Era media mañana ya,
cuando salí a la calle
en busca de un cigarro,
y así sumarle
unos minutos a la muerte,
que se acerca, inexorable.
¿Qué habrá después?
me pregunté.
¿Como sabré
que el después es un después?
¿Y si todo es continuidad?
Entonces,
quizá esta mañana
sólo sea el después
del último aliento,
del que se acostó ayer
fumando en silencio
el último cigarro de la caja.
¿Y si cada noche es una muerte,
y cada amanecer una nueva agonía?
¿Y Dios dónde estará?
¿Dónde será su sitio?
¿Desde dónde nos mira
y nos abraza
con amor infinito
y justicia suprema,
haciéndonos mejores
en una eterna evolución
a través del tiempo,
para que la humanidad
se ilumine
y todos se hagan uno,
y piensen en el otro,
y repartan los panes y los...?
En eso me tropiezo,
con los pies de un tipo
que duerme en la vereda
envuelto en una frazada,
y me caigo,
y me hago mierda la rodilla
con la punta de una baldosa,
y hay pasos que pasan
y lo esquivan y me esquivan, y siguen.
Me levanto como puedo,
lo miro,
el tipo dormido en el piso
no se mueve.
¿Estará vivo?
Dios lo sabe.
¿Dios?
¿Lo sabe?
¿De sabor? ¿De saber?
Continúo.
Llego al quiosco,
rengueando,
compro los puchos,
pago con tiempo,
con ese tiempo justo
que no me sobra,
y que gasté y gasto todos los días,
para poder ganar algo de dinero,
trabajando en ese lugar
que aborrezco,
soportando día a día
a ese racimo de idiotas engreídos,
que se creen que son algo más
que carne animada
con fecha de vencimiento.
Doy la vuelta,
enciendo un cigarro
y me detengo en el semáforo,
y me quedo pensando...
¿Qué habrá después del después
del después del después de esta vereda,
de este tipo, de este quiosco, de mí?
¿Dios?
¿La nada?
Verde.
Cruzo la calle,
y sin dudas me zambullo,
así, de una,
en la corriente urgente
de pasos apurados
que esquivan indigentes,
entre las catedrales del fin del mundo.
cuando salí a la calle
en busca de un cigarro,
y así sumarle
unos minutos a la muerte,
que se acerca, inexorable.
¿Qué habrá después?
me pregunté.
¿Como sabré
que el después es un después?
¿Y si todo es continuidad?
Entonces,
quizá esta mañana
sólo sea el después
del último aliento,
del que se acostó ayer
fumando en silencio
el último cigarro de la caja.
¿Y si cada noche es una muerte,
y cada amanecer una nueva agonía?
¿Y Dios dónde estará?
¿Dónde será su sitio?
¿Desde dónde nos mira
y nos abraza
con amor infinito
y justicia suprema,
haciéndonos mejores
en una eterna evolución
a través del tiempo,
para que la humanidad
se ilumine
y todos se hagan uno,
y piensen en el otro,
y repartan los panes y los...?
En eso me tropiezo,
con los pies de un tipo
que duerme en la vereda
envuelto en una frazada,
y me caigo,
y me hago mierda la rodilla
con la punta de una baldosa,
y hay pasos que pasan
y lo esquivan y me esquivan, y siguen.
Me levanto como puedo,
lo miro,
el tipo dormido en el piso
no se mueve.
¿Estará vivo?
Dios lo sabe.
¿Dios?
¿Lo sabe?
¿De sabor? ¿De saber?
Continúo.
Llego al quiosco,
rengueando,
compro los puchos,
pago con tiempo,
con ese tiempo justo
que no me sobra,
y que gasté y gasto todos los días,
para poder ganar algo de dinero,
trabajando en ese lugar
que aborrezco,
soportando día a día
a ese racimo de idiotas engreídos,
que se creen que son algo más
que carne animada
con fecha de vencimiento.
Doy la vuelta,
enciendo un cigarro
y me detengo en el semáforo,
y me quedo pensando...
¿Qué habrá después del después
del después del después de esta vereda,
de este tipo, de este quiosco, de mí?
¿Dios?
¿La nada?
Verde.
Cruzo la calle,
y sin dudas me zambullo,
así, de una,
en la corriente urgente
de pasos apurados
que esquivan indigentes,
entre las catedrales del fin del mundo.
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