César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Aguas turbias pobladas de desechos. Las estuvo viendo desde la cubierta, apoyado en la baranda metálica de aquel ruidoso pero a un tiempo silencioso barco. Grande y simultáneamente pequeño pedacito de hierro con plásticos de diferentes clases y madera, tal vez cobre de los cables… todo incrustado en un plano castrense tacaña y avariciosamente calculado.
Aguas de mar con superficie rebosante de basura (nadie, nadie la recogía ni parecía preocuparse siquiera) por varios kilómetros de humo y ruido incesante de las máquinas. Ruido monótono que se olía doquiera uno estuviera. Barco pequeña iglesia remota con doce bancos en hilera, visitando lentamente fajas marinas ensangrentadas de inconsciencia.
No, no eran hombres, ni mujeres. O tal vez sí, pero sus jóvenes rostros no permitían cerciorarse de ello. Eran, apenas, ovejitas blancas puestas en el agua como carnada para los tiburones del mundo. Jovencísimas ovejas que jamás escucharon el chasquido de un cuerpo destrozado por mordiscos de enferma ambición más vieja. O monjxs imberbes de un convento gris, frágil, vulnerable, con dos anticuados cañones de proa.
Por fin se terminaron los kilómetros de aguas purulentas, cuando faltaban tal vez 50 minutos para que se escapara la luz del día. Él, cansado de la baranda y luego de intentar atrapar en el lente de una pésima cámara a las cercanas aves pescadoras, se sentó sobre un rollo enorme de cuerda, tratando de olvidar al sol que, aún a esas horas, le torturaba la espalda.
Casi niñxs revestidxs de seriedad uniforme, silencio uniforme y uniforme uniforme, conducían aquel frágil artificio hecho para fingir, por entre lo que quedaba limpio –todavía- de aquel mar contaminado. Eran como las cinco y diecisiete minutos de la tarde.
Y al menos ese día, con su noche, todxs respiraron.
Aguas de mar con superficie rebosante de basura (nadie, nadie la recogía ni parecía preocuparse siquiera) por varios kilómetros de humo y ruido incesante de las máquinas. Ruido monótono que se olía doquiera uno estuviera. Barco pequeña iglesia remota con doce bancos en hilera, visitando lentamente fajas marinas ensangrentadas de inconsciencia.
No, no eran hombres, ni mujeres. O tal vez sí, pero sus jóvenes rostros no permitían cerciorarse de ello. Eran, apenas, ovejitas blancas puestas en el agua como carnada para los tiburones del mundo. Jovencísimas ovejas que jamás escucharon el chasquido de un cuerpo destrozado por mordiscos de enferma ambición más vieja. O monjxs imberbes de un convento gris, frágil, vulnerable, con dos anticuados cañones de proa.
Por fin se terminaron los kilómetros de aguas purulentas, cuando faltaban tal vez 50 minutos para que se escapara la luz del día. Él, cansado de la baranda y luego de intentar atrapar en el lente de una pésima cámara a las cercanas aves pescadoras, se sentó sobre un rollo enorme de cuerda, tratando de olvidar al sol que, aún a esas horas, le torturaba la espalda.
Casi niñxs revestidxs de seriedad uniforme, silencio uniforme y uniforme uniforme, conducían aquel frágil artificio hecho para fingir, por entre lo que quedaba limpio –todavía- de aquel mar contaminado. Eran como las cinco y diecisiete minutos de la tarde.
Y al menos ese día, con su noche, todxs respiraron.
Enero y frío verano, 2021. César Guevar
Última edición: