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Carta anfibia

Alma etérea

Poeta fiel al portal
Caminé como tantas otras veces por un sendero, desconocido pero de arquitectura familiar. Mucho de lo que ahí habitaba se revelaba ahora con nuevas formas, otros nombres y la conciencia de esa red femenina y rizomática que agregó belleza y sentido a mi andar.
Vi al ombú, no estaba sólo, y sí conjugado con un higuerón en un abrazo que atravesó quién sabe cuántos ciclos y resiste .
Un ejército de hormigas solidarias cargando miniaturas verdes y marrones desde lo inaccesible del monte formando una red infinita y confluyente en un único punto.
Por encima la feroz batalla de alas y ramas que recordaba a tu origen de los pájaros .
Debajo, un cauce olvidado, la tierra partida sin tus mil naranjos florecidos pero tapizado por mil conchillas que cuentan sin cesar en su blancura el paso de las aguas oceánicas por esta tierra y también su retirada.
La luz, su demora, y el vicio de imaginar cuántos renacimientos ocurrieron desde su partida hasta su llegada a las pupilas que se abren para dejarla entrar.
Al final un velero blanco, sólo y lejano como dejándose llevar hasta el mar .
Así tu rizoma fué cuerpo entre el aparente desorden del bosque, que amo un poco más que al mar .
 
Última edición:
Caminé como tantas otras veces por un sendero, desconocido pero de arquitectura familiar. Mucho de lo que ahí habitaba se revelaba ahora con nuevas formas, otros nombres y la conciencia de esa red femenina y rizomática que agregó belleza y sentido a mi andar.
Vi al ombú, no estaba sólo, y sí conjugado con un higuerón en un abrazo que atravesó quién sabe cuántos ciclos y resiste .
Un ejército de hormigas solidarias cargando miniaturas verdes y marrones desde lo inaccesible del monte formando una red infinita y confluyente en un único punto.
Por encima la feroz batalla de alas y ramas que recordaba a tu origen de los pájaros .
Debajo, un cauce olvidado, la tierra partida sin tus mil naranjos florecidos pero tapizado por mil conchillas que cuentan sin cesar en su blancura el paso de las aguas oceánicas por esta tierra y también su retirada.
La luz, su demora, y el vicio de imaginar cuántos renacimientos ocurrieron desde su partida hasta su llegada a las pupilas que se abren para dejarla entrar.
Al final un velero blanco, sólo y lejano como dejándose llevar hasta el mar .
Así tu rizoma fué cuerpo entre el aparente desorden del bosque, que amo un poco más que al mar .
Un gusto. Saludos
 
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