar la compra en la cajuela,
pensando: -voy a tener que desgañitarme
gritando ¡LAVACOCHES!
Pero mientras acomodaba las cosas sentí que
que alguien me miraba fijamente.
Volteé y lo vi.
Me miraba sonriendo, con los ojos,
pues tenía el tapabocas.
Yo sonriendo, con tapabocas,
le mostré un billete de 200.
Se acercó y me dio dos billetes,
uno de cien y otro de 50.
Le sonreí con un asentimiento que indicaba “gracias”,
él asintió también sonriendo.
Le dije: - que te vaya bien-
él dijo: - Sí, nomás coloco los limpiavidrios.
Lo hizo y sonriendo de nuevo, se despidió con la mirada.
Fue entonces que recordé a Miguel Ángel,
me quedó una emoción indefinida,
como de alegría, como si me hubiera besado.
Había hecho contacto del alma con el lavacoches.
tenía un amigo quien al terminar la última clase
me miraba y hacia un gesto como de pregunta,
con una sonrisa y giraba la cabeza como diciendo,
¿nos vamos? y yo le contestaba asintiendo con la cabeza,
sonriendo también.
Caminábamos juntos hasta la calle
donde pasaba el camión que me llevaba a mi casa.
Casi no platicábamos, comentábamos dos o tres cosas
y el resto del camino era en silencio.
Cuando llegábamos a la parada
nos sentábamos en una pequeña barda
a esperar el camión.
Una vez llegó un perro y empezó
a olisquear mis pies y él con su pierna lo empujó
sin lastimarlo. Volteamos a vernos y sonreímos.
Llegó el camión, me subí y desde dentro
me despedí de él con un ademán de adiós.
Era un diálogo de miradas, profundas,
llenas de deseo, ternura, fuego.
Un diálogo del alma.
Bastaba que nos miráramos para entendernos.
Era nuestro lenguaje.
Era una sensación intensa.
No nos acariciábamos la piel,
nos acariciábamos el alma.
Esto viene a cuenta porque ayer
fui a hacer la compra al super,
estacioné el carro
y al bajarme un chavo lava coches me dijo:
- ¿lo lavo?
- Sí, ¿cuánto?
- cincuenta.
Cuando regresé el carro estaba limpio pero,
no lo vi por ningún lado,
empecé a vaciar la compra en la cajuela,
pensando: -voy a tener que desgañitarme
gritando ¡LAVACOCHES!
Pero mientras acomodaba las cosas sentí que
que alguien me miraba fijamente.
Volteé y lo vi.
Me miraba sonriendo, con los ojos,
pues tenía el tapabocas.
Yo sonriendo, con tapabocas,
le mostré un billete de 200.
Se acercó y me dio dos billetes,
uno de cien y otro de 50.
Le sonreí con un asentimiento que indicaba “gracias”,
él asintió también sonriendo.
Le dije: - que te vaya bien-
él dijo: - Sí, nomás coloco los limpiavidrios.
Lo hizo y sonriendo de nuevo, se despidió con la mirada.
Fue entonces que recordé a Miguel Ángel,
me quedó una emoción indefinida,
como de alegría, como si me hubiera besado.
Había hecho contacto del alma con el lavacoches.
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