La Sexorcisto
Lluna V. L.
A lo largo del tiempo llegué a una tregua
con el virus del lenguaje,
muchas veces una delgada frontera
que me permitía seguir escapando hacia los lados
mas que adelante,
aunque los ángulos siempre acababan difusos
entre la mente y la realidad,
al fin al cabo siempre toda última palabra
era el comienzo de otra, y así sucesivamente,
una calma tensa que se enroscaba.
Por supuesto me decía a mi misma: ¿Cuál será esa última frase?
¿Qué será lo último que escriba?
Por que quizás esa tregua amenazaba con quebrarse en cualquier momento,
el virus no estaba contento con contaminar
solo unas cuantas partes de mí y deshacer las ideas, necesitaba clonarse para sobrevivir,
y no parecía querer seguir aletargado,
más de una vez me había enfadado con mi hija
y otras tanto peleado con mis parejas
cuando la necesidad, como si fuera una yonki, me había colapsado
a la hora de escribir montañas y montañas de exégesis
hasta llegar a un punto en blanco el cual conseguía anestesiarme
y bajar los efectos del contagio como podía.
Pero eso era jodidamente agotador, me quedaba en los huesos
y mi mente se quemaba, iba a morir pronto.
Así que de un modo a otro, el virus me permitió siguiendo con vida
puesto que en ello le iba su propia existencia,
a cambio de infectarme lentamente, siendo letal poco a poco,
como un veneno sin antídoto,
pero creo que esa estrategia la está rompiendo,
y noto como la enfermedad quieres acelerarse,
se me ocurrió hacer un testamento pero se convirtió en una locura
tiré todas las hojas, folios, lápices, bolígrafos y cualquier otra cosa
con la que podía escribir, pero eso fue un estúpido arrebato
porque me quedaban tablets, móbiles y PCs,
aunque creo que no los destrocé a martillazos
porque hubiera seguido escribiendo con las uñas en la paredes.
Así que aquí estoy en una pantalla que comenzó en blanco
y que ahora está llenas de letras, palabras y cadenas de frases.
¡Maldita sea!
¿Cuá será la última tecla que me deje morir en paz?
.
con el virus del lenguaje,
muchas veces una delgada frontera
que me permitía seguir escapando hacia los lados
mas que adelante,
aunque los ángulos siempre acababan difusos
entre la mente y la realidad,
al fin al cabo siempre toda última palabra
era el comienzo de otra, y así sucesivamente,
una calma tensa que se enroscaba.
Por supuesto me decía a mi misma: ¿Cuál será esa última frase?
¿Qué será lo último que escriba?
Por que quizás esa tregua amenazaba con quebrarse en cualquier momento,
el virus no estaba contento con contaminar
solo unas cuantas partes de mí y deshacer las ideas, necesitaba clonarse para sobrevivir,
y no parecía querer seguir aletargado,
más de una vez me había enfadado con mi hija
y otras tanto peleado con mis parejas
cuando la necesidad, como si fuera una yonki, me había colapsado
a la hora de escribir montañas y montañas de exégesis
hasta llegar a un punto en blanco el cual conseguía anestesiarme
y bajar los efectos del contagio como podía.
Pero eso era jodidamente agotador, me quedaba en los huesos
y mi mente se quemaba, iba a morir pronto.
Así que de un modo a otro, el virus me permitió siguiendo con vida
puesto que en ello le iba su propia existencia,
a cambio de infectarme lentamente, siendo letal poco a poco,
como un veneno sin antídoto,
pero creo que esa estrategia la está rompiendo,
y noto como la enfermedad quieres acelerarse,
se me ocurrió hacer un testamento pero se convirtió en una locura
tiré todas las hojas, folios, lápices, bolígrafos y cualquier otra cosa
con la que podía escribir, pero eso fue un estúpido arrebato
porque me quedaban tablets, móbiles y PCs,
aunque creo que no los destrocé a martillazos
porque hubiera seguido escribiendo con las uñas en la paredes.
Así que aquí estoy en una pantalla que comenzó en blanco
y que ahora está llenas de letras, palabras y cadenas de frases.
¡Maldita sea!
¿Cuá será la última tecla que me deje morir en paz?
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